SED DE VIVIR / Melina Cherro

En los últimos días de su vida, Van Gogh pintó más cuadros que en todos sus años anteriores.
Internado en una clínica psiquiátrica, pinta un paisaje campestre, ese lleno de amarillos y azules. A un lado, un labrador. La monja que lo está atendiendo le dice –mirando primero el cuadro y luego por la ventana- : “Es hermoso. Pero el labrador es imaginario. En este campo no hay nadie.”
Vincent sigue pintando mientras le responde pacíficamente, como pocas veces en la película:
-Es un hombre cualquiera luchando bajo el sol para terminar su trabajo. Es la imagen de la muerte.
-No parece una muerte triste.
-No, no lo es, hermana. Ocurre en pleno día, con el sol inundándolo todo con una luz de oro puro.
Así en este diálogo, se cifra la película. El hombre, el pintor, intentando terminar su trabajo, antes que la muerte –a la que sabe cercana- lo alcance.
Entre la luz y la oscuridad. Recordemos. Al comienzo de la película, Vincent trabaja como pastor protestante en un pueblo en donde todos sus habitantes trabajan en una terrible mina de carbón. Allí, a 600 metros bajo tierra –en plena oscuridad y negrura-, niños, hombres y mujeres, mueren asfixiados o atrapados por derrumbes. Sufren de graves problemas de salud, y son tan pobres, que se alimentan de las míseras papas que rescatan de la negra, oscura tierra.
Entre la oscuridad y la luz, la desesperación de Vincent. Aquella traumática experiencia, esa ausencia de Dios en ese pueblo, la espalda de los Ministros que solo se preocupan por el aspecto de Vincent quién vive como mendigo, a imagen y semejanza de los pobres mineros.
Los Ministros le acusan de estar mal vestido. Vincent les dice que “aquí la gente no tiene ni con que vestirse”.
A lo largo de la película, busca desesperado esa luz. Busca pintarla, atraparla y su desesperación crece, porque siente que no lo logra. Es esa búsqueda de lo sagrado que no consigue atrapar.
Recién sobre el final, y junto a la monja, parece lograr captar algo de esa luz. Ese rayo de oro que captura con el pincel. Ese trabajo que tal vez logre terminar antes de morir. La luz, la luz es el problema. La pinta roja, azul, amarilla. Y no la encuentra. Porque siempre está lo oscuro, la noche, que acecha.
Al final, antes de morir le dice a su hermano Theo: “quiero volver a casa”. ¿A que casa se refiere? Nos preguntamos los espectadores. ¿A la terrible casa paterna, esa del padre ministro protestante también, vacía de Dios y de luz? No, a esa no. ¿A la casa de Arles, en donde pasó unos buenos primeros días y luego terribles junto a Gauguin? No, a esa tampoco.
¿A qué casa se refiere? Nos preguntamos nuevamente. Tal vez a esa que no pudo encontrar. Esa que nosotros si encontramos, gracias al otro Vincent, o mejor dicho Vincente. Gracias a Minnelli que si sabe sobre la luz, porque sus escenas, las de “Lust for life” (Sed de vivir), están iluminadas como ninguna. Y con esa luz, nos muestra a nosotros, el camino a casa.
Porque tal vez, lo que Van Gogh no pudo atrapar, no pudo entender, Minnelli lo hizo a la perfección.

Dejá un comentario