“EL MUNDO COMO VOLUNTAD Y REPRESENTACIÓN” A DOSCIENTOS AÑOS DE SU PRIMERA EDICIÓN / Ángel Faretta

En diciembre de 1818, exactamente dos siglos atrás, se editó en la ciudad de Leipzig por un ya para entonces famosísimo editor –Arnold Brockaus, que poco después editaría las “Memorias” de Casanova, aunque en versión “expurgada”-, un libro escrito por un joven más o menos desconocido, salvo en algunos círculos y por su carácter cicatero y peleón. Nos referimos, claro, a “El mundo como voluntad y representación” de Arthur Schopenhauer.

El libro fue un fiasco del cual se vendieron pocos ejemplares, y se sospecha ya legendariamente, que el joven autor tuvo que oblar de su bolsillo algunos cientos de táleros, para así precipitar lo que desde ese momento él llamaría “mi obra principal”.

Por cierto nada le habrá costado al joven filósofo extraer tales emolumentos de sus rentas, puesto que las tenía y sobradas, luego de una furiosa discusión con su madre –Johanna, autora de best-sellers pasajeros que la arena del tiempo se llevó- y de la cual salió, económicamente, victorioso.

Según la propia declaración prologal del autor, se afirma taxativamente que el libro que el lector tiene ahora en sus manos contiene una sola idea que expresar: y está toda resumida en su título. Pero para hacerla más explícita tuvo que escribir todo un volumen. Además, que si el libro de marras no era entendido, podían hacerse dos cosas. Escribir una crítica del mismo o regalarlo para adornar la mesa de luz de la amante de ese futurible lector, para así recuperar de alguna forma el dinero invertido en su compra.

Es evidente que el hombre que hoy recordamos en su ingreso pleno al mundo filosófico, lo hizo “con los botines de punta”, para usar un anacronismo deportivo, de alguien que detestaba el sport; salvo las largas caminatas que practicó durante casi toda su vida.

No parecía tener contemplaciones ya desde el portal de ingreso a su “obra principal”. De la cual se ha dicho- entre otros cientos, sino miles de cosas-, que era la configuración filosófica definitiva de todo el romanticismo alemán, puesto que está recorrido por dos grandes temas axiales: la muerte y el erotismo. Que luego un neurólogo vienés –gran lector de Schopenhauer- también emplearía como las columnas de su edificio teórico. Empleó para ello un uso discrecional del griego, y llamó al  par Eros y Thánatos, la misma discrecionalidad que empleara con el mitologema de Edipo. Pero dejemos esto.

No mentía. Está todo allí: el mundo como Voluntad y Representación. O como afirma su íncipit “El mundo es mi representación”. Pero esto que puede sonar todavía a kantiano o derivado del puritano prusiano -puntual como reloj-, no es así, para nada, y según se verá.

Con respecto a los datos o a las formas puras de la intuición –como tiempo espacio-, estas eran sometidas a una terrible y precisa vuelta de tuerca conceptual. Puesto que esa “cosa en sí”, que estaba detrás del fenómeno expresado en tiempo y espacio, y que no puede conocerse por la razón “pura,” que es puesta bajo cautela crítica, no es otra cosa que la Voluntad. Y esta no es -como se cree todavía en el habla común-, ganas de hacer, impulso, avance y progreso; actividad ensalzada por banqueros y maratonistas.

Nada de eso. Esa “Wille”, esa voluntad, esa sed de vivir es inoculada mediante la representación. Esta, es un instrumento de esa Voluntad omnívora que todo lo crea –representa-, para así darnos la ilusión de la vida como superación, progreso y demás fantasmagorías. Esa ansia permanente ya fue adelantada, por cierto, en los célebres hexagramas de Lucrecio en su De reum natura; referidos a la imposibilidad de lograr satisfacer esa ansia mediante el frenesí sexual (1).

Hoy, tras otro lector suyo, se diría -tal vez con demasía exclusividad- “deseo”; como antes se dijo “libido”. Es cierto también que no dejan de ser aproximaciones más que válidas, si bien algo periféricas.

Así la voluntad como un aciago demiurgo crea esas formas, esas representaciones, para impulsarnos a la adquisición de cosas, creyendo que esa propiedad es la vida misma y no, como nos dirá Schopenhauer, que la única salida de ese nudo entre voluntad y representación tiene tres únicas posibilidades. La santidad, el arte, y la filosofía; desde luego la suya. Lo cual no puede recriminársele, puesto ¿qué otra cosa sostiene el pensamiento desde Platón en adelante y hasta el último charlatán de feria con sus galimatías escritos como una moral para todos los gustos?

Así, más estúpidamente aún, se le ha reprochado que al describir el genio haya pensado o diseñado una suerte de autorretrato espiritual o su duplicado autobiográfico. Cuando el genio no puede más que describirse a sí mismo cuando llega a la autoconciencia. Puesto que en toda cima se está solo. El problema reside, estando una vez allí, en decidirse a permanecer en ese lugar, o descender, o buscar a alguien que ascienda a esas alturas. Desde luego la respuesta del filósofo del que nos ocupamos aquí, es el saber descender. Pero sabiendo para sí que se ha visto, y qué se ha visto o sentido en esa cima. Y la visión que se ha tenido allí es, digamos, una visión que ha aquietado, o quizás ha puesto a un costado a las representaciones, hijas serviles y muy eficientes de la Voluntad.

Se verá que con este ejemplo que damos no se está muy lejos del esclavo huido de la caverna, según nos narra Platón en “La República”. Teniendo presente el final de la alegoría (muchas veces olvidada de citar), donde el esclavo iluminado por el sol de la verdad, si intentara volver a la caverna para alertar a sus compañeros de cautiverio, sería tomado por loco y hasta se atentaría contra su vida.

Otra carga pesada e inicua es calificar a su filosofía de “pesimista”. Un pensum que ha servido para quitárselo de encima con un clisé fabricado en serie. Como el mismo Schopenhauer la definiera, su postura se llama “monismo absoluto”. Es decir que tiene o se centra en una sola cosa o concepto: la Voluntad. Siendo la primera objetivación de esa voluntad, el cuerpo. Pues sobre este trabaja la voluntad en todo momento haciéndolo querer y desear cosas que sirven tan solo de alimento constante para aquella.

La cual podría igualarse, sin más, a la “avidez de novedades”, sentenciada por Heiddeger, sino fuera que este por momentos indescifrable filósofo detestara a Schopenhauer, posiblemente porque este es, desde Platón, el mejor escritor, es decir el mejor prosista de toda la historia de la filosofía, así como una gloria coronada de la prosa alemana. Mientras que el profeta del “Dasein” es por momentos un haz de de etimologías que -al decir de Mircea Eliade- no llevan a nada o a casi nada. Siendo -para seguir con este autor- “mucho más útil y hasta urgente el entendimiento de un mito, un rito y un símbolo”. En lo que por nuestra parte estamos totalmente de acuerdo.

Esta voluntad puede equiparse a la criatura conocida como “Alien”, en la saga de films respectivos, aunque solamente el primero, y sobre todo el segundo son valiosos. Esa “cosa perfecta que mata y se reproduce sin ningún delirio moral”, como expresa uno de sus paradójicos apólogos que precisamente será devorado por esa misma “cosa” sin delirio moral alguno; es decir aquí, carente de toda libertad y reducida a una única objetivación. La voluntad de vivir y perpetuarse.

También podría sumarse este otro corolario: que en la cosa-otra del fantástico, esa otredad que oprime –como el vampiro- o que se mueve sin libertad o, mejor dicho, sin reflexión alguna –robot, zombi-, son formas estético-formales de representar esa Voluntad como otredad. De allí la necesidad de configurarla en forma monstruosa. Como un desvío o simulacro, o tal vez reducción de lo humano a una sola de sus características, monopolizando y sometiendo a todas las demás…

Otro sambenito siempre repetido sin revisión de inventario es su misoginia, o el maltrato sintáctico a la mujer y a lo femenino. Pero lo que no se tiene en cuenta es el trato que da al hombre. Así que la mujer recibe lo suyo pero como parte igualitaria del género humano donde, por otro lado, si recordamos uno de sus postulados, aquella sale mucho mejor parada. Así toda persona hereda de su madre la inteligencia, y de su padre la voluntad. Y si para este autor, la Voluntad directamente es la negatividad absoluta, el mal de vivir, casi en sentido gnóstico-maniqueo, en este reparto hereditario no es la mujer quien recibe la peor parte.

Luego el ateísmo. Si bien la palabra “agnóstico” fue recién acuñada durante los últimos años de vida de Schopenhauer, y debido esto a Thomas Huxley para defender, precisamente, a su amigo Darwin de la acusación de “ateísmo”, se le aplica perfectamente al autor de “La voluntad en la naturaleza”; otro de sus tratados breves, cuya traducción castellana corrió por cuenta de Unamuno; uno de los tantos autores influidos por el pensamiento  de Schopenhauer.

“Mi filosofía no niega que exista otra vida, pero simplemente no puede probarlo”·. Después, en uno de los libros más exquisitos, ricos y variados de los que existen desde que se conoce la escritura, “Parerga y Paralipómena”, apunta en un apartado aforístico “Mi filosofía es la única que puede ser calificada de cristiana”. Lo cual es de una certeza más que evidente, si recordamos que el autor dice “filosofía” y no “teología”. Es decir que extrae una moral práctica del cristianismo originario. Y no -como afirma también-, de ese que es obra en buena medida del clericalismo. De allí, por cierto, la cercanía como lectura y hasta influencia que ha tenido en autores católicos tan diversos, desde Teilhard de Chardin hasta el argentino Leonardo Castellani.

En cuanto a lo estrictamente personal, debo decir aquí que pensé durante bastante tiempo en titular a una de mis obras teóricas “El cine como voluntad y representación”. Pero durante su escritura, o mejor su puesta en letra, advertí que tomaba cada vez más primacía lo político; y bajo la tutela de Carl Schmitt me decidí por “El concepto de cine”.

Desde luego que la filosofía y sobre todo la estética como filosofía, impregna gran parte del arte en la modernidad, y que evidentemente esto se haría más no solo efectivo sino operativo en el cine. Cuando es cine. Es decir cuando “la idea, es la unidad descomponiéndose en  la pluralidad” Y a continuación, en el mismo parágrafo, viene la diferencia que establece entre la idea y la noción, del siguiente modo.

“La noción se asemeja a un recipiente inanimado, en el cual se encuentra realmente aquello que en él se ha puesto, pero del que se no puede extraer (…) más de lo que se ha depositado. Por el contrario, la idea desenvuelve en el espíritu del que la ha percibido representaciones que son nuevas respecto de la noción del mismo nombre, y se asemeja a un organismo viviente que se desenvuelve y que, dotado de la facultad reproductora, puede engendrar cosas que no se han introducido en él” (2).

Esto, sobre todo el empleo de “representaciones que son nuevas”, puede llamar a confusión a un lector neófito. Pero ¿cómo? ¿No se nos ha dicho precedentemente que la representación es un instrumento total, absolutamente servil de esa voluntad que todo lo quiere para nuestra miseria? Claro está. Por eso el arte, al mostrar el desenvolvimiento de la voluntad de vivir mediante el funcionamiento –puesta en escena- de sus representaciones, delata el proceder de aquella. Y, a fortiori, como el creador, sobre todo de formas visuales, trabaja con representaciones –formas y figuras- la Voluntad “cree” que el artista está siendo solamente y de costumbre sometido a la voracidad de aquella. Y así la Voluntad, se distrae, se echa dormir la siesta y desatiende a la obra de arte y a su fruidor que, de entender su artificio operativo –mediante lo que Schopenhauer llama “congenialidad”-, logra así “fingir” que está como siempre sometido a ella; cuando en realidad la representación estética está develando su funcionamiento.

El arte sería entonces -se nos ocurre ahora- como un espía, sobre todo en función de doble agente, camuflado en el territorio vasto y hostil de la Voluntad.


1: “Más los que sienten por la primera vez/La juventud lozana cuando el tiempo/El semen por los miembros desenvuelve/Se les ofrecen muchos simulacros/De cualquier cuerpo en sueños mensajeros/De un hermoso rostro, fresco y agraciado/Que provocan el órgano atestado/De semilla abundante; y así como/Hubieran penetrado muchas veces/el santuario del placer, arrojan/chorros de semen que los contaminan(…) Así, pues, a quien Venus ha llagado/Ya tomando los miembros delicados/De un muchacho o haciendo que respire/Una mujer amor por todo el cuerpo/Se dirige al objeto que le hiere/(…)Porque si ausente está el objeto amado/Vienen sus simulacros a sitiarnos/Los amantes agárranse con ansia/Y juntando saliva con saliva/El aliento detienen apretando/Los labios y lo dientes, pero en vano/Porque de allí no pueden sacar nada/Ni penetrar ni hacerse un mismo cuerpo…” (Libro IV, canto XI)

Empleo la clásica versión métrica del “Abate” Marchena (1791), heresiarca español, incluido en la interminable “Historia de los  heterodoxos españoles” de Menéndez y  Pelayo.

Desde luego de estos versos hexámetros en el original, endecasílabos castellanos en la versión de Marchena, deviene el “No hay relación sexual” contemporáneo.

 

2: Libro tercero, parágrafo 49.