DESIGNING WINDOW / Melina Cherro

Cuando hablamos del cine de Hollywood y nos referimos a sus autores como constructores de un espacio de poder, es porque encontramos que sus films, sean del género que sean, están atravesados por una misma idea. Es decir que transmiten una mirada sobre ese mundo que los rodeaba; construyendo así una tercera posición, una forma de entender la sociedad, la familia y los roles de los hombres y las mujeres que habitaban esas ciudades que aparecían en los films.

Así no es casualidad que al revisar las diferentes filmografías puedan establecerse conexiones,  encontrarse semejanzas y hasta citas literales. Podríamos decir que es famosa la referencia u homenaje que Vincente Minnelli hace de Cat People en su magnífica The Bad and the Beautiful entendiendo al film de Tourneur como aquél que iniciara todo un estilo y forma de construcción del cine fantástico. Minnelli en su film se comprende a sí mismo como parte de algo más grande, de algo anterior, y entiende que fue Tourneur –y Val Lewton consecuentemente– quién le señalara el camino.

Así los directores clásicos de Hollywood al sentirse parte de algo más, entendían que de una forma u otra estaban hablando de lo mismo.

Ese hablar de lo mismo nos lleva a veces a descubrir los vínculos más inesperados; vínculos que quizá no sean absolutamente concientes tal como es el ejemplo entre Cat People y The Bad and the Beautiful, en donde la relación, la cita, es evidente. A veces esa sincronicidad, esa semejanza o entendimiento entre films podía producirse solamente por esa posición tan clara que Hollywood tenía. Cada autor, a su manera, sabía que era parte de esa gran máquina productora de sentido y de poder que era Hollywood; y respondía con sus films a esa toma de posición.

Todo esto nos sirve como introducción, para invitar al lector a realizar el siguiente recorrido.

Quién no se preguntó alguna vez cómo sería el matrimonio  entre Jeff y Lisa luego de haber resuelto el enigma del asesinato en Rear window. Si hemos realizado el recorrido con los personajes entendemos que ambos intentan, a lo largo del film, poder congeniar. Buscan ser compatibles, sentir que no son absolutamente opuestos, que no pertenecen a mundos diferentes e irreconciliables. Y sin embargo, si miramos bien, el final lejos de tratarse de un final feliz, es un final sumamente inquietante. Mientras Jeff duerme plácidamente –a pesar de tener ahora sus dos piernas enyesadas– Lisa lee un libro de aventuras en el Himalaya, dando a entender que está dispuesta, luego de lo vivido, a mirar el mundo a la manera de su amado. Parece concentrada en la lectura, pero pausadamente levanta la mirada de las páginas del libro y con ojos atentos verifica que Jeff esté dormido. Con un movimiento suave y elegante, como sólo ella sabe hacerlo, deja a un lado el libro y lo reemplaza por un abultado volumen de la revista Bazaar.

Este gesto de Lisa es en principio parte de la construcción del personaje; eso que es ella en verdad. Y puede, si queremos, interpretarse de varias maneras. Por un lado, podríamos decir que ella hará todo lo posible por incluir algo de Jeff en su forma de mirar el mundo, pero que no va a cambiar por completo, porque ella, Lisa, seguirá siendo quién es. La otra, es que ella en verdad está fingiendo y que nunca podrá conciliar, ni Jeff tampoco, esos dos mundos a los que pertenecen. Recordemos que es Lisa la que acciona durante el film para lograr convencer a Jeff de que ella puede ser partícipe de su mundo, y es justamente gracias a sus acciones que se presenta la posibilidad de que, tal vez, sean compatibles. Así, este aparente final feliz nos deja un sabor un tanto amargo. Y nos preguntamos, inevitablemente, si después de todo ellos dos podrán estar juntos. Porque aquellos dos mundos, el aventurero de Jeff y el sofisticado de Lisa, son y siempre serán incompatibles. Quizá, podríamos arriesgar aquí que esa tensión entre ellos y esas formas de vida, son esa tensión que existe en nuestra sociedad moderna e industrial. Cómo se puede volver a la aventura, si vivimos en un mundo que es capaz de convertirlo todo en producto de consumo.

Esto es lo que Hitchcock en su film nos propone, entre tantas otras cosas. Pero como es natural en Hitchcock, en Rear window no hay una respuesta cerrada. Más bien, todas las preguntas quedan abiertas, y cuánto más nos preguntamos, más incómodo se vuelve el final del film.

Gracias a Dios, gracias al cine y gracias al poderoso Hollywood que sabía exactamente de qué hablaba cuando hablaba, existe un film de Minnelli que se construye, tal vez sin quererlo, como una posible continuidad natural de los personajes de Rear window. Si al terminar el film de Hitchcock nos preguntamos cómo será la vida de casados de Jeff y Lisa, quizá podamos encontrar una respuesta mirando la brillante Designing Woman de Vincente Minnelli. Sí, otra vez él, que junto a Hitchcock y Hawks, tal como ha interpretado y así lo enseña el maestro Faretta, son los tres directores que abarcan cada uno los estadios fundamentales que el filósofo Giambattista Vico define en su teoría: Hitchcock, el estadio teológico; Hawks, el estado heroico o épico; y Minnelli el estadio social. Podríamos pensar que el tercer estadio Social-Minnelli, incluye partes de los dos estadios anteriores; es por eso que puede establecerse esa línea de continuidad entre un film y otro. Pero veamos en detalle como es que ocurre esto.

Marilla (Lauren Bacall) es una joven sofisticada que diseña moda femenina y que vive en un departamento chic en Nueva York. Marilla es la continuidad exacta de Lisa. Ese tipo de mujer que se ha abierto paso en el mundo profesional, en un oficio diseñado a la medida de la mujer, permitiéndole esa independencia necesaria para integrarse a la vida de las ciudades modernas, sin perder nunca la femineidad. Tal como dice Mike –y también Jeff– Marilla es dueña de media ciudad; dueña porque conoce a todos y todos se rinden bajo sus pies. La adoran, todos quieren tenerla cerca y está rodeada de aquellas personalidades que marcan el ritmo y la agenda del arte y de la moda newyorkina.

Mike (Gregory Peck) es un periodista deportivo, su mundo es el de la aventura del deporte, el del enfrentamiento con las negocios ilegales de las apuestas y la vida nocturna. Su casa es un lugar de paso, una especie de garito en donde se junta con sus amigos a tomar y jugar a las cartas. Es la continuidad perfecta de Jeff, ese fotógrafo casi nómade que busca la aventura en cada rincón del planeta, cámara en mano. Para Mike el viaje, los hoteles, y los acontecimientos deportivos son la forma perfecta de vida.

Estas formas de hombre y de mujer parecen la adecuación al mundo moderno de aquellas otras formas. Es decir, de las formas míticas que expresan el origen del mundo y de los humanos. Podríamos decir que Marilla es a su manera una forma de Afrodita: recordemos que Minnelli la presenta emergiendo de una pileta, a la manera de la diosa que emergió de la espuma del mar; pero también podría ser una Musa, ya que en esa primera noche que Mike no recuerda, es Marilla quién le inspira el título e idea central del artículo sobre el partido de golf que Mike estaba cubriendo. Por último, Marilla, celosa y descorazonada y segura del engaño de Mike, piensa atormentada en su cama mientras sostiene en su mano una roja manzana, que finalmente no muerde. Esta forma moderna de Eva es la alternativa que Minnelli nos presenta, porque a pesar de que el mundo ya no cree en sus arquetipos míticos originarios, su heroína cobra sus formas de una u otra manera.

Si Marilla entonces, cobra las diferentes formas míticas de mujer, Mike es ese viajero, ese Ulises que debe volver al hogar luego de atravesar múltiples pruebas y aventuras. Ese heroe épico, ese hombre destinado a salvar el mundo.

El hombre y la mujer han sido trasladados a la vida urbana moderna profesional, y sin embargo y a pesar de la modernidad re encarnan una y otra vez en aquellos arquetipos. Porque Minnelli sabe que a pesar de todo, de sus diferencias y sus incompatibilidades, son el hombre y la mujer quienes fundan al mundo. Mientras que en la forma tradicional, el hombre y la mujer funcionaban a la par como constructores del mundo, en estas ciudades modernas en donde habitan profesionales, la pareja es un problema. Es algo disfuncional. Porque la administración de lo propio y lo épico han sido rebajados o corridos de lugar.

Parece así imposible que Jeff y Lisa y que Marilla y Mike puedan dejar sus profesionalismos de lado para confiar en el otro y construir un mundo a la par. Cada uno vive en mundos separados y sólo se pueden juntar cuando uno u otro visitan el mundo ajeno. Como si la forma de estar en pareja fuera haciendo un paseo turístico por el mundo del otro y ese paseo puede traer muchos, muchísimos problemas. El film de Minnelli es claro en este sentido, porque al tratarse de una comedia, esa serie de dificultades se vuelven situaciones ridículas, en donde la presencia del visitante pone patas arriba el mundo del local. Así sucede en la secuencia de la pelea de box, cuando Marilla llega emperifollada con un tapado de piel al estadio; y simétricamente cuando Mike visita el desfile de vestidos de Marilla.

En este sentido, ambas secuencias –la del boxeo y la del desfile– son una suerte de rito pagano, una especie de prueba que deben atravesar, pero sin el orden de lo sagrado. De la misma manera funcionan ambas secuencias de bienvenida a los recién casado. Tanto la recepción de Mike en la redacción del diario, como la de los amigos de Marilla en su precioso departamento, son la reproducción de un rito vacío, porque no hay algo verdaderamente sagrado que los ordene. Y quizá esto sea así porque es ese matrimonio entre Mike y Marilla el que debe recorrer esos ritos vacíos para volver a encontrarse. Como si en esta sociedad moderna se reprodujeran los ritos de unión y de pasaje, de iniciación y de inclusión al mundo (sabemos que una vez que el neófito ha realizado el rito puede ingresar al mundo en el que ha sido iniciado), solamente desde la forma, desde la puesta en escena, cáscara vacía.

Todo parece indicar que en el final nos encontraremos con el mismo sabor amargo que en el film de Hitchcock. Ambos mundos parecen imposibles de congeniar; parecen incompatibles porque es ese estadio social sobre el cual trabaja Minnelli, el que aparece vacío de sentido. Cáscara moderna de formas coloridas y alejadas del verdadero sentido. Tal es así que el enamoramiento, la sensualidad y el matrimonio entre Mike y Marilla parece un elemento más agiornado a esa forma petrificada del rito. ¿Existe alguna manera de devolver el matrimonio, la pareja, el amor, la unión, lo propio, lo épico a un estadio social que tenga que ver con aquella forma aneterior, mítica y originaria? Al parecer en el final de Designing Woman Minnelli encuentra una solución, esa que sólo él, el maestro de los musicales podía encontrar.

La solución viene en las manos –y también en los pies– de Randy Owens, un personaje lateral en el film y que sin embargo es clave desde el comienzo hasta el final. Randy es el coreógrafo del musical para el cual Marilla diseña el vestuario, pertenece al mundo chic y sofisticado de la mujer. Mike desprecia a Randy, lo trata de afeminado y se burla de su destreza física y de cierto carácter exasperante. Randy se defiende y sorprende a Mike cuando le dice que tiene tres hijos que miden un metro noventa de estatura y que además uno de ellos juega al beisbol. “Puedo conseguirte una entrevista cuando quieras” le dice Randy en tono casi de amenaza, sin embargo Mike permanece indiferente.

Marilla sigue adelante con su tarea de vestuarista y Mike con sus affaires deportivos. Hasta que llega el final y todo confluye en la noche del estreno. La organización criminal  que maneja turbiamente los negocios del boxeo, decide darle el escarmiento final a Mike y en medio de una pelea en el callejón trasero del teatro, cuando parece que todo está perdido, Randy Owens aparece y con su destreza física, mediante una coreográfica pelea, liquida uno a uno a los gangsters, restaurando el orden final.

El bailarín que parecía parte de ese mundo sofisticado y superficial, guarda en su destreza la capacidad de unión entre los dos mundos. Allí, arriesgamos, Minnelli juega su gran carta, porque es a través del arte, el baile, la música y obviamente el cine, que se puede subsanar esa división de mundos. Es en definitiva, la representación teatral –que es aquí una deriva de lo cinematográfico– la que guarda secretamente la exacta conjunción entre mito y rito, entre ritual y sentido; es la que vuelve a ordenar y reglar el mundo y la que devuelve a la pareja el orden del matrimonio. Es esa pelea en el callejón, re ordenada por la danza de Randy la que los unirá ahora sí, definitivamente.

Es el bailarín, el artista errante el que finalmente une a la pareja, a Jeff y a Lisa, a Marilla y Mike. A lo femenino y lo masculino. Ahí está el secreto.