ENTRE LA POLÍTICA Y EL MÁS ALLÁ / Alberto Tricarico

“Marseille” (Francia, 2016 y 2018). Creada por Dan Franck. Protagonizada por Gérard Depardieu, Benoît Magimel, Natacha Régnier, Géraldine Pailhas, Stéphane Caillard y Guillaume Arnault.

Marsella es una serie de dos temporadas que cuenta la caída y resurrección política del Alcalde de la ciudad, Robert Taro (Gérard Depardieu). Más bien, la primera temporada cuenta la caída, la pérdida de poder y su revés en las elecciones municipales; y la segunda, el resurgimiento, las alianzas y el nuevo ascenso al poder. En medio de una relación traumática con su hijo no reconocido Lucas (Benoît Magimel), quien será su principal rival político.

En principio, debemos decir que la primera historia funciona, más allá de algunas simplificaciones políticas, sobre todo a lo que hace al manejo del poder. Por momentos hay una cierta sentimentalización de la cuestión pública, pero entendemos que facilita la narración y el dinamismo de la trama. La serie se deja ver, está bien contada, técnica y actoralmente impecable; y atrapa, dan ganas de seguirla, de ver qué pasa después.

El problema está en la segunda historia, es decir en la construcción simbólica que se desarrolla a la vez que la primera historia de la acción dramática central de la serie. El relato incluye algunos disparadores, insinuaciones, y verdaderas intenciones, pero parece no poder dar el salto. Es posible que las buenas intenciones y los temas que quedan picando se trunquen a falta de una buena puesta en escena. Las cuestiones están puestas sobre la mesa, son parte del entramado narrativo pero parecen descuidadas y hasta en algunos casos olvidadas, y hasta negadas.

La relación del padre y el hijo – alcalde y vicealcalde respectivamente al comienzo de la serie – es sin dudas el motor de todo lo que se cuenta. El padre no lo reconoció al nacer y el hijo que sabe la verdad, intentará vengarse, traicionando a su padre. Pero lo que Lucas sabe es en realidad una media verdad. Porque Robert, el padre, nunca supo de la existencia de ese hijo hasta muchos años después. Este tema no está lo suficientemente tratado mediante el fuera de campo, es más lo que uno espera, imagina o intenta adivinar, que aquello que la narración propone. La serie no penetra en zonas donde hay un mundo para indagar. Si bien la historia consta de unas cuantas simetrías en cuanto a los encuentros y desencuentros, al pasado y al reencuentro final, sólo se queda en flojas insinuaciones. Los hijos reales, adoptivos, sustitutos, imaginarios y hasta uno abortado, pueblan la historia, pero no se relacionan de la manera provechosa. Los autores no saben qué hacer con todo esto, dejando al espectador a la espera de algo que nunca ocurre.

Si tenemos en cuenta las posibilidades míticas que nuestra tradición posee en torno a la relación entre el padre y el hijo, entendemos que la serie se cierra evitando desplegar cualquiera de sus abordajes posibles. Como si no se diera cuenta de las posibilidades arquetípicas y universales que el mitologema propone.

Algo similar ocurre con las relaciones de pareja: las circunstanciales y las permanentes. Todo se reduce a la emoción que la serie quiere despertar por una ciudad (a través del fútbol como punto de unión de los ciudadanos) y una diégesis donde muchos elementos se ven forzados. La esposa de Robert, Rachel, luego de un matrimonio de treinta años, y guardando el secreto de la paternidad de su marido hacia Lucas, se harta de la relación sólo por el hecho de la tercera reelección como alcalde de su marido. La hija del matrimonio, la periodista Julia, se enamora y se desenamora de acuerdo a los giros de la trama principal. Lo mismo ocurre con la circunstancial alcaldesa Jeanne Coste y otros personajes. Cuando la relación de pareja puede decir algo más, cuando se pone en juego en directa relación con la trama principal de la historia, cuando aparece finalmente la posibilidad de dar un paso más allá, la serie no lo da.

Lo religioso asoma tibiamente desde el personaje de Jeanne y sus dudas y tormentos, pero queda ahí. El efecto – no dramático, sino sentimental – se apodera de la historia y la aprisiona sin dejarla ser más que una cáscara vacía. Cuando el protagonista cuenta – dos veces de manera distinta y en diferentes contextos – cuando estuvo entre la vida y la muerte, lo hace simplificando la cuestión y la cámara acompaña esa cortedad, embarrándonos otra vez en la mugre de las transas, los pactos y las necesidades sociales.

Al final, cuando todo lo narrado cerraba de manera más o menos redonda, circular, la serie no se priva de una última escena que tira por la borda lo poco que había construido, en pos de una continuidad hacia una tercera temporada. Innecesario por donde se lo mire, hasta comercialmente.

Hay – o debería haber – en cada relato un más allá, una segunda historia. Que a veces intuimos, interpretamos, pensamos. Marseille tenía todo para saltar hacia ese otro lugar: la política, la historia, Francia, el padre y el hijo, el amor, la muerte, el Mediterráneo… pero huyó del compromiso. Como si se hubiera asustado ante semejante responsabilidad.

Esto que describimos a lo largo del texto, es un signo que se viene repitiendo de manera constante en muchas de las series de los últimos años – no en todas, por suerte. Por ejemplo: “Borderliner” (Noruega, 2017); “El Bosque” (Francia, 2017); “Mr. Mercedes” (Estados Unidos, 2017); “The Terror” (Estados Unidos, 2018); “La Casa de Papel” (España, 2017/18), ya analizada en este sentido por Melina Cherro, son series que se quedan en el medio; que se proponen como atractivas en cuanto al formato y la atención del espectador, prometiendo una especie de seriedad que no es tal, tratando temas y situaciones que invitan a operarlas en un sentido tradicional, pero por diferentes motivos se quedan a mitad de camino. Algo similar ocurre con Marsella.