DATOS CULTURALES Y FORMAS DE EXPRESIÓN / Juan esteban Lagorio

En cada época se impone el dato que busca la mayor intensidad, el que es capaz de construir algo tan real como el concepto imaginario de esa época. Las necesidades surgen de una dialéctica entre progresos y regresos cíclicos que conforman la estructura que sostiene el dato cultural. Las mismas cuestiones que encuentran sus modos de representación en diferentes épocas, vienen dictadas por su basamento en datos culturales.

Si en la pintura de la Edad Media no se reproducía la figura humana de la misma manera que en el Renacimiento, no se trataba de una imposibilidad de tipo práctico, intelectual, sino de una facultad del orden simbólico, en la cual, la figura humana no tenía razón de reproducirse en forma “realista”.  Se podría decir que no había necesidad de hacerlo. Sucede algo parecido si comparamos la creación musical, desde el canto monódico hacia lo coral, la polifonía, la profundización armónica del barroco, la sinfonía y hasta la profusión de intentos por establecer en occidente los esquemas que excedieran el sistema tonal. Todo ello surge de necesidades que están soportadas por los datos culturales que se imponen, y de cuyas convenciones se requieren para establecer correlatos relativos y peticiones de principios. Por ejemplo el camino hacia la salida del esquema tonal, hacia el microtonalismo de Partch está basada directamente en el cuestionamiento de las convenciones que imponen los datos culturales. ¿Por qué un intervalo de determinado rango y no otro? Mucho tiene que ver el origen del arte como elemento de culto hasta su devenir como objeto externo a lo sacro. Si comparamos las diferentes maneras de reproducción de la figura humana en los últimos mil años, podemos hacer una suerte de itinerario cuya orientación es cambiante, circular por momentos, y que  pasa por extensiones de gran ascetismo hacia otras de gran barroquismo. Esto da la idea que hay necesidades cíclicas,  que se suele buscar aquello que volverá a ser perdido para un nuevo ciclo. A lo largo de diferentes épocas se mantiene esa apetencia cultural que permite que ciertas demandas regresen periódicamente.

Cuando nos ubicamos en determinado periodo, tanto en el arte representativo como en el no representativo, nos proponemos entender cómo esa época estableció el contrato imaginario con sus necesidades. Y, lo que es más importante, preguntarnos por esas necesidades y al mismo tiempo por el logro, que aquellos actores se proponían a partir de cómo imaginaban el mundo. Estaríamos tentados de decir que la idea del imaginario  medieval podría  ser una suerte de visión limitada si la pensamos con las necesidades del siglo XVIII. Lo cual constituiría un error grosero. Si extrapolamos anacrónicamente una categoría de otra época, interponemos lo que otra época buscaba en otro momento, sus viajes, su visión del universo, sus conocimientos científicos, su descripción del aquí y ahora, su interpretación de los saberes sobre la naturaleza y los artificios, podemos situarnos, a partir de los datos de cada época para comprender sus formas de expresión. De esa manera, sabemos que en ámbitos arcaicos se representaba el mundo mediante formas, dibujos, danzas y rituales que muestran esas posibilidades culturales que tiene cada época para elaborar esa serie de datos. La clave está en entender esa serie de datos tanto cuantitativa como cualitativamente.  La cantidad de datos que se administran en distintas épocas cambia. La nuestra se caracteriza por una abundancia que nos excede. Esto guarda una relación simétrica y dialéctica con respecto a las artes. Por ejemplo, en el cine, la verosimilitud debe ser excedida más allá de la comprensión de los sentidos. Es una relación directa con los saberes y las interpretaciones que nuestra época relaciona entre trascendencia e inmanencia. ¿Cuál es esa verosimilitud? La que dicta el dato de época como síntesis del fundamento mismo de la vida. Nuestra época ama el futuro, tanto que la realidad está construida para vivir un presente en continuo futuro, las cosas y los tiempos por venir son necesarios ya. La velocidad con que arribamos es casi una pasión por su irracionalidad, que convierte la necesidad en una irritación prometeica. Esa serie de datos busca su expresión en el vitalismo de los cómputos, en la multiplicación de imágenes, en la superposición de lo súbito y lo inesperado. En la limitación de la posibilidad contable está su trascendencia, un burbujeante mar de excesos efímeros y de pequeños asombros irreprimiblemente disfrazados. En el dato de la época, la festividad inmediata ocupa la cresta de una ola de ilusiones que necesitan crearse una y otra vez en ese sinfín imaginario. Las expresiones resultantes rescatan la fuerza de lo natural, lo biológico diríamos, en un contexto de recreación clasificable y regreso suavizado por la técnica, con su optimismo cínico. Todas las expresiones buscan su proyección inmediata en la voluntad colectiva, que también modifica el dato cultural que le dio vida. He aquí una diferencia notable con otras épocas pues por primera vez el dato cultural procede de un artificio, puesto que ante la ausencia, o mejor dicho, ante la suplantación, de un origen real, la propia expresión le da existencia para retroalimentarse, incluso creando su propia nostalgia. En la naturaleza de esa expresión está implícita su energía, su dinamismo desbocado pero también su fervor sensual. ¿Es esta expresión una forma de transmisión? Veamos. Tomemos una expresión reconocida como creación artística en todas las épocas. La poesía.  La poesía transmite una imagen. Es anterior a la prosa y su forma de expresión se basaba, en sus comienzos, en la repetición de sonidos, rimas y aliteraciones. De esa manera eran fáciles de memorizar en las épocas en que, o bien directamente no había reproducción, o la circulación de los textos escritos, el consumo o acceso eran escasos. Era una necesidad de la época. Hoy no necesitamos de la rima, pero sí de la transmisión de ideas. Y un dato de época es que el acento está puesto, necesariamente, en la transmisión. Lo demás viene por añadidura. La misma transmisión implica vertiginosidad, salida a la superficie, permutación entre lo arcaico y lo sofisticado, del objeto y del sujeto, ocultamiento de toda precariedad y de lo no empírico, poder sin límites que es irrigado por todo el cuerpo de la circulación como un reinstaurado titán pagano. Y entre estas expresiones, también está lo trágico, escondido en la multiformidad, difuso, presente, desapercibido. Y sin embargo, es el verdadero dato de la época.