DOBLE VIDA Y DANDISMO / Ángel Faretta

El dandismo es la forma extrema que toma la doble vida a partir de la revolución industrial -o en sus vísperas-, de la formación de la cosmópolis y del predomino de la aglomeración urbana por sobre el mundo rural. Todo esto trajo aparejado para el habitante de esas grandes ciudades una doble vida de facto. Así por la misma duplicidad de “la moral de taller” y de la predominante gazmoñería victoriana que comienzan a invadir de consuno a Europa y a occidente, el habitante anónimo de esas ciudades, ese “hombre de la multitud” es empujado, obligado a llevar y hasta a fomentar una doble vida.

A esa doble vida oficial, general, democrática, el artista y el pensador en oposición -intuitiva o no- a tales imperativos liberales acuña una segunda forma de doble vida, esta para pocos, de élite, y de lugares determinados. Esta doble-vida-de-la-doble-vida burguesa puede ponerse bajo la denominación general de dandismo.

El que esa palabra de oscura y compleja articulación (1) haya surgido en la propia Inglaterra y que poco después fuera puesta en particular circulación por algunos artistas y estetas franceses, en especial Baudelaire, marca ya un sesgo significativo de lo que se intenta decir aquí.

Dandi y dandismo implicará el eje del que partirán varias radiaciones y hasta especializaciones, todas las cuales tendrán como motto, punto de partida o emblema una actitud, incluso hasta una pose, que los términos de dandi y dandismo englobarán a la perfección. Este tomar distancia, entre irónico y feroz, de la sociedad liberal-burguesa, de sus mores y hábitos mentales y cotidianos, implicará o pondrá en juego toda una serie de factores cuyos fermentos se cultivaron durante el romanticismo alemán. Este -como siempre insistimos en recordar- fue más que nada una pre-vision, genial y hasta profética, pero pre-visión al fin; y dio como resultado una mezcla entre las esferas estética y religiosa que las generaciones inmediatamente posteriores heredaron como su carga más oscura y como la fase lunar de la heredad romántica.

Esa generación posterior intentó aclarar esa herencia, o en todo caso sumarle los correspondientes codicilos aclaratorios.

Hubo así y a posteriori un romanticismo restaurador (Chateaubriand), un romanticismo habsbúrgico o metternichiano (con Adam Müller y Friedrich Schegel), un romanticismo en segundo o hasta tercer grado –todos los producidos bajo ese marbete en España, Italia Portugal, es decir en los países católico-mediterráneos. Incluso un romanticismo transatlántico con meros anecdotistas o directamente poseurs como Washington Irving en la América del Norte (2) y Esteban Echeverría en la América del Sur.

Más hubo también un auténtico romanticismo superador que intentó a su modo asentar todo lo intuido con anterioridad sin arrojarse ni al “fijismo” restaurador con su “goticismo” un tanto dudoso, ni menos tirarse de cabeza a la disolución nihilista de la movilización total ya en marcha.

Novalis antes que nada y ya en la propia Alemania fue el primero de todos. Coleridge en Inglaterra. En Francia Gérard de Nerval y Charles Baudelaire y, entre ambos, el siempre olvidado o vuelto a postergar Theóphile Gautier (3) Posiblemente también el italiano Giacomo Leopardi.

En todos ellos se despliega un riguroso eje del pensar y del poetizar; pero ya también en algunos de ellos ese rigor aparece en medio de las condiciones de posibilidad de la modernidad industrial, es decir con los dispositivos en funcionamiento técnico de apropiación de la naturaleza, pero también de dominio mediante el hábito y su apéndice educativo. Es con estas condiciones efectivas y ya actuantes de la mentalidad liberal-burguesa donde surge, luego de ese extrañar algo vago del romanticismo alemán, la reaparición de la auténtica cualidad de extraño: aquella que implica una melancolía sincera por lo que está a punto de perderse y hasta de abolirse. Las imágenes y motivos tempranos del abismo, del bosque, de la tormenta y de la telaraña serán sus tempranos emblemas; luego desplazados o reconfigurados en la multitud, el exotismo, el spleen, y como sello o marca distintiva, el dandismo.

En figuras como Baudelaire y en Coleridge la doble vida habitual que lleva o arrastra el pensar y poetizar hasta entonces –su estrategia digo- ya no basta. Deja de ser efectiva. Debe mutar, modificarse, anudar otro estadio de duplicidad. Allí el dandismo. Dicho en una simple fórmula el dandismo sería el posar superficial-externo para distraer al ajeno y al intruso de la auténtica actividad-interior profunda. Se trata de un camuflaje superficial –pero de una superficie que atañe tanto a la coquetería, la sastrería y al peinado, como a los calembours y epigramas que el dandi reparte como bouquets desprendidos de su conversación.

“El dandi es aquel que vive contemplándose frente a un espejo”. Tal posiblemente la más célebre definición –acuñada como tantas otras por Baudelaire- sobre este actor o comediante trágico. Pero allí, en ese dictum ocasional, aparece el matiz oblicuo que tal estrategia del vivir desea hacer aparecer como la más visible y “pública”.

El único ensayo más o menos extenso dedicado por Baudelaire al respecto –ensayo que también corresponde a la serie de dedicada al “pintor de la vida moderna”- expone más extensa pero siempre sesgada, oblicuamente, la concepción del dandi por el más lúcido de sus “promotores”. “Le dandysme est une institution vague, así bizarre que le duel” (El dandismo es un institución vaga, tan extraña como el duelo). Luego viene una justificación genealógica y una extensión de la misma cualidad  en el nuevo mundo: “… tres ancienne puisque César, Catilina, Alcibiade, nous en fournisssent de types éclatants; très-générale, puisque Chateaubriand l’a trouvée dans les fôrets et au bord de lacs du Nouveau-Monde”(…muy antigua porque César, Catilina, Alcibíades nos proporcionan tipos brillantes; muy general, puesto que Chateaubriand la ha encontrado en los bosques y en las orillas de los lagos del Nuevo mundo) A este excurso de justificación general-universal, sigue una abrupta actualización didáctica: “Le dandysme, que est une institution en dehors de lois, a des lois rigoureuses auxquelles sont strictment soumis tous ses sujets, quelles que soient d’ailleurs la fougue et l’independance de leur caracter”(El dandismo que es una institución fuera de las leyes, tiene leyes rigurosas a las que todos sus súbditos están estrictamente sujetos, cualquiera sea el ardor y la independencia de su carácter).

Mucho más adelante, una vez que ha vuelto a remitirse a las pinturas y dibujos de Constantin Guys, motivo de su largo ensayo, dice epigramáticamente sobre el dandi: “Voilá peut-être un homme riche, mais plus certainement un Hercule sans emploi” (He aquí que puede ser un hombre rico, pero ciertamente es más un Hércules sin empleo). Niezstche dirá al final del siglo y sobre Napoleón que es el típico “gran hombre nacido a destiempo”.

“Ces êtres n’ont pas d’autre état que de cultiver l’idée du beau dans leur personne, de satisfaire leurs passions, de sentir et de penser” (Estos seres no tienen otra condición que la de cultivar la idea de lo bello en su persona, de satisfacer sus pasiones, de sentir y de pensar) dice después Baudelaire.

Aquí tenemos un etymon espiritual de la actividad del dandi. Etymon que surge ya acuñado con todas las contradicciones del caso y que se arrastran o deslizan desde el propio romanticismo-histórico o alemán. Lo bello antecede a la pasión y el siguiente binomio es “sentir” y “de penser”. Escrito en pleno Segundo Imperio, parece sumar todas las contradicciones también inherentes a ese paradójico período donde a la restauración monárquica sucede el ejemplo más típico (4) de bonapartismo y golpe de estado de intenciones contrarrevolucionarias. Y donde al conservadurismo a la manera inglesa -y derivado de Burke y sus Reflections– se suma la continuidad del ideal imperial napoleónico –al fin y al cabo continuado por un descendiente directo-, la aventura ya no imperial sino imperialista en competencia algo tardía con la iniciada por los ingleses.

Este período, terminado con la débacle de 1870, no puede ser más propicio para esa bifronte situación que vive el dandi. Un defensa irónica para los privilegios del ocio en una sociedad dedicada al enriquecimiento rápido en sentido burgués –“¡enriqueceos!” fue la consigna de la hora-, pero donde el ideal del Imperio se continua a su modo.

Pareciera que esa demanda implícita de Baudelaire hacia el dandismo, hoy pueda ser el epitafio de un siglo de movilización total que se agota en la movilización-total-sexual ya puesta en marcha desde unas cuatro décadas a esta parte. ¿Qué puede ser hoy brûlant o rêveur?(ardiente o soñador)  ¿El trance producido químicamente por substancias industriales o el  provocado por bebidas que estimulan el torrente sanguíneo y el consiguiente despertar abúlico del día después ya no con spleen sino con el espanto del vivir que lleva al nihilismo?

Podrá decirse lo que se quiera de los “caprichos” y los arabescos de Baudelaire, pero nadie puede negar la plena seriedad de sus preguntas y reflexiones, puestas en bocetos sobre “la vida moderna”. Eugenio D’Ors decía con toda justeza que Baudelaire siempre piensa bien, pero “cuando piensa en teólogo” es casi infalible.

Esto debería tenerlo en cuenta y muy urgentemente cierta teología profesional que intenta seguir acuartelada dentro de los muros sordos de un pensar teológico y que sigue sin tener presentes los fondos de ser correspondientes a los estados anímicos y mentales (5) acuñados y descubiertos en ese período que ahora concluye, y que abarca unos dos siglos hasta el día hoy; o quizás de un cercano ayer.


Notas:

1: “dandi” o “dandy” proviene al parecer de la contaminatio de “Andy” o “Andies” nombre dados genéricamente a los escoceses que asistían a las ferias y romerías en el border inglés. Puesto al parecer como nominativo para figurar lo “extravagante” de sus vestidos…

2: claro que esta producirá no sólo al primer gran artista y pensador puramente americano, sino a quien se adelanta a redefinir todo la carga romántica y a volverla, una vez articulada, oposición lisa y llana, Edgar Poe. De allí confesa y declaradamente partirá Baudelaire que dirá “Edgar Poe y Joseph De Maistre me enseñaron a razonar”. Pocas veces una declaración de principios o un “programa” serán más plenamente ciertos.

  1. B. Nuestro “gran hombre” como América del Sur -id est Argentina-, será tempranamente todo un género, “el gauchesco”, con las intuiciones de Hidalgo, las cosas interesantes de Ascasubi y de algún otro, pero ya con la autoconciencia del typo y del etymon con Hernández y la primera parte del Martín Fierro. Esta será, vista desde este punto, sí nuestra épica (cosa que inútilmente se demoró en tanteos desde Lugones a Borges); puesto que la otra América deberá esperar todavía casi medio siglo para acuñar su forma épica propia. El tema es que su épica demorada, será también el nacimiento y culminación del pensar y poetizar occidental: El nacimiento de una nación… y del cine (1915)

 

3: pero bien que tenido presente por Baudelaire en su dedicatoria de “Las flores del mal”. Como luego será tenido en cuenta por poeta-críticos como Pound y Eliot.

4: estenotípico podría decirse, ya que Marx tiene presente a Luis Napoleón -luego Napoleón III- y su coup de état para acuñar el término de “bonapartismo”.

5: los que sí ahora parece estar dispuesta a reconocer esa misma teología son tan sólo los efectos “sociales” y sus consecuencias. Lo que podría interpretarse como un decidido ponerse a la retaguardia de los signos del tiempo. Como la primera encíclica fechada en la Navidad del 2005 del Papa Benedicto XVI –Deus Caritas Est– parece demostrarlo palpablemente, al reconocer que la Iglesia no estuvo a la altura de los cambios sociales y laborales producidos por la revolución industrial. Pero al admitir esto, desatiende redobladamente a los fondos de ser anímicos y las formas del pensar y del poetizar creadas para enfrentar a esos mismos fondos de existencia. Reconociendo “lo social” se reconciliaría con el mundo histórico, pero desatendiendo curiosamente a las verdaderas y más importantes -cuanto urgentes de re-conocer- transformaciones anímicas y psíquicas producidas por esa misma revolución industrial. Las que modificaron radicalmente otras relaciones –familiares, culturales, sexuales. De reconocer solamente el cambio en las relaciones capital-trabajo se cometería un error quizás definitivo. Históricamente definitivo claro está.