EL ÚLTIMO EN VERLO / Javier Lodeiro Ocampo

Hacía calor, faltaba poco para el mediodía. Las veredas estaban atestadas de gente sudorosa que entraba y salía de los bancos, de las oficinas, sin mirarse nunca a la cara. El hombre consultó otra vez su reloj, aunque sabía que debía esperar más de una hora. Se sentó en un banco de la plaza, a la sombra de los eucaliptos. Los árboles estaban llenos de gorriones que alborotaban sin descanso. Cruzando la calle se levantaba la biblioteca, un edificio grande, de dos pisos. Nadie entraba ni salía de la biblioteca. Como le dieron ganas de ir al baño, el hombre cruzó la calle y se dirigió al mostrador. Una chica le indicó la escalera. El hombre subió despacio. La imagen de una mujer que se abrazaba el vientre con las manos no se le borraba de la mente. La mujer se señalaba el vientre liso, en donde recién estaba empezando a crecer una criatura. Se dijo que la mujer era un tesoro, que a su vez llevaba en el vientre un diamante. El hombre llegó al final de la escalera y se encontró en el salón de lectura. La imagen de la mujer se desvaneció. No había nadie a la vista. Un cartel indicaba que en el otro extremo estaban los sanitarios. El hombre avanzó unos pasos y algo cruzó violentamente frente a su cara. Se detuvo. Era un gorrión de los de la plaza. Al ver al hombre, el pajarito empezó a revolotear frenéticamente por el salón, buscando una salida hacia los árboles. El hombre se quedó quieto. El gorrión estuvo a punto de chocar contra él varias veces. Por alguna razón supo que el gorrión iba a morir y sintió que una angustia inesperada lo invadía. Corrió una cortina, pero las ventanas no tenían picaporte. Alcanzó a ver una ventana con cerrojo cerca de los baños, en el otro extremo de la sala. Con un par de movimientos de las manos espantó al gorrión hasta que lo llevó hacia allá. El hombre alcanzó la ventana y corrió la cortina, mientras el pájaro volaba otra vez hasta la otra punta de la sala de lectura. La ventana se abría de abajo hacia arriba. El hombre destrabó el cerrojo y empezó a abrirla, mientras veía de reojo al gorrión que se acercaba hacia la luz a toda velocidad. Antes de que pudiera abrirla del todo, el pájaro se estrelló contra el vidrio que subía. El hombre se asomó. La criatura frágil y etérea se había transformado de pronto en un objeto más pesado que el aire; lo vio caer e impactar la vereda. El hombre fue al sanitario. Al salir de la biblioteca se despidió de la chica del mostrador. Cuando estuvo en la vereda recogió el pequeño cuerpo, compró un sobre en el quiosco y lo guardó. Volvió a sentarse en el mismo banco bajo los árboles de la plaza. Estuvo ahí sentado alrededor de una hora, con el sobre en la mano, hasta que llegó el ómnibus.

Llegó a su casa ya de noche, fue hasta la habitación. Ahí vio a la mujer que sostenía el vientre con sus manos. Estaba acostada en la cama, boca abajo, y lloraba. Sobre la mesa de luz se veían varios papeles con sellos del hospital. El hombre fue al baño y vio la sangre en el inodoro. Volvió a la habitación y puso su mano sobre la cabeza de la mujer. Más de una hora pasó así, acariciando la cabeza de esa mujer que era un tesoro. Más tarde ella le contó cómo habían perdido su diamante, cerca del mediodía. El hombre no dijo nada. Cuando al fin se durmió, ya muy tarde en la noche, soñó con el gorrión de la biblioteca; soñó que era el alma de su diamante, y que él había sido el último en verlo, cuando se iba.