CORDILLERA / Melina Cherro

“…vos sabés que en invierno, cuando el sol se pone en el oeste, cuando está justo en el horizonte, desde San Luis se ve el dibujo de partes de la cordillera. Es tan llano todo por acá y hasta la cordillera (y ésta es tan alta) que aún a quinientos quilómetros de distancia se dibuja en el horizonte una sombra imponente. Pero hay que agarrarla en invierno, en determinados días, cuando no está nublado y a una hora justa.

Pero bueno, querida Lucía, no quiero aburrirte más con mis dislates sobre el paisaje. Ya sabés que los días se me hacen largos a veces, y que extraño a la familia. Escribir sobre lo que veo, sobre lo que me ocurre día a día aquí, en esta alejada provincia, me hace sentir que estoy un poco más cerca de ustedes…”

Tuve que interrumpir la lectura de la carta otra vez. El más chiquito lloraba sin parar porque estaba con dolor de panza. Lo alcé en brazos, lo calmé y siguió durmiendo. El silencio en la casa fue un alivio.

Solía quedarme despierta durante las noches hasta entrada la madrugada y si bien después pagaba durante el día las pocas horas de sueño, esos ratos rodeada de oscuridad y de silencio eran para mí el descanso diario que necesitaba. Esa noche era especial, mi hermano Alberto me había enviado una extensa carta. Hacía semanas que no sabía nada de él y no podía esperar más para leerla. El cartero la había traído por la tarde, en plena hora de la merienda y el juego de los chicos. Después la hora del baño y de preparar la cena. La rutina diaria me había obligado a postergar su lectura y ahora, con la calma de la noche, podía sentarme con tranquilidad a leer las palabras lejanas de mi hermano.

Me volví a acomodar en el sillón, bajo la tenue luz del velador y abrigada con una manta que tenía especialmente destinada a las noches de invierno, rogando para que de ahora en más no haya otra interrupción.

“Tengo que disculparme, sé que pasaron varias semanas sin enviar al menos unas palabras,  y ni siquiera te llamé el 21 para saludarte por tu cumpleaños. Si supieras que ese día y gracias a vos encontré la solución. Pero no vas a entenderme si no te cuento desde el principio. Aquí en el pueblo las cosas estuvieron complicadas. Al inicio del mes llegó al hospital una nena de alrededor de ocho años con fiebre muy alta. Al principio cumplimos con la rutina que es habitual en casos así, le administramos antitérmicos por vía oral y luego inyectables, pero la fiebre no cedía. Entonces tuvimos que administrarle suero para su hidratación y medicación intravenosa. Lucía querida, disculpame que te explique con detalle estas cosas, sé que te impresionan y que pueden parecer una descripción más de mi aburrida rutina de médico; pero no es así. No pienses que no quiero hablarte de otras cosas, es que necesito escribirte a ver si me ayuda a comprender lo que ocurrió a lo largo de estas últimas semanas.

Día a día controlábamos a Clara, la niña con fiebre. Su madre no pasaba una hora lejos de la cama y teníamos que insistirle para que nos deje trabajar. El padre trabajaba muchas horas en una fábrica y solo podía pasar un rato por la tarde. Pero la salud de Clara no mejoraba, la fiebre seguía, su cuerpo había hecho erupción por la transpiración y la temperatura, y toda su piel estaba llena de manchitas rojas. Todo esto, más allá de las dificultades para que la fiebre baje, y a pesar del inútil efecto de los antitérmicos, era normal. Lo extraño ocurrió al quinto día. Los ojos de Clara se hincharon como huevos y se pusieron casi blancos; la niña comenzó a sentir una terrible fotofobia que nos obligó a bajar las persianas de su habitación para mantenerla en sombra…”

Un viento helado abrió inesperadamente la ventana del living y tuve que levantarme para cerrarla. Si bien hacía frío, el olor de las plantas del vecino me detuvo un momento. Respiré profundo y miré hacia el cielo, oscuro, casi negro. Sentí un escalofrío y cerré la ventana con decisión. Aproveché para revisar la habitación de los chicos. Por suerte ambos dormían, aunque el chiquito daba vueltas incómodo. El dolor de panza seguía perturbando sus sueños. Agarré un poco de pomada de eucalipto y le froté suavemente la panza, el calor de mis manos y el aroma de la pomada aliviaron momentáneamente su dormir. Lo tapé con suavidad para que mantenga el calor y volví rápidamente a mi sillón para seguir con la carta.

“Fue entonces que aparecieron varios casos más. Uno atrás de otro cayeron en el hospital niños con fiebre imposible de bajar. De pronto estábamos sobrepasados. El caso de Clara se estaba extendiendo a lo largo y a lo ancho del pueblo. El intendente declaró estado de sitio y se levantaron las clases para evitar más contagios, aunque no sabíamos claramente cómo se producía.

En el hospital tuvimos que disponer de las dos salas más grandes con camas, una junto a otra ocupadas por los niños afectados. Suero, fiebre y ojos blancos inflamados como huevos. Cualquier rayo de luz que penetraba en las salas les generaba un malestar agudo, chillaban como perros y tuvimos que extremar las medidas tapando las ventanas para que no entre ni un rayo de luz. Así, sin referencias del exterior, pasamos varios días en donde se nos confundían las horas y la rutina.

De pronto el hospital estaba dado vuelta. Ya no sabíamos qué medicamento tocaba, ni que comida, porque incluso a nosotros comenzó a molestarnos la luz del sol, y preferíamos estar a oscuras. Dormíamos de a ratos interrumpidos, sin saber si era una siesta o parte del descanso nocturno.

Decidimos que nadie del exterior podía ingresar al hospital a menos que se tratara de un nuevo caso. Los padres de los chicos, aunque no quisieran, debían esperar en sus casas. A cada rato alguien llamaba al hospital para saber como estaba su hijo, y le dábamos alguna información. Pero el teléfono sonaba y sonaba y entonces dejamos de atenderlo. De pronto nuestra decisión de aislarnos parecía lo más natural del mundo. Los médicos recorríamos las dos grandes habitaciones a oscuras, asistiendo a filas y filas de camas con pacientes que padecían la extraña fiebre, que miraban apenas con sus encandilados ojos blancos, hinchados, ajenos.

Cuando las camas ya no alcanzaron improvisamos algunas con frazadas y sillas. Las enfermeras agotadas se recostaban donde podían, durmiendo sueños inquietos.

Y fue entonces que pasé horas y horas encerrado en mi consultorio, sin saber bien qué hora era, que día era. Leyendo libros de medicina que me dieran alguna respuesta.

Querida Lucía, en un viejo libro que no consultaba desde aquellos primeros días en que me había mudado a San Luis, encontré una carta tuya. Una breve que me habías escrito para saludarme por mi cumpleaños. La leí una y otra vez. Repitiéndola casi de memoria, como si tu carta de pronto me ayudara a salir de ese no tiempo en el que estaba sumergido. Leer tu carta, repetirla de principio a fin me daba por primera vez en muchos días una nueva rutina, un orden. Mirar tu nombre, tu letra, tus palabras, me devolvió de pronto mi persona. Caí en la cuenta que durante esos días había olvidado por completo quién era yo. Miré la fecha en mi reloj, el que había dejado de consultar como si no existiera. Estábamos en Junio, el mes de tu cumpleaños. El mes del invierno, el mes de la noche más larga del año. Todos los 21 de Junio, querida hermana, abro mi ventana del consultorio y miro hacia el oeste la sombra extraña de la cordillera; sabiendo que ese día, el de la gran sombra cordillerana, es además el día de tu cumpleaños. El reloj decía 21.

Sin dudarlo hice como todos los años y abrí la persiana. La sombra de la cordillera estaba allí, abriéndose paso sobre la llanura puntana. Cada vez se hacía más larga, más oscura y enorme, hermosa. Recortada en el horizonte gracias a un sol naranja. Sentí de pronto que algo dentro mío sanaba, e inexplicablemente corrí por los pasillos del hospital abriendo las ventanas. Las enfermeras me siguieron, ayudando sin comprender. La sombra de la cordillera invadió cada sala, cada rincón, cada habitación, cada pasillo. Los niños internados apenas reaccionaron, no lo se. Mi excitación por abrir las ventanas era tal, que parecía haberme olvidado de los ojos blancos como huevos, de la fiebre imposible de bajar, de los antitérmicos inútiles.

La sombra cordillerana dio paso a una noche fría y cristalina. El cielo estrellado trajo la paz a lo largo y a lo ancho del hospital. Esa noche dormí profundamente.

Me desperté entrada la mañana, había dormido muchas horas, recostado sobre mi escritorio con tu vieja carta entre mis manos. Miré por la ventana, el sol estaba alto ya, iluminando el cielo más celeste que nunca. Me sentía como nuevo, fresco, incluso más liviano.

Me apresuré a recorrer las salas, la fiebre de los niños había bajado; sus ojos normales miraban con felicidad a sus padres, que junto a las camas les ofrecían por primera vez, en muchas semanas, el desayuno.

Ese día volví a mi casa. Estaba todo desordenado y abandonado. Hacía un mes que no dormía allí. Pero no podía esperar más, necesitaba escribirte querida hermana, contarte lo ocurrido para intentar comprender. Todo fue tan extraño que lo único a lo que atino es a pensar que todos los 21 de Junio tengo que abrir mi ventana y mirar religiosamente hacia el oeste la sombra de la cordillera.”

Casi maquinalmente dejé la carta de mi hermano a un lado. En ese instante la puerta de la habitación de mis hijos se abrió y el más pequeño se asomó de manera fantasmal. Estaba transpirado, sus labios morados daban cuenta de su fiebre y sus ojos estaban blancos e hinchados como huevos.  Con desesperación miré la carta, la letra ovalada tan típica de Alberto. Sin dudarlo caminé hacia la ventana que  algunas horas atrás había cerrado y con un gesto decidido la abrí. La tenue luz del sol invernal se escurrió en la habitación.