TRANSFORMACIONES FRENTE A UN ESPEJO / Juan E. Lagorio

El acto de contemplar es a menudo precedido de un estado de inquietud que lo conduce. Se trata de percibir un fenómeno desde una impresión sensual que libera una privación anticipada por lo que se contempla. A todo ello llamamos expectación. En ese precioso tempo en que la contemplación busca la suspensión de la ansiedad y colmar el interés debido a lo expuesto, se resuelve puntualmente un enigma creado con un objetivo deliberado.

El encadenamiento de estos enigmas, cuya sucesión de inquietudes y resoluciones conforman la expectación, proveen, mediante un soporte, el sustrato necesario para la representación. Si toda representación es una creación simbólica, que, a su vez, se propone transmitir símbolos, los enigmas son sus mensajeros y la disposición de los mismos es su clave.

Del otro lado, la creación propende a incrementar la sensación de horror al vacío para que la expectación finalmente lo sacie.

La manera en que contemplamos, tanto el mundo como una obra producida por ese mundo, forma la mirada cultural con que ese mundo realimenta tanto la manera de contemplarse como la manera de hacerse. O también: las obras que ese mundo produce para ser contempladas, contienen la forma en que ese mundo se representa.

Lo creado en el momento de la autoría de una obra es el espejo donde ese proceso es recreado por quien la contempla y que, a su vez, cumplirá ciertos rituales preestablecidos del otro lado. A esto llamamos reflexión.

Cada enigma creado vislumbra la sombra de un absoluto. Mediante la simulación de esas sombras, lo artificioso elabora las señales para la expectación. Los rituales deben destacarse por su sencillez, por su naturalidad. Ampararse en las minucias alivia el enigma dotándolo de una mejor artesanía.

Esos rituales son como disfrazarse antes de mirarse en el espejo. Sabiendo de antemano qué hay detrás, pero intentando ignorarlo para descubrirlo de otra manera, haciendo que el espejo lo oriente, lo ordene y al mismo tiempo lo confunda hasta llegar al satisfactorio terreno de lo inescrutable. Cuando nos miramos un tiempo excesivo en un espejo comenzamos a dudar. La ligereza, bienvenida en las imágenes que se reconocen como parte de un prodigio, cumple de soporte y de guía.  Recordamos que en Mask de Bogdanovich, la imagen deformada de un objeto nos puede devolver su verdadera esencia. Como en tantas ocasiones, en el arte también podemos conocer por el absurdo. Pero necesitamos de un espejo.

A lo largo de la historia la expectación ha sufrido cambios, y éstos han modificado los reflejos: la creación de enigmas. ¿Podemos establecer algunos elementos que expliquen esta suerte de evolución? Primeramente, en lugar de evolución preferimos utilizar transformación, término más apropiado para hablar de cultura.

Entre las muchas causas que han provocado cambios en la manera de contemplar un hecho estético, el progreso de la técnica, el acceso a múltiples experiencias tanto colectivas como individuales y la reacción que todo ello activa en la cultura dominante, han impulsado una transformación en el espectador extremadamente más amplia de lo que a simple vista se advierte.

Por lo menos desde McLuhan hemos tomado conciencia de que el medio es el lugar desde el cual debemos emerger si queremos tomar cierta distancia crítica. El espectador ha estado crecientemente seducido por la fuerza arrolladora con que los medios proteica y paulatinamente lo abstraen, y como una profusa corriente sus olas lo llevan mar adentro, cada vez más lejos de tierra firme. Aprovechar el progreso de la técnica fue una de las grandes virtudes que hicieron posible la creación del cine. Ello fue posible porque en el momento de la creación existía una creciente angustia por lo que ese medio podría trascender. Si en el medio está la respuesta, ese medio es la disposición de los enigmas, su puesta en escena. La expectación bajo estos principios debe, necesariamente, matar al mensajero si pretende su aprehensión.

En el espectador, la necesidad y el deseo se confunden, la posesión y la pasión. Una buena obra es la consumación del deseo de realizar con gracia una tarea, insinuando una orientación de la mirada. Esa gracia, que no se debe despreciar, enlaza la creación con su expectación en una satisfacción mutua donde la creencia se comparte y se alimenta.

La compresión de la idea creada va creciendo y conformando aquella orientación que la superficie relevó. Como una caja de Pandora invertida, donde las ideas acuden, de regreso a su origen, los enigmas resueltos en la expectación llenan la obra como los hijos engendrados que ya con sus voluntades formadas regresan a formar el hogar.

¿Pero es el espectador un arquetipo que permanece en cada uno de nosotros desde aquellos orígenes?

¿Permanece con nosotros ese compromiso con lo creado que es una búsqueda siempre ascendente?

Si la creación anticipa a la expectación preguntándose a sí misma, ¿ante la acedia de la última habrá menguado en sus meditaciones?

La atmósfera sentimental que gobierna estados de ánimo como si fueran doctrinas irrefutables, ha provocado una curiosa y concentrada ofuscación contra todo aquello que se declare simbólico. Simplemente por el hecho de que requiere desviar la atención sobre algo que no sea el soporte recibido. A menos que se tratare de un nuevo soporte.

Como un jugador de ajedrez que debe hacer una movida pero se detiene a contemplar la belleza de las piezas del tablero. El horror al vacío se hizo ostensible, y se lo colmó con la exacerbación de un sentimiento primigenio: el asombro. El cual en lugar de ser primario ha evolucionado a primitivo. El asombro entendido como fin, no como medio. De esta manera la simplificación que se había logrado a lo largo de la cultura clásica se tornó anacrónica.

En la cultura clásica se trabajaba con una idea distinta de credibilidad. Se trataba casi exclusivamente en un soporte, que se entendía como tal y su enmascaramiento era superfluo. Contemporáneamente hay una necesidad de lograr una mayor atención desde el mismo soporte para la difusa atención del espectador. Hay una especial petición en las exposiciones para lograr que el soporte se exalte, ya que constituye buena parte de la cosa en sí. Cada vez toma mayor protagonismo la evidencia del crecimiento del soporte, que hace que el autor no pueda desembarazarse del mismo para desarrollarse más allá de lo que debería ser una excusa dada por la época.

Así como la puesta en acción de nuevos órdenes en las conductas sociales fue aceptada como una conquista, en la transformación del espectador esto se tradujo en una consentida sensación de libertad. Primaron aquellas características que a partir del progreso de las costumbres, sitúan al espectador transformando desde el contexto el acto de contemplación.

El espectador, que había pasado, emocional, mental y espiritualmente, por los primeros pasos de su niñez, y aprehendido aquello que le permitiría un rápido pasaje por la adolescencia enarbolando sus “por qué”, para hacer frente a los ritos necesarios, se vio de pronto volviendo a un mundo gobernado por un cúmulo de sensaciones dispares. En esa multitud fomentada por un automatismo inhumano, la expectación se adormece cuando parece más activa. La novedad, la obligatoria caducidad del asombro, llámese efecto especial o exaltación de una construcción que se obliga a llamar realidad, conformaron parte de ese nuevo contexto. En la base del efecto buscado, las necesidades se desarrollarán más rápidamente que las perspectivas de satisfacerlas. Esa hojarasca, que nos recuerda lo informe como en TheThing o en The Blob, nos fagocita llevándonos a un estadio anterior, a un período donde las preguntas quedan suspendidas y las pesadillas desde Carlo Collodi a Carpenter se refunden.

Cuando ya sistemáticamente se descree y aparece lo diferente, no se lo diferencia. Porque se espera que lo diferente aparezca enmarcado como tal, en un patrón simbólico exaltado. Si así fuera no podría formar parte de aquella miscelánea indiferenciada que se cree conocer.

Cuando el cine inventa el concepto de espectador de cine, su influencia se prolongaría, desde principios del siglo XX en adelante, a todo otro tipo de espectador, incluyendo al concepto de “lector” que lo precedía. A su manera, junto con la re instauración de una forma de conocer, su acercamiento a la expectación se ramificó en un amplio sentido cultural hacia otros ámbitos. Ese acercamiento se desprendió de su origen, y hoy ya no percibimos que somos espectadores de cine cuando leemos, escribimos, pintamos, escuchamos, actuamos o utilizamos los medios tecnológicos para comunicarnos. Aún en los más modestos actos de expresión estamos creando bajo esos paradigmas. Justamente brindando un solapado homenaje a la intención de cubrir tanto lo alto como lo bajo, en su afinidad por lo universal. O mejor dicho, y valga la paradoja: a cubrir lo alto desde lo bajo.

Así como una característica ofrecida por el medio puede llevar a la virtud, también puede excederse y caer en el vicio. La inmediatez no suele concordar con la concentración y la calma que busca la reflexión. Lo que en algún momento constituye una fortaleza puede desviarse hacia el debilitamiento de su propósito. La técnica avanza, siempre, y eso es bueno. Tenemos que tener en cuenta que su sentido no sea contrario a nuestra justificación en el uso.

No debemos pensar que la transformación que se ha operado en la expectación es de por sí negativa, ni exasperarnos o indignarnos por creer que se ha errado en el camino. La actitud a la que debemos aspirar es  la de poner a la expectación en una extensa mirada. Una vez vista en toda su extensión se puede comprender si en esa transformación hay un sentido, una vocación y también un signo cultural no advertido.De buena manera, James Cameron nos despejó el terreno en este aspecto.

Muchos de los elementos que ordenan la expectación están formados por signos culturales cuya contemporaneidad es impulsiva.  Tomemos uno de esos elementos. La inducción interpretativa. No es otra cosa que propaganda de quien administra porciones de voluntad que atienden diferentes fines. Sabemos que la propaganda es una continua falsificación. Sin embargo, derivados de aquellos sentidos que los publicistas impregnan, y tratando de no perder el juicio de la proporción, la vocación por la expectación puede crecer en profundidad. En este caso, si actuamos con gravedad, nuestra expectación debería soslayar este elemento por la simple humildad de su postura. A veces el elemento pernicioso que ansiamos denunciar, puede representar la magnitud de nuestra propia  soberbia. Si la expectación en la que estamos operando vocifera su estado de superioridad sobre estos elementos, debemos temer que nuestra mirada pierda la confiabilidad en favor de una comodidad que es aún más peligrosa, por su voluptuosidad y su solapada somnolencia. Si la expectación es un espejo entre espectador y creador, y todo espejo es un enigma, debemos ser ecuánimes con aquello que presumimos de dilucidar. Si la denuncia de estos elementos espurios en la expectación nos deleita, no debería ser por la opulencia de su actuación sino por lo imperceptible de su sucesión. Y aun así, ese deleite ya sería un elemento contrapuesto que no habría que desear como reflejo de aquel enigma. En su transformación, el espectador debe tender más a resistir que a imaginar. Escapar de la simplificación.  Su trabajo debe incorporar la ascesis continua con el objetivo que la expectación sólo destaque por su auténtica nobleza. Muchas veces actuamos en contra de nuestra nobleza. No pudiendo, o no queriendo, contribuir al necesario alejamiento para vernos en nuestra situación como espectadores. McLuhan: “darnos a nosotros mismos el  hilo para salir del laberinto”.

Disipada la angustia, la gratificación instantánea alegra el acto del espectador y lo dispone en amplitud de miras. El problema es cuando esta actitud no se desarrolla sino que permanece en constante nacimiento. Una degradación del asombro, de la extrañeza, que ni siquiera ya peca de pecaminosa. Para analizar estas cuestiones conviene ir con calma, apresurar conclusiones, teorías o canonizar respuestas, es una grave falta ala prudencia. Nos contentamos con abrir el panorama, esbozar algunas figuraciones y bordear el terreno para establecer sus límites.Lo extraño si se vuelve habitual para la mirada, se absorbe en un campo común y la búsqueda por lo extraño se vuelve inagotable y complaciente. Contamina el sustrato común y lo que de extraño nos servía para explicar lo que creíamos común, se va perdiendo como un sargazo más en el océano mecánico de la información.

En informática, todo es alegórico. Cuando en una base de datos no podemos hallar lo que estamos buscando se dice que hemos perdido el índice. Algo parecido padece el espectador con lo extraño, la información se acumula pero la posibilidad de hacerla emerger para su objetiva correlación queda oculta, vulgarizada y perdida, sin poder cumplir los fines de la expectación. Ahora bien, en algunos casos el espectador recuerda que también juega, y que esto puede ser un juego más, como el descubrimiento de un arquetipo, y allí se dan las condiciones de torcer la transformación y agregar un desvío que lo impulse fuera del reflejo de lo innominado.

En la transformación del espectador un concepto que se ha convenido en ignorar, y en maltratar, es el de final del camino. Curiosamente, cierta alegría pagana por el disfrute, lo lleva a permanecer en un tiempo cíclico. No llegar a puerto, es no sacar conclusiones ni buscar nuevas razones para formular expectativas. El viaje permanente, con sus virajes y destinos inciertos, evita compromisos y mantiene la noción de fiesta febril y postizo horror al vacío, aunque sin pagar el tributo del deseo invertido. El ejercicio del reposo para reparar la dualidad acción-contemplación parece haber quedado al margen de ese camino. Evitar pensar que el gozo esté ocupado por la avidez de una simulada suspensión del tiempo, es evolucionar hacia lo no productivo. Eso no es el ocio. Es tergiversar la inmovilidad. La contemplación es lo opuesto al quietismo. Y alejarse del pensamiento simbólico que bien debería propender a acompañarnos hasta el final del camino.

El espectador mira el mundo a través de la creación, que no es exactamente el mundo que se ve pero que es el necesario para ver lo que allí no está. No está mal si lo que allí no está no da respuestas, está mal si no hay preguntas. Llegar al final del camino sin preguntas no será un buen arribo, quizás por eso se lo ignore. Cada vez cuesta más homologar la idea de espectador a la de viajero, y, como es de esperar, cada vez es más fácil hacerlo con la de turista, aunque ya no accidental, nos tememos. Si algo sabemos es que no seremos ruinas milenarias.

La impaciencia es guía de interpretaciones cuando hay cada vez mayor facilidad para lo externo, cuando la manifestación de un enigma es lo suficientemente civilizado para que disimule su vacuidad. Nos quedamos embelesados con el crucigrama que ya nos entregaron a medio hacer sin notar que estamos sentados en el medio del laberinto.

Una actitud irreflexiva no hace honor al enigma. Lo efímero, que busca rápidamente saturar la liviandad, es un fruto compartido. Y ese fruto suele alardear también un orgullo que bien mirado quizás sea una pena por descubrir. Si como espectadores nuestra acriticidad se manifiesta con cierta displicencia, y con apenas el tiempo de tomarse la molestia de aparecer en escena, quizás la transformación operada nos inquiete en el nivel cuantitativo, que es, de alguna manera, lo que la época nos pide. De cualquier manera, la transformación continua y si hallamos en ella una perplejidad que nos convoque a tomarla por tal, será bienvenida como una feliz perplejidad que nos guía, quizá, hacia otra nueva, feliz y productiva transformación.

Cuando notamos cierta limitación expresiva en la expectación, voluntariamente nos obligamos a forzar el trazo grueso. Lo que es peor, a buscarlo rápidamente para poder continuar con la siguiente novedad en puerta. Hacer un juicio limitado es también suspender el juicio. ¿Y si esta suspensión, operada en la transformación de la expectación, es la piedra de toque que la cultura propone como herramienta de aprehensión? Entonces habrá que preguntarse en qué momento de la transformación cesará el proceso acumulativo para proceder a la siguiente etapa.

Mientras tanto, pasamos de Morlocks a Elois sin solución de continuidad. En la acumulación indefinida hay una idea de eternidad innata, de circularidad, de comienzos renovados, con las ansias de una esperanza un tanto trivial y cansada que es casi desesperanza, pero que mantiene la transformación andando. La ilusión de un fin lejano sostenido por inminentes principios sucesivos forma buena parte de la conservación que la transformación necesita. Se pierde el lapso que media entre principio y fin, se reduce la expectación en su desarrollo.  Se simplifica. Y todo lo que ello conlleva de ingenuidad lo suple un exterior confuso y deliberado. Las razones en ese vértigo que busca emplazarse, tienen mucho que ver con aquella suspensión del juicio, tan correcta y tan empeñada por cierta cultura. Pero también con lo ineluctablemente humano de vivir en el tiempo. Estamos en la cultura del tiempo, en el Cronos puro, y el tiempo de la expectación cae, nuevamente, bajo ese dominio. Otrora, los intentos por establecer otro tiempo, otra dimensión que estableciera una distinción atemporal para la contemplación fueron transformados en una generalidad, más mundana, a partir de la cual el acto de contemplar no es exclusivo con su tiempo, compartiendo con otras  actividades el consumo del mismo. En esto puede verse tanto una degradación del acto contemplativo como también una exaltación de la fuerza vital que lo lleva a cabo, una omnipotencia que la ha aprendido a gobernar y a darle su justa medida, aunque sea inconsolablemente volátil.

Si en algo ha imperado la transformación, es en su coherencia y en su apego por la instauración de la previsibilidad. Como corresponde a su orden causal.