EL SABER DEL MITO / Ángel Faretta Primera parte: Sobre "el ciclo artúrico"

Los mitologemas, situaciones y personajes referidos al “ciclo artúrico”, entre ellos de manera privilegiada el referido al Santo Grial, tienen un significado central en la poética occidental. Claro que en buena medida, incluso hasta el día de hoy, su conocimiento y empleo fue y sigue siendo tarea casi exclusiva de aquella porción del mundo europeo de origen celta y luego de habla inglesa (1). Esto seguramente debido a que a partir del nudo renacentista se centró el redescubrimiento, así como el empleo de todo lo referido a lo mítico, en relación exclusiva con el mundo griego y latino. Más aún, el empleo ejemplar del término “mito”, tomado de la lengua griega, lo hizo sinónimo de ese relato del origen y de ese ordenamiento poético de un illo tempore. Pero no fue sólo con el término, también con el concepto griego de mythos, y derivados como mítico, mitológico, mitología, y demás.
Esto tuvo una modificación en la obra siempre ejemplar de Giambattista Vico, la Scienza Nuova (2) que tomara ya contacto directo con otras formas de relatos originarios y hechos producidos in illo tempore por diferentes culturas, tanto extremo occidentales o americanas, como extremo orientales.
Pero el modelo ejemplar o ya mental, epónimo, era la relación mito-mundo griego clásico y continuó siéndolo en buena medida. Influyó en esto también que para ese entonces la situación europea de Vico fuera por demás irregular. El idioma italiano ya no era la lingua franca cultural de Europa. Se estaba ya en pleno iluminismo y la propia Nápoles natal no supo siquiera dar lugar a su obra. Así el propio autor confiesa en carta a un amigo “Parece que he publicado mi libro en un desierto…” Como siempre desde ese tiempo a esta parte, sólo el enemigo fue más rápido en reconocerlo. Así la Gaceta de Leipzig lo trató sin más de “agente de los jesuitas”. Cosa que en buena medida lo era, si agente lo entendemos en términos aristotélicos de “causa agente”.
Así algo tan intraeuropeo como el ciclo artúrico o la también llamada “Materia de Bretaña” y demás, quedaron un tanto arrumbados en la tradición poética de carácter casi exclusivamente oral (es decir estrictamente tradicional) del mundo celta en su vertiente nórdica. Gales, Escocia, Irlanda, y un poco menos en la Bretaña francesa. Pero en esos lugares originarios pronto degeneró en folklore… Lo cual sirve para entender que los lugares simbólicos no son los geográficos…
El problema es que cuando en el mundo anglosajón las corrientes positivistas y materialistas del redescubrimiento libresco del mito se adueñaran del estudio de todo lo referente al tema, este material cayera en manos de reduccionistas como el escocés James Frazer y sus secuaces que tenían a mano, simplemente por cercanía territorial, el acervo del ciclo artúrico y con ello les fue escolarmente fácil perpetrar sus desmanes, reduciéndolos de manera crudamente enciclopédica a formas atrasadas o “pre lógicas” del pensamiento.
Así el ciclo artúrico y sus diferentes elementos —que luego se rebautizarían con fortuna como “mitologemas” por parte de Karl Kerényi—, no eran para esta corriente más que formas infantiles y primitivas de expresar ciclos de fertilidad y cultos agrarios de culturas atrasadas o “prehistóricas”.
Así todo era “fetichismo”, “animismo”, “magia”, “pensamiento pre-lógico” y demás ripios reduccionistas. Desde luego todo este reduccionismo apuntaba de manera directa para demostrar que el cristianismo no era más que otro episodio imaginario en estos ciclos de muerte y resurrección. Lo cual era cierto; solo que al decir ya legendario de Tolkien a C. S. Lewis: “el cristianismo es un mito que también es verdad…”
Simplemente, que todo lo mítico anterior al cristianismo eran preanuncios, pre-visiones mitopoéticas de la Encarnación. Algo ya dicho por Vico. Pero éste era un autor desconocido en el mundo de habla inglesa; como lo sigue siendo en gran parte del resto de la Europa culta; si esto quiere decir algo todavía…
Pero —y a su vez— cuando el pensamiento operativo de datos tradicionales, volviera en buena medida las cosas a su lugar, es decir a la comprensión del simbolismo metafísico de tales mitos y leyendas, estas corrientes —ejemplarmente con los trabajos de Eliade, Kerényi, et al—, continuaron con el empleo subrayado de mitologemas griegos, o se internaron en los mundos arcaicos africanos, asiáticos y oceánicos, cuyos materiales eran de reciente descubrimiento. Y así, una vez más, el ciclo mítico artúrico quedó relegado a un costado, o fue reutilizado mito-poéticamente por pintores, escritores y músicos, también de origen anglo-celta.
Es decir que mientras por un lado —y afortunadamente— el conocimiento operativo y metafísico del simbolismo mítico era recuperado en su auténtico significado, lo era volviéndose a emplear el material griego, ahora sumado al de los fascinantes y complejos mundos míticos de pueblos todavía más arcaicos —y por ende tradicionales—, como por ejemplo los extremo- orientales, los africanos y americanos precolombinos.
Nuevamente el ciclo artúrico quedó relegado a especialistas centrados en un localismo ya meramente folklórico, o pasaron sin más a ser traducidos en artes poéticas o representativas. Tales los casos más que evidentes de las obras de Richard Wagner o de William Butler Yeats, entre tantos otros.
El tema es también que tales elemento mítico-simbólicos referidos al ciclo artúrico tuvieron, y como era imaginable, sus traducciones en cuentos de hadas así como en diversas manifestaciones de las siempre mal llamadas “artes populares”. Entre ellos las rimas infantiles. Y así en el mundo de habla inglesa en general, motivos como el “Hada Morgana”, “la espada en la piedra”, “la dama del lago”; ni hablar de “la tabla redonda” o el propio rey Arturo, tuvieron una circulación extensa. Como lo fueran para el mundo latino y mediterráneo mitologemas como “el talón de Aquiles”,” el caballo de Troya”, “el canto de sirenas” y demás.
Hablamos aquí en modo histórico, puesto que no creemos que ya —tanto en una como en otra territorialidad intraeuropea— esto siga siendo parte del saber común.
Cierto, hubo un pliegue erudito anterior y temprano en el siglo pasado debido sobre todo a la difusión y hasta a la ambigua fama temprana del poema de Eliot “La tierra baldía” (The Waste Land, 1922). Debido sobre todo a las dichosas notas al pie —de las que el autor siempre trató luego de deshacerse— donde ventilaba la influencia que había tenido en la composición de su compleja obra, algunos libros de Frazer y, sobre todo, de una de sus discípulas, Jessie L. Weston.
Esto provocó una confusa hecatombe erudita donde súbitamente legos y eruditos, profanos y aficionados se lanzaron a rastrear en toda fuente que tenían a mano —la mayor parte dudosa, ya vueltas mero folklore— los elementos harto complejos para una lectura así encarada del ciclo artúrico. Ya el propio título del poema hacía referencia a “La Terre Gaste”, el yermo o bosque en ruinas en la que vivía o sobrevivía el Rey Pescador (“Fisher King”) y su relación con el Santo Grial.
El propio poeta reconocería su error al haber lanzado al vuelo, mediante referencias librescas tan dudosas, elementos mítico-simbólicos tan complejos como el ciclo artúrico. Cierto, su reconocimiento fue oblicuo, tanto en forma irónica —“las notas se habían vuelto más famosas que el poema”—, como el camino siguiente que tomara Eliot como poeta, ensayista, difusor de ideas y creyente anglo-católico.
No es sólo que “Los hombres huecos” (The Hollow Men, 1925) fuera el regreso —via poética— a la fe católica. Sino que el propio epígrafe empleado allí, “Mistah Kurtz, he died”, tomado de Heart of Darkness de Joseph Conrad, fuera el método empleado para indicarlo. Pero un método demasiado oblicuo o subjetivo para comprenderse en su toma de distancia polémica con sus lecturas e influencias anteriores…
Cuando Eliot pasara posteriormente a sus intentos de escribir para la escena obras en verso —intento tan criticado por los sectores más aparentemente opuestos—, buscó su correlato objetivo mítico en los motivos y temas de tragedias griegas que, desde luego, eran variantes de mitos de ese origen.
Es decir que por lo que fuere, Eliot repitió el esquema de reconfiguración mítica anterior. Recurriendo nuevamente a “la fuente griega” (como la llamara Simone Weil), y poniendo de costado su temprana reconfiguración de los mitologemas artúricos tomados en su gran mayoría de estudios que reducían el mito en forma de crudo positivismo y como cosas surgidas de un mentalidad pre-lógica, atrasada e infantil.

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1: esto ha sido paliado por fortuna y en buena medida debido a la labor de Carlos García Gual, Martín de Riquer, y otros autores e investigadores españoles, que han creado una muy completa Biblioteca Artúrica, editando un también más que completo glosario del ciclo artúrico, sus personajes y diferentes mitologemas en “El rey Arturo y su mundo” (ed. Alianza tres), aunque no estamos muy de acuerdo con su el subtítulo, “Diccionario de mitología artúrica”, por lo de “mitología”, que lo reduce o neutraliza un poco.
Cabe señalar también la muy completa y aún –esperemos- en marcha “Biblioteca artúrica” de editorial Siruela, como la versión -ya de autoría de clérigo- de Chrétien de Troyes de “El cuento del Grial y sus continuaciones” edición de Martín e Isabel de Riquer.

2: Su tercera versión y definitiva es de 1744.