7 IDEAS SOBRE 7 FILMS DE JOHN CARPENTER (SEGUNDA PARTE) / Diego Ezequiel Ávalos

Christine – Saber mirar

Hay un plano muy significativo en las primeras escenas de Christine. Dennis pasa a buscar a su amigo Arnie por su casa y estaciona su auto en la entrada. Mientras aguarda por Arnie sale antes la madre de este, quién reta a Dennis por el volumen con el que escucha música. Desde el punto de vista de la mujer Dennis representa para Arnie un peligro, conjugado porque es su mejor amigo y lo sabe bueno, pero no por eso deja de ser un chico “rebelde”, que tiene su propio auto y escucha rock a todo volumen. Cuando Dennis se vaya con Artie incluso la mujer lo retará a los gritos por la velocidad con la que sale manejando, ironías de las grandes al saber nosotros que su hijo andará por sendas más peligrosas que esas. Centrémonos en el plano subjetivo de la madre de Arnie mirando al auto de Dennis estacionado. En ese momento, donde Dennis y su auto son la misma cosa, Carpenter se las arregla para que veamos la amenaza desde el punto de la vista de la mujer. El detalle inteligente de la puesta en escena son los árboles que cubren al auto, envolviéndolo en sombras, dándole un aire más siniestro del que tiene. Pero aún más fascinante es que en ese mismo momento, muy al fondo, el otro único auto que se vislumbra es un auto rojo, estacionado, que como Christine, aguarda por su momento.

En Christine cada uno de los personajes ve lo que puede, lo que está en condiciones de ver. O presentir. La madre de Arnie ve como posible amenaza la vida que propone Dennis, representada en un auto, sin saber realmente quién es su propio hijo. Y a que otro auto elegirá subirse. Dennis ve en Christine un auto feo y Leigh una competencia amorosa. Arnie es el único que ve en Christine a una chica bella, como así ella ve en Arnie a su nuevo amante. Solo los héroes son capaces enfrentarse a lo que hay en la sombra y mirar de frente, sea para mal, sea para bien. Dennis y Leigh deberán aceptar que hay monstruos a los que vencer, monstruos que devoran. Arnie deberá sacarse los anteojos que cargó toda la vida y mirar su propio destino. Por eso mismo el centro mismo de la película es cuando Arnie finalmente se siente listo para dar el gran paso, se para delante de Christine y mirándola de frente le dice esa frase que resulta esencial: “Okay, show me”.

 

The Thing – El juego de la vida

En la antigüedad el sentido del juego era inherente al del honor y el crecimiento espiritual. No se jugaba por distracción, se jugaba en honor a un dios, al recuerdo de un muerto, a la gloria de un nombre que debía por el triunfo volverse inmortal. La perversión moderna transformó la competencia es un evento distractivo, donde el premio o es material o queda supeditado a la vanidad del ganador, por lo que en definitiva no hay transformación.

En The Thing un grupo de hombres se encuentran aislados en una base de la Antártida. No tienen mucho que hacer. Juegan. Juegan al pool, al flypper, al ping pong, a las cartas, a juegos de mesa. Incluso cuando miran programas de televisión miran programas de juegos, humíllese por unos dólares, con el agravante de saber los resultados, ya que son programas grabados que miran una y otra vez. Hombres que tienen poco para hacer y dedican su tiempo a jugar por distracción.

Cuando conocemos a nuestro héroe, R.J. MacReady, también lo encontramos jugando. Está batiéndose a duelo con una computadora en un partido de ajedrez que termina perdiendo. La derrota lo hace vengarse de la máquina tirando un trago de alcohol en sus circuitos.

Este grupo de hombres aburridos vivirá el juego más grande su vida, uno que excede su propia existencia e involucra directamente a la humanidad entera. Un extraterrestre se camufla entre ellos, les juega a las escondidas. Para ganarle deberán encontrarlo, exponerlo y necesariamente sacrificarlo. No todos sirven para semejante desafío. Algunos caen por debilidad, otros por egoísmo. Nuestro héroe, que es el más apto para sobrevivir, el más listo, el más capacitado, triunfa no solo por una cuestión de supervivencia propia, sino también porque comprende que en ese juego está puesto en riesgo mucho más que su pequeña vida. El héroe es héroe porque vive menos para él que para su comunidad.

Pero al final, cuando creemos que alcanzó la corona, aparece otro semejante a él. ¿Amigo o enemigo? ¿Humano o extraterrestre? ¿A quién tiene frente a si? Comienza el juego otra vez. Como al principio del film, negras y blancas se vuelven a encontrar. Aunque algo ha cambiado. Ya no es necesario lanzar un vaso de alcohol asesino. Los rivales pueden sentarse a beber un trago y esperar a que gane el mejor. Eso es lo que distingue a los verdaderos caballeros.

Carpenter, maestro de la ambigüedad, de la doble lectura, de la incomodidad trágica, nos vuelve a platear un final donde hay tantas chances para creer en la solución de los problemas como en su perpetuo renacimiento. Michael Myers es vencido pero su cuerpo desaparece. Christine es abollada pero aún se mueve. Los niños de El pueblo de los malditos son vencidos pero hay uno que permanece vivo y no sabemos cual será su futuro. Carpenter interpela. El riesgo de la maldad, de la caída, de la derrota, es tan latente como nuestras fuerzas para renacer como héroes y hacerle frente. Carpenter nos ama porque nos dan la posibilidad de ganar pero también de perder. Nos da libertad. Y semejante regalo merece, por lo menos, un brindis de nuestra parte.

 

Escape de Nueva York – Un hombre es un hombre

Hay una mala lectura generalizada de Escape de Nueva York y su protagonista, Snake Plissken. En varios escritos nos hemos encontrado que este personaje sería el perfecto prototipo del protagonista egoísta, aquel que cumple con su misión sin importe la suerte de los demás, colaboradores u oponentes. De esta manera Snake sería simplemente el soldado de una causa, la suya, que se reduce a su mera supervivencia. Creemos que el asunto es mucho más complejo. Por suerte.

Cuando Snake se reencuentra con su ex colega Brain, quién años atrás lo había traicionado, le dice: “Me gusta que me recuerdes. Un hombre debe recordar su pasado”. En Carpenter traicionar la historia tiene un costo alto. Si el pasado no es conocido y enfrentado, este volverá como monstruo. Pensemos sino en Halloween, La niebla, La cosa, El pueblo de los malditos o En la boca del miedo. Por el contrario, cuando la historia se acepta, existe la posibilidad de la reconciliación entre quienes fuimos y quienes somos, como lo muestra Starman o Diario de un hombre invisible.

Snake tiene memoria. Sabemos que formó parte del sistema y este lo supo condecorar. Pero también sabemos que desertó de él por haber conocido el otro lado de la realidad, lo que se oculta detrás del maquillaje, ese que tanto despreciará cuando tenga la última charla con el Presidente antes de su show televisivo.

En su rescate Snake conoce a varias personas. Y si es verdad que se encuentra con muchos monstruos también es cierto que se encuentra con seres cargados de humanidad, esa clase de piedad que el mundo legal parece haber olvidado con su perversión “humanitaria”, la que da la posibilidad a los reclusos de ser eliminados antes de ingresar al infierno. Los humanos que Snake se encuentra en la cárcel de Nueva York formarán parte de su memoria, la verdadera comunidad por la cual se sacrificará. No es una comunidad caracterizada por una bandera o una situación social. Son una comunidad de individuos que aún en el infierno no olvidaron ser humanos: miedosos, esperanzados, amantes e ilusos.

Snake rescata el Presidente y tiene la posibilidad de pedirle lo que quiera. Él prefiere recordarle a la gente que murió para salvarlo. El Presidente, más preocupado por su discurso que por otra cosa, asegura que la Nación está agradecida. Snake se marcha. Poco después Hauk, el gigantesco Lee Van Cleef, le propone un trabajo, volverse legal, estar a su lado. Snake lo rechaza, pidiéndole que lo llame Plissken. El Serpiente vuelve a su nombre humano. Comprendió que las bestias son otras y los humanos a veces se encuentra encerrados juntos a los monstruos: humanos que pueden besar en la oscuridad, sonreír con un espectáculo musical, mostrar ingenio en las peores circunstancias, creer en la liberación de los oprimidos y morir por la memoria de los amores muertos. Plissken no asesina a Hauk, rompe su propia palabra, porque no quiere volverse igual que el Presidente ante el Duque, alguien motivado solamente por la sed venganza.

Plissken recuerda a la comunidad que dejó en el camino y por ellos y por  él rompe la cinta que las bestias legales necesitan. Nuestro héroe recuperó la memoria sobre lo que es lo humano y con ello recuperó su nombre. Plissken tiene valores, tiene creencias. Quedan pocos hombres. Quizás la mayoría ya haya muerto. Por eso la cuestión está en no quedarse en el lugar, sino en rechazar las ofertas tentadoras, sacrificar la propia comodidad, recordar a los caídos y, aún en solitario, seguir buscando por el camino.

NOTA FINAL. En 1996 Carpenter estrena la segunda parte de Escape de Nueva York, llamada Escape de Los Ángeles. Este film habla tanto del presente al momento de su estreno como de lo que sucederá años después en la historia política y cinematográfica de los Estados Unidos. Carpenter lo dice claro: Estados Unidos ha decidido finalmente tratar a Hollywood como lo que siempre fue, una isla, un sitio marginal al que ahora se lo obliga a convertirse en perversa prisión, cementerio de imágenes y creador de monstruos. Dado como siguió la historia del mundo y del cine, el panorama no ha mejorado mucho. Pensemos sino en la isla de Guantanamo y en la cruzada de Bush como portador de la voz de Dios, personaje que ya encontrábamos en nuestra película. En cuanto al cine solo hace falta mirar cine clásico y comparar lo que actualmente se nos ofrece, un retorno constante de muertos vivos. Y esa sí que resulta ser un espanto film de terror.