LO SAGRADO EN LAS ROCAS COLGANTES / Javier Lodeiro Ocampo

Varios años después de casados aún conservábamos la costumbre de salir los fines de semana “al campo”, como dicen acá, es decir, al desierto. Llevábamos sólo lo indispensable: la carpa, plegada sobre la barra antivuelco, la heladerita, la parrilla y una caja llena de cassettes. Uno de esos días se nos dio por jugar a las escondidas en el laberinto de los cañadones. Yo me fui para un lado y mi mujer para el otro. Cerca de las doce, y luego de una hora de buscarla sin resultado, me encontré de pronto frente a una gran pared rojiza que me cerraba el paso. Quedé como congelado. Me sacó del estupor la figura de mi mujer, a la que vi salir corriendo de una grieta entre los acantilados.

—¿Lo sentiste? —dijo muy agitada.

Volví a mirar las paredes de piedra.

—Sí —le contesté.

—¡Alguien nos está mirando!

Alguien o algo nos miraba. No podíamos verlo con los ojos, pero ahí estaba, sin posibilidad de duda. Se erguía contra la pared roja, tenía como tres metros de alto. Pasados unos cuantos minutos, desapareció.

El Jeep había quedado a un par de kilómetros, sobre la meseta. Volvimos, armamos la carpa, más tarde hicimos el fuego, tomamos unas cervezas, etc. Faltaba una década para la primera vez que vi Picnic at Hanging Rock, o que leí a R. Otto.