TRAMAS SONDABLES I / Juan E. Lagorio (primera parte)

Nos conmueven, nos llevan a lugares incómodos, nos provocan con su representación. Nos ponen a prueba, y si descubren que nuestras defensas son débiles, tomarán posesión del terreno abandonado para seguir avanzando. Así aparecen, frecuentemente, una legión, continuamente reformulada, de relatos sobre los orígenes de Occidente. Así reaccionamos frente a las falsas autoridades. Estamos inmersos en el mundo de los más pusilánimes prestigios. En nuestra hybris cotidiana y extendida, estas falsas autoridades influyen en la percepción del conocimiento. Sobre todo estimulando la confusión de grado. Alterando la proporción de aquello significante por lo contrario.

Hablamos de conocimiento, y, como en todo lo humano, existe una historia. Cuando surgió la imprenta fue algo extraordinario, cuando apareció internet lo fue aún más. Ambos, con todo aquello que sucedió en medio, difusores difusos de mundos anteriores, herramientas inestimables tanto para la especulación como para su conversión en instrumentos de acción auténticos. Con todo, la contribución al progreso ilusorio se ha venido potenciando. El concepto establecido desde entonces, y reforzado cada vez más, de que solamente el valor documental es legítimo, ha dejado de lado, siquiera experimentalmente, siglos de cultura basados en la franqueza de las tradiciones. Esto es un error del que no únicamente sufrimos hoy. Como aquel personaje de Carpenter, reímos y lloramos en la agonía y en el conocimiento total aquello que nos amenaza frente al espejo. O como aquel otro herculino en el fin del mundo, cortamos las cabezas de la hidra, sólo para descubrir a ese otro leviatán viscoso y huidizo que una vez fuimos nosotros mismos, y cuya reproducción antinatural abominamos.

Buena parte de los beneficiarios de la cultura occidental, vuelcan sus pensamientos contra esa herencia de siglos y ancestros que hicieron esa misma cultura, de la cual su civilización y sus instituciones proceden, y en las cuales viven plena aunque inseguramente. Se trata por cierto de una falta de compromiso. Ya no de ignorancia sino de una buscada etapa de acedia sólo interesada en su particular saturación de grotescas repeticiones.

Parece más cómodo echarnos a dormir sobre los exquisitos tapices entramados por nuestros antepasados que continuar sosteniendo la urdimbre. Cuando hablamos de Occidente, solemos encontrarnos con una rara y activa oposición que cuestiona el presente basándose en la falsedad de su origen. Así, si postulamos la continuidad de lo griego, lo romano y su consolidación en el catolicismo como los causantes de la civilización occidental, nos propondrán una revisión de tales orígenes con el propósito de deslegitimar esos principios. Y además nos indicarán en que consistirían los verdaderos principios de lo occidental.

Según nuestros amigos eruditos, la cultura griega no sería entonces más que una apropiación de filosofías, simbologías, artes y cultos extraídos allende sus confines. Usurpados de pueblos egipcios, sumerios, fenicios y demás civilizaciones mesopotámicas. Todo lo cual estaría en mayor escala frente a lo indoeuropeo, que no tendría el suficiente estatus de representación. Lo romano se habría basado en culturas tomadas de aquellos pueblos o bien dominados o bien relacionados mediante el comercio. La fusión de tales cuestiones y la falsificación realizada por los propios actores daría como consecuencia la implantación de una cultura exógena, cuyo nacimiento artificial se confeccionó desde el primer momento, aprovechando el poder militar y la autoridad emergente. Con lo cual, tanto los griegos como los romanos no sólo serían impostores al demandar una cultura como propia sino que además serían los culpables del desprestigio de las verdaderas fuentes del saber de occidente.

Planteado así, apoyado por descubrimientos científicos, estudios universitarios, celebérrimos libros, publicaciones, papers, costosos documentales y conferencias multimediáticas on line, debemos realizar dos llamados de atención sobre estos pretextos.

En primer lugar, la convergencia de hechos culturales ab initio, no condicionan la divergencia de una tradición cultural, que es justamente la causante del desarrollo político, civil y religioso efectivo. La tradición no tiene base falsa aun cuando pueda, debido al tiempo transcurrido, ser modificada, reducida o deformada. Su intencionalidad se mantiene intacta. El universalismo cristiano operó en este sentido, reconduciendo la individuación de los cuerpos ajenos.

En segundo lugar, volvemos a la cuestión de la confusión de grado. La proporción adecuada sobre la jerarquía de los valores es la justa capacidad para el discernimiento de los acontecimientos. Tomar la parte por el todo es un vicio moderno, la fragmentación ponderada erróneamente desvía la verdad de su medida plena.

No hace falta ser Sherlock Holmes, ni siquiera un modesto profesor de historia, para acumular un poco de evidencia cierta sobre hechos históricos y sacar algunas conclusiones. Dejando de lado la pretendida “demostración” de hipótesis realizadas por medio de estadísticas irrelevantes y diligentemente organizadas, veamos la cuestión de los conflictos de origen más en detalle.

Suele pasar que uno termina creyendo en aquello que le agrada. Puede ser una religión, una idea o un relato histórico. Nuestro erudito nos informa que existe una desconfianza casi definitiva en nuestro acercamiento al pasado, en el juicio al que podemos arribar, salvo como consecuencia de nuestros deseos y frustraciones. Su  motor inmóvil es la duda. La duda de que todo saber aprendido, conservado, debe ser criticado. Lo cual no está mal, si también sabemos que la duda cartesiana era pura honestidad intelectual. Y aún más si sabemos que antes de Descartes, estuvieron Francisco Sánchez el escéptico, Gómez Pereira y San Agustín. Entonces, sí, continuemos dudando.

Entre las dudas se cuestionan varios tópicos. Desde los sistemas políticos, las ciencias, las artes,

la religión y hasta las costumbres sociales. Se recurre generalmente al oriente próximo para justificar cada aserción. Así, si Leibniz creó el sistema  binario que hoy conocemos, se lo debe al matemático indio Pingala del siglo III A.C. Si Parménides en una sola obra funda la filosofía europea se lo debe a su iniciación en los misterios formados en Oriente. Si hemos de leer documentos históricos sepamos que la historia era un género literario más, con gran capacidad de invención y que los historiadores eran funcionarios del poder de turno, como Tucídides, Polibio, Diodoro de Sicilia o Jerónimo de Cardia; por lo que estaríamos aprendiendo sobre un pasado irreal.

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