EL CINE Y LA CAVERNA / Melina Cherro

Ya sacar las entradas es la prueba del laberinto. Entrar a la página, encontrar el horario, elegir las butacas, poner una clave, poner otra clave. La pelea contra el sistema que elige por vos donde sentarte y te ofrece combos que no querés. Antes de salir, estás agotada y con la sensación de no estar segura de haber llegado siquiera al centro de la cuestión.

Y todavía no entraste a la sala, pero esa sensación de estar como atada, encadenada, con una especie de grillete colgado en alguna parte del cuerpo no muy precisa, apareció en ese momento en el que hiciste clic y no sabés muy bien, ni cuándo ni cómo, va a ser posible librarte de esa sensación.

Pero la cosa sigue. Porque no estamos verdaderamente copados hasta que no ingresamos a la sala y a media luz se enciende la pantalla.

Antes, tuviste que recorrer un sinfín de pasillos mal iluminados y decorados con carteles de futuros estrenos que prometen poco y nada porque te despiertan una sensación de déjà vu, de esto ya lo vi ¿no había algo parecido la temporada pasada? Esa es la pregunta que ronda en tu cabeza mientras te invaden las fosas nasales una serie de aromas que pretenden ser deliciosos pero que no es más que el mal aliento de comida basura, que no presenta ningún placer a las papilas gustativas pero que tiene un precio desorbitado y te lo venden en cantidades industriales. Así el azúcar, la sal y las grasas, se te meten en todos los costados de tus sentidos anestesiándote de antemano.

Mientras engullís cada bocado, entonces quedás a merced, lista para absorber todo lo que quieran venderte.

Ni siquiera en el acto privado de ir a higienizarte estás a salvo. No. Si te sentás en el inodoro, ahí frente a la puerta, tienen algo para ofrecerte. Y ni hablar de lavarte las manos y revisar si tu peinado está en orden, porque aprovechan los espejos enfrentados a un lado y otro del toilette para reproducir una y otra vez, a un costado y a otro, la imagen de la modelo perfectamente iluminada y peinada con precisión que te recuerda que eso que tenés en la cabeza jamás será perfecto. Atrapada entre los espejos, tu imagen se multiplica amplificando la imperfección y entonces tus ojos prefieren perderse en esa imagen –la misma, una sola– de la modelo que te sonríe con la satisfacción del photoshop.

Ahora sí, adentro de la sala. Con la sonrisa de la modelo que se burla de tu pelo, mareada gracias a los interminables pasillos y escaleras mecánicas que te obligaron a subir para llegar a la sala, esforzando la vista para sobreponerte a la media luz artificial y atiborrada del olor a esa comida chatarra, te sentás en la butaca. Entonces viene a tu mente ese sentimiento de falsa satisfacción: al menos le ganaste al sistema cibernético y la butaca que seleccionaste en la pantalla de la computadora, fue finalmente una buena elección. Ni muy cerca ni muy lejos, la distancia óptima para hacer el viaje. La pregunta es si habrá viaje.

Finalmente la pantalla se ilumina y allí comienza la recta final del laberinto. Mientras escuchas a tus compañeros de aventura –llámese a los de la butaca de al lado o los de la fila de atrás– deglutir los alimentos con sonidos inesperados, cuchichenado por lo bajo sobre algo que mejor no entender y sacándose fotos con los teléfonos celulares esperando salir bien en la imagen con la semipenumbra de la sala, las cadenas parecen aferrarse a esa parte de tu cuerpo que seguís sin poder definir.

Allí, en la previa, en donde solíamos ver los adelantos de las películas que vendrán y hasta alguna pieza breve que te sorprendía gratamente, ahora hay una chica rubia –extremadamente rubia– y flaca, con un pantalón muy muy corto, que te muestra sus largas y lampiñas piernas, recordándote  que sin pelos te ves mejor. Después podrás ver las caras de felicidad de niños con sonrisas maquilladas y familias perfectas que son felices gracias a un auto o a una bebida. Y te harán sentir que no estás seguro si no cuidás de tu salud con tal o cual empresa o si no sos amigo de un banco. Entre medio, como para que no olvides por qué estás allí, una sucesión de explosiones y corridas que quieren parecer algo llamado cine.

Pálidos reflejos de una realidad que está muy lejos de ser la propia, encadenados a esas butacas sin posibilidades de escapar, porque si te movés los pochoclos de la butaca de al lado salen volando por los aires, tal es el tamaño del balde que veden a la entrada.

Así la sala de proyección que se ha transformado en el centro del laberinto, es también esa caverna que nos tiene atrapados, asistiendo a ese juego de luces y sombras que deforman y transfiguran la verdad. Presos de esos ideales de compras y consumos, de imágenes que pretenden mostrarnos un mundo perfecto, esperamos casi utópicamente algún atisbo de libertad.

Y cuando finalmente la sala se pone oscura y oscura ya nuestra alma, presa en la butaca sin posible escapatoria, tal vez el milagro suceda. Podrá ser nuestra intuición o que la batalla no está perdida. Allí donde el cine empieza, con la primera imagen de la película, tal vez las cadenas se rompan y podamos salir de la caverna para poder finalmente mirar con nuestros propios ojos.

Porque si el cine es cine ya no importa el peinado de la modelo, ni las piernas depiladas, tampoco las sonrisas plásticas y las bebidas efervescentes. Ya no importan los olores y los pasillos y esas falsas escaleras. En la sala a oscuras y mediante la pantalla, se iluminan esas ideas que nos devuelven a ese estado primigenio que nos libera el alma de esas cadenas.

Porque por más que quieran atraparnos en este mundo de pochoclo y piernas blancas, si el cine hace lo suyo, hace lo que viene haciendo desde siempre, desde su origen, no pueden ganarle por más que lo intenten.

Ahora sí miramos, porque el mitologema se ha puesto en marcha nuevamente. Y al final cuando las luces se encienden, somos libres, porque ese viaje que hicimos fue sin más un rito. Ese rito de pasaje que solo es posible cuando hay cine en la pantalla.