TRAMAS SONDABLES I / Juan E. Lagorio (segunda parte)

Lo romano como paradigma, la propaganda ateniense, la exaltación espartana, la ignorancia del mundo persa, son límites impuestos para no reconocer la importancia del mundo oriental en el horizonte cultural europeo. Maratón y Termópilas han sido sobrevaloradas. Lo mismo sucedió con personalidades de la antigüedad tomadas como ejemplares que han sido idealizadas desde entonces. Y, al contrario, otras que han sido críticas de su época como Erasmo, Pico della Mirandola o Giordano Bruno, se las aparta de condición Se impone la exposición de que en Oriente existía una antigüedad más extensa, más teológica y más poética que todo el conjunto de Grecia y Roma. No existió una nación griega completa ni un imperio romano homogéneo. Los distintos intermediarios filo helenistas y pro romanos que construyeron los relatos asociados a la grandeza de Grecia y Roma, se basaron en parcialidades políticas, necesarias para sus propios fines contemporáneos. El ejemplo más taxativo sería el del Renacimiento respecto del mundo griego. De esta manera se habría constituido un saber homogéneo que provendría de contradicciones más o menos conscientes de su naturaleza inventada.

En la mayoría de estos estudios se sostiene que el caso griego no gozaba de la unidad de lengua, religión, sangre y costumbres como había escrito Heródoto, sino de una comunidad heterogénea sobre la cual Atenas, y alternativamente Esparta, intentaban sostener. Basados en interpretaciones de recientes descubrimientos arqueológicos, se argumenta la importancia que los influjos arcaicos externos, sobre todo el Egipto de los Tolomeos y los pueblos de las regiones del próximo Oriente tuvieron para la incorporación de elementos culturales primordiales a la civilización griega. Profundizando en diferentes estudios se solicitó la revisión de los conceptos de humanidad, belleza y sabiduría fuera de la hegemonía griega. Entre los muchos eruditos que sostienen estos postulados, la mayoría se especializó primero en el estudio de las culturas correspondientes a las costas del extremo este del Mediterráneo y al territorio continental que va hasta las regiones mesopotámicas occidentales. Una vez investigadas esas regiones se volcaron hacia el Mediterráneo occidental. A partir de allí comenzaron a plantear sus dudas y a establecer la autonomía del mundo oriental como el verdadero destacado en el entramado del devenir de Occidente.

El problema es que sentaron la duda basada en el criterio de autoridad, en el método de investigación respecto de documentación y estudios investigativos sobre sospechas de falsificación de hechos. Pero pocas veces contrastaron esos métodos, que son intencionales para uno y otro lado, con las representaciones extra documentales que la comunidad de testigos intra culturales ha formado en el tiempo.  A su vez, la duda va tejiendo otra trama de interpretaciones, la cual parece estar eximida de su misma crítica. Su perspectiva y modo de enfoque también contribuye a nuevos laberintos y no pocas distorsiones. Pero goza de una inmunidad anónima y floreciente. Su bibliografía es abundantísima y prominente. Sin embargo, la arqueología suele darle la razón en proporciones mayores a las tradiciones que a los documentos. El intercambio multirracial en las fronteras del Imperio Romano, arqueológicamente comprobado, fue modificando la propia estructura de su ejército. Cada vez compuesto por menos romanos. Innumerables pobladores, esclavos, mercaderes y libertos buscaban pasarse a sus filas en procura de un futuro conveniente, en una civilización que preferían.

Con todo esto dicho, volvamos una vez más a los criterios que nos parecen auténticamente valederos para confrontar estas dudas. Cuando se estudia una cultura es correcto comenzar por sus orígenes, por su proceso de formación. De esta manera se puede conocer qué influencias tuvo en sus primeras etapas. Estos cimientos, cuando comienzan a formar parte de una tradición pasan a ser  algo vivo. Esa es la parte más importante en el estudio de los orígenes. Determinar cuándo, por qué y cómo se constituyen en la raíz que traza las tramas divergentes sobre la urdimbre común.  

Por ejemplo, en el Imperio  Romano con el latín y el griego predominantes, también se hablaban otras muchas lenguas y dialectos, cuyos orígenes eran fenicios, tracios, hebreos, púnicos, berberiscos, ibéricos, celtas y muchos más. Con lo cual la vasta cultura que emergía de ese inmenso territorio con ciudades, estados y reinos, bajo un único  dominio, se veía constantemente relacionada con costumbres, usos, morales, artes y religiones con las que debía convivir. La trama debía mantener la urdimbre.

Otro: en el estudio de las diferentes lenguas que poblaban la Hélade se hace hincapié en las manifestaciones de las culturas prehelénicas, en la adopción del alfabeto de procedencia fenicia y en los distintos dialectos de la región del Egeo que precedieron a la constitución ateniense. No se analiza, sin embargo, cómo estas unidades se configuraron en otra fisonomía.  Esto es un claro indicio que se busca primero la desproporción del hecho histórico antes que su incorporación a la corriente de un estilo o una práctica establecida por generaciones.

Otro ejemplo: la destacada disposición de objetos de registro oriental en templos y santuarios griegos dedicados a Zeus o a Hera, no pretende ocultar esa factura, sino mostrar la trascendencia de su propio mundo más allá de tiempos y espacios. Lo cierto es que en toda la costa mediterránea los intercambios culturales fluyeron tanto como los comerciales, más allá de los escenarios belicistas protagonizados por griegos y extranjeros. Las influencias fueron y vinieron de un lado y del otro. Lo que la tradición nos muestra, y las distintas disciplinas apoyan, es la manera en que esos saberes se ordenaron en una estructura propia, y con un sentido determinado para crear las divergencias resultantes. No se trata entonces de negar la contribución de culturas orientales y de otras regiones a la configuración de la cultura greco-romana sino de ordenarla, de relativizarla, en el buen sentido del término. Ponerla en perspectiva y en su preciso tenor. Y esa es precisamente una de las funciones de la tradición que los estudiosos no recuerdan con frecuencia. Cuando se pretende reducir la magnitud de la cultura griega es muy probable que ni siquiera dicha magnitud esté ponderada justamente. Y cuando se lo impulsa exhibiendo lo griego o lo romano a partir de orígenes apropiados, detienen todo análisis sin ubicar el desarrollo de ese origen en la trama testamentaria.

Dos ejemplos simples: la palabra “opio” deriva del griego opion, que es el diminutivo de opós: “jugo vegetal” que es el derivado de las adormideras. El poder de esa planta  la conocían los griegos por sus intercambios culturales con los sumerios y otros pueblos orientales que las utilizaban desde hacía seis mil años. Tanto Plinio como Homero las describen, pero tanto uno, en su valor proto documental, como el otro en su relato mítico, apoyan una misma simetría del conocimiento para fijar una posición que no es para nada la de los orígenes ni medicinales ni simbólicos en su apropiación respecto de su religión. Otro: los romanos llamaron sicarius a los matadores a sueldo, a partir del latín sica, que era un puñal utilizado por los tracios y otros pueblos bárbaros del Norte. Tanto la forma del arma, como su función, asestar el golpe desde abajo abriendo el vientre, derivaron del latín secare: cortar. Los romanos tomaron el instrumento, lo reconfiguraron, lo renombraron según la raíz del sentido por lo que le dieron uso. En ambos ejemplos, el elemento en cuestión es exógeno, lo que es original es la apropiación simbólica dentro de su cultura particular.

Decíamos al principio que este tipo de críticas sobre occidente realizadas por occidentales deriva, entre otras cosas, de una falta de compromiso. Esto sucede desde siglos cuando cambió la concepción de la crítica a lo mediterráneo, con la adopción, por parte del cristianismo, de la cultura greco romana. Alteradas las interpretaciones en el mundo post-islam, pero sobre todo en el mundo post-reforma, que implicó la revisión y reconstrucción de dichas interpretaciones en busca de oposiciones fundantes. La historia de las oposiciones al cristianismo es una historia de reduccionismos. Y estos se deben a la creciente, desde entonces, crisis de compromiso. La religión fue sucesivamente reconvertida en parcialidades al uso, se tomó de las religiones orientales aquello que fuese agradable  o bien para la satisfacción personal, o bien como oposición hacia el mundo europeo. La visión cristiana del hombre caído, de su necesidad sobrenatural para la redención, la moral impuesta, el sufrimiento,  la caridad y demás obligaciones que imponían limitaciones cotidianas, fueron suplantadas por técnicas de auto-realización y su destino trascendente por versiones degradadas y convenientemente fragmentadas de aquellas otras religiones orientales que fueran soportables. La idea es acomodarse, seleccionar la práctica a medida, evitando exigencias y asegurando la autocomplacencia.

Con el paso del tiempo no sólo se fue poniendo en duda la tradición occidental, ni siquiera se tuvo el coraje de volver a un paganismo completo. Nadie se atreve a ser politeísta. Se prefiere la indolencia de la abstracción.

La religión determina la cultura. ¿Qué cultura puede producir un comportamiento  pseudo místico? Satisfacer la necesidad de lo sobrenatural, que es intrínseca  a la persona humana, sin la entrega que eso demande.
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Con la aparición del catolicismo en Europa, el mundo griego y el romano que formaron el estado de 
sus orígenes, fueron preservados. Una tradición tas colosal debe ser contemplada en todo su relieve. Esta podría ser una razón por la cual para atacar al cristianismo, se ataca su origen prominente. Pero aún más que eso, la idea surge en la diferencia de lo que el cristianismo estableció: su carácter histórico. Al ser una religión histórica su estatus referido a cualquier otro modelo anterior, sean los misterios de Eleusis, los de Mitra, los egipcios de Isis, etc., provocan una cualidad única: la verdad objetiva que proclama es real y es histórica. Ya no estamos en el terreno del mito. Y ahí comienzan problemas muy diferentes.

Llevamos más de dos mil años acumulando argumentos, razones y nuestras propias contradicciones incluidas para formar un corpus que necesariamente estamos obligados a conocer en un verdadero sentido consagratorio. Los signos de cansancio provocan el  vacío, y el vacío debe ser llenado. Si no lo hace occidente, lo hará lo no occidental, sea quien fuere. Occidente le debe su existencia a esta tradición, tanto como nosotros necesitamos de su pivot para nuestro destino.

Si Dios está en los detalles, el honorable caballero del mundo subterráneo también lo sabe. Para él la vida es el fogoneo continuo. Saber que ya no hay saber seguro, que de toda fuente puede manar agua corrupta, estimula vigorosamente lo irracional. Y alrededor de lo que fueron otrora bellos jardines, las raíces de las rosas quieren empezar a pudrirse. Tomemos entonces la pala, la azada y el rastrillo, y volvamos al grado más alto de la civilización: la conquista del terreno. Si somos buenos jardineros sabremos qué hacer. 

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