EL SABER DEL MITO / Ángel Faretta Segunda Parte. Cuestiones saturninas

Establecer con ciertas personas qué grado de deuda tenemos con ellas, en el sentido intelectual de la palabra; deslindar lo que indudablemente hemos aprendido, de todo lo demás que las hace o las hizo como personas, es tarea ardua pero imprescindible, al menos a cierta altura de la vida. Lejanos ahora como carácter moral, como ejemplo civil o práctico, ya agotadas las posibilidades de la amistad, siguen sin embargo actuando de alguna manera en lo que somos, tal vez en lo que escribimos y hasta en porqué escribimos.
Claro está que se establece otro par doble en nuestra vida interior, y como la creativa es y seguirá siendo un plus -siquiera vicioso- de nuestra propia existencia, ese doble vínculo que mantenemos con ese o aquellos personajes de nuestro pasado, adquiere también un doble status. Es inevitable traerlo al presente y es de consuno reenviado a ese pasado de las cosas abolidas luego de ser convocado en la letra, la cita, el paso del pensamiento y en el encuadre fílmico.

No se trata aquí de mimetismo sino de duplicidad. El mimetismo es la operación que tiende, como en la propia naturaleza vegetal o animal, a cubrir el exterior con un color, gama o textura que nos aseguran un pasar inadvertido para el predador mayor, o tal vez también para el insecto o parásito molestos.

La duplicidad, el doblez, el doble vínculo, es muy otra cosa. Se trata de una formación en transe, no definitiva, algo móvil y no fijo. La propia poética ha empleado para ello la panoplia simbólica recurriendo a soportes como el espejo, la ingestión de la pócima mágica o científica, la alucinación producida por el estado febril o por la intoxicación, y hasta el pacto con fuerzas tenebrosas. Es decir que subraya -si puedo expresarme así- el carácter no fijo sino móvil, ocasional y sobre todo no buscado. Porque el mimetismo es una operación de camuflaje buscada por la criatura en peligro, pero el doble vínculo es algo que surge, que incluso asalta súbitamente a la persona singular. Algo que ésta no puede, claro está, controlar, manipular.

Así por lo general el recuerdo. En todo caso, y parafraseando a lo dicho por la poesía clásica, el primer recuerdo o imagen de recuerdo la dan no sé si aquí los dioses, pero seguramente todo el vertiginoso fundido encadenado que sigue a esa primera imagen involuntaria, corre por ese doble que habita en nosotros y que ha puesto en movimiento, mediante esa primera invocación, una catarata fantástica que es muy difícil de reenviar a ese limbo de animaciones suspendidas que esperan allí -una vez más- hasta ser convocadas.

Del mismo modo que el recuerdo, actúa a su vez una suerte de recuerdo “especializado”, que es la influencia. Puesto que aquí el maremágnum del recuerdo se ha objetivado en concretas manifestaciones troqueladas cuyos cuños y figuras aparecen o reaparecen en nuestro propio proceso de trabajo. De allí también deviene la ya clásica asociación del carácter doble con el artista que el temperamento romántico -sobre todo alemán, pero no solamente-, pusiera en significativo primer plano. Puesto que las manifestaciones de desdoblamiento o duplicidad son en la antigüedad objetivadas mediante la aparición súbita de dioses y dáimones que intervienen concretamente en las acciones humanas.

Tal el caso de Palas Atenea que se le aparece a Aquiles en el primer canto de la Ilíada, y que hasta lo toma de “la rubia cabellera” para impedirle que saque su espada contra Agamenón. Luego también en el primer canto de La Eneida -seguramente una continuidad citatoria que ya es tradición- tenemos a Venus Afrodita aparecérsele a Eneas -su hijo por otra parte- para aconsejarle qué rumbo seguir.

Ya que estamos con héroes epónimos, el episodio de la Odisea donde Ulises se ata al mástil de su nave y se enajena al oír el canto de las sirenas, puede ser un modo particular de duplicarse, así como la propia cólera de Aquiles “el peleida”, es la que da comienzo y motivo –da lugar- a toda la Ilíada.
Mucho después las metamorfosis descritas por Apuleyo en “El asno de oro”, son el “claro” producto de encantamientos mágicos y de rituales y atañen muy lateralmente a lo doble y lo dúplice. A partir del cristianismo toda duplicidad o figura que espejea frente a nosotros refiere al demonio y a sus obras, y no requiere más explicitación. Claro que esto que puede ser juzgado precipitadamente por cierto tardo romanticismo como insuficiencia o falta de interés por “lo otro”. Es tan solo la natural efervescencia vital de un momento de plenitud, como fue la “edad media”, al menos aquella parte que se inicia con el año ochocientos y Carlomagno.

Sí en los poemas más herméticos de esa época hay hadas y elfos y toda serie de criaturas “intermedias” -como bien las llamara C. S. Lewis-, digamos que están bien estratificadas en su lugar de habitación. Mientras que el doble no habita en lugar fijo alguno y tiene una labilidad domiciliaria tal, que parece recordar las propias vidas de locación de Hoffmann y de Poe; cuya larguísima enumeración de sus diferentes domicilios pareció fascinar hasta no hace mucho a tantos de sus biógrafos.

Pero el doble y Döppelganger no habita en lugar determinado ni tiene domicilio fijo. Es un vagabundo móvil siempre en marcha y siempre acechando con adivinanzas al parecer absurdas en todas las encrucijadas. Esto lo hace asimilable a ciertas características que conforman el mitologema de Cronos-Saturno expulsado del Cielo por su propio hijo y que ahora vaga por los caminos como un viejo mendigo, aunque todavía cargado de cierta lu/numinosidad, recuerdo de la edad de oro por él representada.

¿Es entonces el doble y el propio recuerdo con él emparejado, un recuerdo y chispa de la edad de oro todavía de alguna forma activa en todos nosotros?
Imaginemos que es así y que el recuerdo es la doble imagen borrosa de esa edad de oro, alguna de cuyas briznas viven o sobreviven todavía en nosotros. Los recuerdos de las personas que viven todavía en nosotros por  haber ejercido algún tiempo de influencia, el propio recuerdo y todo lo relacionado con el doble, son en diversos grados diferentes manifestaciones de esa edad de oro remota y perdida –la infancia suele ser otro topos que la ubica poéticamente-, en donde están resumidas todas las potencialidades de los que podríamos haber sido, todos los caminos que podríamos haber tomado.
Pero como es Saturno su emblema, el resultado de esta doble operación es la melancolía. Mejor: la melancolía es el estado de ánimo y el humor que acomete por ejercer periódicamente esa doble operación incontrolable. Por un lado algo nos recuerda eso que fuimos y que perdimos, y por el otro y casi simultáneamente algo nos recuerda y reafirma que es imposible recuperar tal cosa o rehabitar allí.

Tal vez ese sea el significado de la adivinanza que el Saturno errante propone a los viandantes que pasan por los caminos en encrucijada donde acecha para formularla. Porque ¿qué es una adivinanza sino el símil de una vuelta a la edad de oro donde todo es simultáneo? Y ¿qué es también una adivinanza sino el exiguo fulgor -como la luz de un fósforo- que nos ilusiona -tanto al sernos formulada como al responderla- que todo el enigma del mundo se resume en un simple responder, generalmente con un sustantivo –“el hombre”, por ejemplo- a algo formulado como fantástica teratología? Como un ser que aparece en la pregunta que se nos formula con diferentes extremidades según los momentos del día.

Así la adivinanza y el propio adivinar que -como interpretara Vico- es a-divinar entregarse, ir, sumarse a lo divino, no es más que el inusitado satori o epifanía posibles, vueltas hasta juegos de salón y charadas que siguen y persisten en nuestras vidas a-teas.

¿Será entonces la a-divinación lo contrario, o en todo caso aquello que refuta ambiguamente y doblemente a lo a-teo? Porque pareciera que sintáctica y morfológicamente ambas palabras quisieran con su primera y simple cláusula negar lo que sigue -como en a-normal-, y sin embargo no sólo en la etimología sino en la propia función verbal -a-divinar- es decir en su puesta en acción, la expresión ya se recuerda como entrega o por lo menos como un dirigirse a lo divino.

¿El recuerdo y el adivinar tienen tan sólo como similitudes las ya apuntadas? ¿Devienen ambas de un pasado que es también en parte edad de oro? ¿O podría decirse que el recuerdo tiene una firmeza…? No, quizás sea mejor decir una permanencia que la adivinanza apenas puede sostener con su lábil fugacidad de diálogo sintético  Porque qué es también la adivinanza sino el diálogo y el juego dialéctico reducido a su más mínima expresión posible.
Claro que uno y el primero de los dialogantes guarda una soberbia superioridad con el deutero dialogante, el de poseer de antemano la pregunta y la respuesta. Digamos que habita en el presente y el futuro –acertado o no- de la respuesta que pide y hasta exige, porque desde la esfinge y los diversos Tiresias y figuras oraculares que proponen enigmas en las encrucijadas hasta las charadas de salón, hay algo imperativo, mandón, tiránico en aquel que propone y formula la adivinanza. Éste tiene la soberbia de quien de alguna manera ya habita en el futuro de la respuesta, cuya forma más que ocultar desfigura. Porque se habrá visto que la fórmula de la adivinanza es una puesta en fantástico y hasta una reconstrucción monstruosa del ente por el que se interroga enigmáticamente.

El mismo Homero -nos refiere el mito- murió ya muy anciano de tristeza al no poder responder a una adivinanza que le formularon unos simples muchachos cerca del mar. Siempre el mar y siempre para los griegos esa doble relación con el mar y lo marítimo, que diera lugar a un particular nomos o toma de posesión de su tierra. Una necesidad imperiosa de estar cerca y junto al mar, pero al mismo tiempo una necesidad de navegar para volver a casa, para tocar determinados lugares terrestres pero jamás adentrarse allí.

¿No son varias de las criaturas –notablemente el cíclope- figuras de ese terror sagrado de los griegos por esa tierra profunda, esa tierra adentro que los alemanes –el pueblo más terreno de todos los europeos- llama Hinterland?
También se dice, y en ese “se dice” el mito transmutado ya en leyenda forma parte de la historia, que los griegos se dieron o se pusieron a filosofar para dar la espalda al mar mediterráneo y a la belleza de las partes que lo confirman -el Egeo, el Jónico. Ese mar tan azul y bello o la propia belleza presentificada, reflejada más que nunca en ese mar, los hizo dar la espalda mediante la filosofía, el diálogo generalmente en interiores domésticos, o ese otro símil de interior que es el locus amoenus, el recodo del camino o la zona más umbrosa del parque o del jardín.

Es una paradoja más, que en cuanto hicieran eso se volcaran a definir, escrutar y hasta razonar sobre la belleza, sea como poema, como épica, como tragedia, pero también como política, como oficio, como el mismo diálogo filosófico que era motivo de tal interrogación.