SULLY DE CLINT EASTWOOD. SOS EL PRIMER TRABAJADOR / Diego Ezequiel Avalos

El tema central de Sully es el trabajo, centrándose en lo que podemos llamar la ética del buen trabajador. El buen trabajador es alguien que cumple con su oficio no por caridad o gusto, sino porque simplemente hace lo tiene que hacer: su trabajo.

Eastwood aprovecha esta figura para colocar a la par del piloto Sully el oficio del cineasta. Desde su mirada, su propio oficio lejos está de un ideal romántico. El cineasta es antes que nada un obrero más, solo que en el arte de contar historias.

Clint hace su trabajo. Y hacer bien el trabajo de uno es la premisa de toda la película. Cuando todos hacen lo que tienen que hacer, pilotos, ayudantes, pasajeros y rescatistas, la comunidad funciona, lográndose así lo bueno. Pero hacer bien el trabajo, en una época donde triunfa la mediocridad y la desidia, es también preguntarse por qué un trabajo bien hecho es tomado como un milagro, por qué cumplir con la responsabilidad es lo insólito, lo ilógico. Sully es una película dedicada a la buena clase trabajadora. Es el apoyo a Trump y a sus votantes más sutil y eficaz que se haya hecho. Tengamos en cuenta que el culto y preparado capitán Sully es texano, sitio donde el progresismo gusta de crear la imagen estereotipada de la basura blanca ignorante.

Sully es tan buen trabajador que no salva a la tripulación por un instinto heroico, sino porque ese es su compromiso. Y por ende, mira con buenos ojos a los que también son buenos trabajadores, como por ejemplo ese extranjero que ha ido a Estados Unidos para trabajar y sumarse al pacto. Ese extranjero, el conductor del auto particular que lo traslada, es el votante que Trump ha prometido proteger. El extranjero que no es criminal, el extranjero que, como la irlandesa familia Eastwood, ha echado raíces para hacer lo que tiene que hacer.

Por otro lado, la ética del buen trabajador no permite aprovecharse de otro trabajador. Es el motivo por el cual Sully, en el bar irlandés, no deja que le inviten el trago. Él paga su cuenta y brinda con el trago que ha inventado el cantinero bajo su nombre. No hace reclamos, no espera compensación. El cantinero ha cumplido bien su oficio, nada se deben. Por el contrario, esta misma ética es la que le hace mirar con desconfianza a la mujer encargada del hotel. Sully, que no se ha cambiado su traje aún ya sabiendo que todos sus pasajeros están vivos, no puede aceptar que la mujer le ofrezca todos los servicios del hotel solo por tratarse de él. Esa diferencia no es buena. Ella debería ofrecer el mejor hotel no solamente a los héroes del momento, sino a todo el público. Ese es su trabajo, y si lo puede hacer por uno, debería poder hacerlo por todos.

La ética del buen trabajador conlleva también orgullo por la experiencia, por lo hecho bien realizado. Por esto mismo Sully se ofende cuando su copiloto le hace burla por su página de servicios profesionales, tratándolo de embaucador: el compañero cree que la página son meras exageraciones imposibles de sostener por un solo hombre. Sully, que jamás prometería algo que no puede hacer, se molesta porque el otro no entiende que su página refleja su verdad, es decir, su empeño y seriedad en todo lo que hace. Pero este empeño y seriedad no reniega de lo humano y su pasión. Por el contrario, lo vuelve uno con el oficio. Rasgo espiritual que la junta evaluadora no tendrá en cuenta, anteponiendo otros intereses más oscuros y fallando a lo principal, a la ética laboral. Así se convierte en la verdadera y única antagonista de nuestra historia: una junta conformada por malos trabajadores.

Así como Sully cumple con lo que debía hacer, Clint también cumple con su parte. Mencionemos algunos recursos de la puesta del director para celebrar sus decisiones.

Un ejemplo clarísimo del gran pulso narrativo que posee Eastwood está demostrado en la escena de la audiencia pública que se le hace a Sully. Los personajes miran una pantalla, un “video juego” bromea el copiloto, y toda la intriga se basa en cual será el resultado de un simulacro realizado con animaciones, pilotos viejos y una evidente cabina falsa. El drama vuelve a demostrar que cuando el conflicto está bien planteado importa menos su factura que su intriga. En manos menos sabias este momento hubiera sido ridículo: el público mira a los personajes principales siendo a su vez público pasivo de una mala representación. En cambio, gracias a la brillante puesta de Eastwood, se vuelve un ejercicio de suspenso y drama.

Sully es la demostración de que un buen capitán sabe rodearse y sabe delegar. La película cuenta con un guión brillante de Todd Komarnicki, quién en poco más de 90 minutos logra unificar aventura, testimonio, catástrofe, drama judicial y melodrama. Toda su historia es además una metáfora social y política. Es la contrapartida del atentado a la Torres Gemelas. En manos malignas un avión puede hacer un desastre. En manos blancas, expertas y tradicionales, se producen hechos heroicos. Desde una perspectiva sesgada se la puede considerar una película conservadora e incluso reaccionaria, términos que a Clint nada lo movería de su posición. Entre sus incorrecciones políticas más fuertes se encuentra el personaje de la esposa de Sully. En vez de ser una ayuda para su duro tránsito, es una mujer preocupada por las hipotecas y la conveniencia de las acciones salvadoras de su marido. Esto es brillante, porque son estas características las que la vuelven un personaje vivo. Un guión más regular hubiera hecho de ella un personaje de apoyo, un mentor donde purgar las presiones. Por el contrario, acá es un personaje pleno, que quiere volver a la normalidad, que no soporta el reconocimiento, que no lo entiende y por eso se angustia y choca con su esposo. Pensar las historias desde estereotipos políticamente correctos, “la mujer librepensadora y avanzada por sobre cualquier realidad material que pretenda encarcelarla”, da como resultado legibles tratados universitarios, pero también pésimas películas. El cine necesita lo que ahora mal llamamos incorrección. En otro tiempo se le decía poesía. Además, la figura de la esposa viene a actualizar el problema del círculo íntimo del héroe. Las malas películas nos han tratado de convencer que es fácil vivir junto a un héroe. Ninguna película de Eastwood ha mentido al respecto: el héroe salva, pero también perturba para siempre a quienes lo rodean.

Otra muestra de la brillantez del guión es como se ha decidido seleccionar la información. Durante toda la película vemos el mismo aterrizaje: sea en sueños, en recuerdos, en las simulaciones e incluso mediante la reconstrucción por la caja negra. Todos esos puntos de vista, aún cuando repitan el mismo relato, aportan siempre algo nuevo: la visión de los pilotos, de los pasajeros, de los rescatistas, de los testigos del hecho. Sobre esas secuencias el suspenso y la intriga son permanentes, nunca es una repetición emotiva; es, por el contrario, una repetición en constante construcción. Sobre el mismo accidente y sus consecuencias Eastwood no tiene una visión romántica o edulcorada, sino meramente narrativa. Ante el hecho real se aleja del realismo (la solemne Capitán Phillip) o del triunfalismo vulgar (Los 33). Eastwood prefiere contar lo justo, sin ser frío, pero tampoco sentimental. Un buen ejemplo de esto es la acción de la empleada del hotel: con el abrazo que le da a Sully se nos da a entender todos los abrazos que debemos imaginar en el fuera de campo. Esta sabiduría en la construcción demuestra el oficio de un cineasta, de un verdadero constructor de relatos.

Sucede que Sully es también una reflexión final sobre la obra del director, un film tan personal como universal. La misma puesta se hace cargo de esta lectura: así se entiende ese cartel que anuncia a Gran Torino, con la cara de nuestro director marcando el camino de nuestro héroe antes de que este encuentre su epifanía. Mientras Sully se prepara para repasar su carrera en ese trote nocturno y fantástico, Clint, en paralelo, reflexiona sobre su propia obra en los finales de su vida. El repaso es claro: Sully joven y su maestro es el reconocimiento a Siegel y Leone. Sully aterrizando una primera nave es el propio reconocimiento a esa nave maldita que fue Firefox, pero también a toda película, empresas soñadas en las nubes y siempre en riesgo de estrellarse. Por último la misma película Sully es la pregunta sobre 40 años de experiencia en el medio, la incómoda posición como figura del cine, la fama como falsa salida y el trabajo bien hecho como la única opción ética.

Una buena parte de la filmografía de Eastwood es la pregunta por el héroe y su accionar (Los imperdonables, Poder absoluto, Million Dólar Baby). Otra buena parte trata sobre lo biográfico, un don distintivo y el inútil deseo de regresar al pasado (Birdie, Hoover, American sniper). Sully combina ambas, volviéndose así una de las películas más íntimas del director. Con total claridad este rasgo biográfico se presenta en la compleja y fascinante secuencia ya mencionada del solitario trote nocturno del protagonista. Aquí el talento simbólico del director vuelve a mostrarse con una fuerza que hace años no le veíamos. La secuencia coincide con el punto en que el personaje está listo para internarse en sus dudas y miedos frente a su trabajo y responsabilidades. Ha decidido recordar, reflexionar sobre su propio quehacer. Este punto de inflexión en la trama está marcado por el director con un brillante eje vertical. De la construcción de un edificio caen chispazos de una soldadora mientras la cámara acompaña con un paneo descendente. Sully pasa entre las chispas y unos taxis estacionados, con los capós abiertos, listos para ser revisados antes de continuar con sus obligaciones. Esta es la ética del autor: hacer poesía con los elementos de la historia misma, y que esos elementos, rudimentarios, se vuelvan emblema de lo alto. Pocas veces hemos visto con tanta belleza e inteligencia como el tema de una película, en este caso el trabajo representado en esos chispazos y en esos taxis, se entrecruce de manera tan perfecta con la transformación espiritual de todo héroe, marcado por el eje vertical, que es además otro guiño al Trump constructor, ya no de relatos, sino de edificios (edificios que en manos menos eficaces terminarían siendo derrumbados mediante naves descontroladas). Pero la maravilla sigue. Sully cruza un puente, emblema mítico del cambio, y su propia sombra reflejada en el humo que surge de un tacho expresa el doble que es él mismo, ese que fue, ese que está a punto de cambiar. Luego de la carrera, Sully va a un bar irlandés, adentramos aún más en la propia biografía del director. Allí, el protagonista encuentra la reflexión y más tarde la epifanía: el tiempo, en sus propias palabras. Pero esta vuelta, como toda vuelta, es amarga: se reflexiona mirando una pantalla que muestra lo que pasó y está vivo, el cine, pero también hay que soportar a los pesados de al lado que reconocen y ríen, mas fascinados con la fama que con el hecho heroico en sí mismo. Clint va a su pasado, para reflexionar sobre lo hecho, lo verdaderamente vivo, renegando de lo fatuo, del reconocimiento vacío, eso en que se ha transformado Hollywood, eso que Tarantino ha intentado hacer con los emblemas del western y el policial.

Dentro de ese mismo bar se destaca el tema general para todo relato que se hace cargo de la figura del héroe, es decir, su destino. ¿Qué fue lo que sucedió? Una casualidad tan vulgar como los parroquianos que van allí a beber cerveza. Quizás un evento de pura suerte, como bien lo representa el trébol de cuatro hojas puesto en la ventana. ¿Acaso un milagro? Sabemos que el asunto del cristianismo en general y del catolicismo en particular es uno de los temas recurrentes del director. Un asunto contradictorio a veces, polémico siempre. Clint parece pelearse con la Iglesia en cada película, pero como todo enamorado enojado, esta pelea no significa ruptura, sino distancia, provocación y perpetuo regreso. Cuando el encargado de asistir a Sully desde el aeropuerto cae en una depresión por creer que toda la tripulación ha muerto, un compañero negro ingresa a la oficina y le anuncia que se salvaron, algo que solo puede ser un milagro. Al cine de Clint, este personaje negro es el Morgan Freeman de la línea argumental del encargado. Un negro que aparece en el momento exacto para no caer en la desesperación. Pero más interesante aún es la posición gestual de este intérprete. Clint rescata un gesto tan profundo como poco comprendido. Suele suceder que al exclamarse un milagro o evento superior, el cuerpo efectúa una posición que lo remarca. Acá, cuando el actor dice “milagro”, la posición corporal es la de la cruz. Clint, como Coppola , Cameron o De Palma, bien sabe que la mejor cruz no es la que pega en la cara, sino la que invita a seguirla. Lección que el reciente cine de superhéroes poco parece comprender.

Clint, peleado con la Iglesia, pero reconociendo aún su injerencia, es capaz de pensar rasgos poéticos y trascendentes para un héroe, aunque sea en su proceso de cambio. Pero este héroe, antes de aceptar posturas como milagros, suerte o destino, se quedará con la opción del trabajo, de la misión bien cumplida pero en conjunto, y no por mero destaque personal. Esto es clave en la escena de pasillo que comparte Sully con su compañero momentos antes de la solución de la junta. La felicidad es haber hecho lo que se debía hacer, haber cumplido. Desde el director es una manera de rescatar el trabajo colectivo del cine, que no se basa solamente en la cabeza de un autor, sino de una serie de colaboradores que son tan esenciales como imprescindibles. Clint reconoce en si mismo que las naves son llevadas por un solo hombre, y que ese hombre tiene la decisión final. Pero también reconoce que sin fe y apoyo a ese hombre, todo se vendría abajo. En tiempos de mediocridad y falsa gloria, Sully y Clint se vuelven héroes porque se corren de los laureles y prefieren destacar primero lo bien hecho, segundo lo compartido. Trabajo y conjunto, esas son las joyas que nuestros héroes tímidos nos han traído luego de su largo viaje de 40 años. Esa es su herencia.

Toda misión cumplida merece un final feliz. En un momento muy divertido de Gran Torino, la niña vecina y amiga de Clint lo mira y le dice sonriente: “eres gracioso”. Clint, con un sentido del humor maravilloso para tomar en broma su propia imagen, reflexiona sobre todo su cine y responde: “nunca me han llamado gracioso”, con un rostro cercano al pronto asesinato. El final de Sully está puesto también en el lugar del chiste. No hay espacio para lo épico, para lo rimbombante. La misión ha sido cumplida, el peligro ha pasado. Los héroes se relajan, uno bromea y el otro sonríe. ¿Y por qué no? La obra está concluyendo, el trabajo se ha bien realizado. Otra vez, ¿por qué no reír? La obra es una comedia y es divina, porque al final termina bien.