BORGES, LA DICHA Y LOS DESIERTOS DEL ESPIRITU / Javier Lodeiro Ocampo

…el arte es un medio (…) y no un fin;
un medio como lo son la filosofía y la plegaria.
Angel Faretta

La primera vez que leí a Borges fue en 1986. Yo estaba en cuarto año de la secundaria y conocía al ciego por sus apariciones en televisión, que eran bastante usuales, en las que nunca faltaba la esperada broma admirable o despiadada. Tenía la idea de que era lectura “para grandes, difícil de entender”. Ese año Borges murió y de pronto pasó a estar en boca de todos. Una tarde fui a la librería y compré “Ficciones”. Me costó un poco acostumbrarme a lo que me parecía una manera rebuscada de decir las cosas pero una vez que empecé no pude parar. Lo leí de un tirón y compré “Otras Inquisiciones”, después “El informe de Brodie”, “Inquisiciones” y “El oro de los tigres”; después volví a “Ficciones” y releí todo una y otra vez. Cuando salieron las obras completas ya me sabía casi de memoria la mitad, pero igual compré los tomos celestes de Emecé que aún conservo.

Por Borges, en su momento me acerqué a Plutarco y a Shakespeare, a Gibbon, Stevenson y Kipling, a Bloy y Sturlusson —y me alejé de Proust, Hemingway o Tolstoi—. Por él adquirí lo que podría llamarse mi primer gusto literario, pero había otra cosa mucho más importante que su lectura habitual me ayudó a formar: la conciencia de que yo carecía de una weltanschauung, es decir, de una posición pasablemente bien construida desde la cual tener una buena vista del mundo alrededor.

Más allá de los goces literarios, la obra de Borges sí reflejaba una visión del mundo bastante definida. Esto era lo que más me cautivaba. Yo quería escribir, quería contar historias, y creía que para hacer eso era indispensable tener primero una opinión formada del universo, o por lo menos, una opinión en vías de formación. Pero a la vez, volviendo a Borges, tenía la sensación incómoda, y vaga, de que lo que yo percibía como su visión del mundo era un prodigioso gigante… de pies de barro.

Con el tiempo confirmé esa opinión. Por más que fui aceptando la cosmovisión borgeana como algo admirable —algo casi inevitable— no podía obviar el hecho de que resultaba completamente inútil desde el punto de vista de cualquier necesidad espiritual que no se conformara con el simple goce estético. Borges tenía preguntas —muchas y muy punzantes preguntas— pero no tenía una sola respuesta. Y no sólo eso, parecía sentirse a gusto en esa carestía. Al fin, acabó fortaleciendo en mí la sospecha de que ambos vivíamos en un remolino de relatividades, un maelstrom que era tan vasto, que incluso podía guardar adentro de su órbita un rinconcito para las certezas —lo cual equivalía a quitarles toda trascendencia, por supuesto—. Sin embargo, había algo más: esta desazón era contrarrestada por un sentimiento indefinido, tal vez cercano al orgullo, que era provocado por el reconocimiento de la genialidad con que uno había sido llevado hasta ese callejón sin salida aparente.

Este descubrimiento fue estorbando la justificada admiración por el talento de Borges como escritor. Empecé a valorar menos los ornamentos de su prosa y los apabullantes anaqueles de su memoria que los desiertos espirituales que se vislumbraban detrás.

Como sea, llegó un momento en que tuve mi época anti-Borges, aunque debo subrayar que fue algo completamente al margen de esa ola de revisionismo anti borgeano que arrastró a varios de mis conocidos hace algunos años por razones, digamos, político culturales. Hoy ya no me siento ni remotamente anti-Borges ni pro-Borges. Hace mucho tiempo que dejé de esperar de él lo que a mí me había parecido que podía dar. Un maestro, salvo que sea un santo, sólo puede señalar ciertos caminos, y a algunos de estos sólo puede señalarlos sin darse cuenta.

La maravilla de muchas de sus páginas no es lo único que aún hoy agradezco a Borges. Él me señaló la importancia de adquirir esa weltanschauung que una educación estatal obligatoria no estaba en condiciones de proporcionar ni de casualidad [1], pero no sólo eso. Además, me puso en el camino que a la larga, y ya muy lejos del punto de partida, me confirmó en la idea de que una verdadera cosmovisión no puede ser una construcción personal supuestamente libre o supuestamente genial.

En tiempos pasados, esa cosmovisión era algo que se transmitía de padres a hijos con el idioma, la profesión, y obviamente, la religión.

Hoy en día este flujo intencional de datos tradicionales —porque de eso estamos hablando— ya no es posible más que como una anomalía. Pero el eventual receptor, si es lo que hoy denominamos pomposamente un artista, tiene la oportunidad de encontrar una manera adecuada de transmitir mediante sus obras, a quienes estén en condiciones de entender, la necesidad de conservar el vínculo con el tesoro perdido.

Este intento de reconexión con la tradición, a fin de cuentas, y a pesar del aluvión de “genios” con que nos ha aturdido la modernidad, proporciona la única medida válida o útil para apreciar la importancia de lo que nuestro tiempo llama una obra de arte, o un artista.


[1] Toynbee deplora que la educación oficial masificada haya desplazado a la otra, más completa aunque menos adaptada a los fines modernos, que el campesino promedio adquiría en la lectura cotidiana de su Biblia. En una bella página de “Facundo”, Sarmiento derrama copiosas lágrimas por esa misma educación tradicional ya agonizante —y acto seguido auspicia su aniquilación.