SIMENON, CON BELLEZA Y SORDIDEZ / Alicia Carosio

Cuando empezamos a leer a Simenon, desde la primera línea vamos entendiendo que se no se trata de un simple cuento o novela de misterio, policial, o algo por el estilo.

Algo nos va diciendo que se trata de otra cosa; tal vez tiene un condimento de misterio y de policial, o de algunas de esas vanas definiciones o etiquetas, pero es diferente a todo eso.

Es algo propio e irrepetible. Tanto es así, que aunque con el correr del tiempo tomemos alguna línea de forma independiente, enseguida reconoceremos que allí está él.

Muchos podrían pensar que lo mismo cabría decir de tantos otros autores, y ciertamente así es, por supuesto si nos referimos a los mejores, a los óptimos, a los incomparables. Hay otros que solamente juegan con eso y no logran decir nada que nos interese.

Pero los autores a los que me refiero son inimitables, y entre ellos se encuentra y destaca Simenon.

Es probable que alguien pueda, si se lo propone  llevar a cabo un relato basándose en alguno de sus temas, muchos de ellos repetidos: la doble vida, la evasión, el confuso pasado que debe ocultarse, el arrepentimiento tardío, la venganza impiadosa, la infidelidad culpable, la huida interminable, la benevolencia inexplicable, la incomprensión, el sin sentido, y demás.

Dichos temas, por otra parte, no son de su exclusividad. Han sido harto repetidos en incontables autores y, en muchos casos, con excelente resultado.

Pero Simenon es especial, su sordidez es bella, paradójicamente bella. Ambos términos no son contradictorios, al menos en este autor.

Cuando un hombre que sabe quién es el asesino, y oculta lo que sabe, porque debe ocultar él también su propia culpa, tiene sus razones y el autor nos las muestra casi sin decirlas. Allí hay belleza, la belleza de la imagen, la belleza del sentimiento del que sabe y calla protegiendo al asesino que no puede evitar su crimen.

Cuando un hombre que ha matado a su esposa y siente culpa por ello, necesita explicarlo a su juez, porque sus razones fueron tal vez no justificables pero sí imprescindibles para él, es porque sabe que ese juez no es solo un hombre común y que el entendimiento de tal juez irá más allá de su propia muerte, que de ningún modo será evitable a pesar de su confesión.

Cuando alguien escapa y se refugia donde puede ser acogido sin necesidad de que nadie explique nada, no creemos que ello justifique su crimen, pero sí pensamos inmediatamente “yo haría lo mismo”.

Cuando un hombre o una mujer son infieles y las razones para serlo se muestran de manera que el lector puede y debe comprenderlas, allí está nuestro autor.

Cuando un hijo no reconoce ni acepta un amor tardío de su padre o de su madre, y ese hijo es el yo del relato, sabemos que no solo por el título de la obra se explica su contenido.

Cuando ocurren todas esas situaciones en lo que leemos, pero y al mismo tiempo lo hacemos con placer, alguien podría pensar en morbosidad o complacencia con lo malo, pecaminoso o aún criminal.

La lectura de Simenon nos dirá porqué aún allí hay belleza.