EL OPA / Javier Lodeiro Ocampo RELATO (segunda parte)

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Al día siguiente desperté muy temprano. Como un autómata me dispuse a tomar la pastillita del Doctor Agüero, pero mientras llenaba el vaso con agua, mirándome en el espejo, tuve el impulso de liberarme de esa costumbre que tanto aborrecía y volví a meter la pastilla en su frasquito. Terminado el desayuno, pedí a la cocinera que llamase a Donofrio.

—Ha salido al campo —respondió la señora.

—Qué raro. ¿Dijo cuándo volvía?

—No.

Lo esperé una media hora y como no hubo novedades me decidí a caminar hasta el pueblo. Mi idea era entrevistar a los vecinos, ver cuántos estarían dispuestos a formar una comisión de apoyo para mi escuela lo antes posible. Sin embargo, pensaba en otra cosa; no conseguía sacarme de la cabeza la escena del opa. El impulso de socorrer a esa criatura desafortunada se sobreponía al proyecto pacientemente concebido de ayudar al conjunto de los niños de Esperanza. Por esto, al llegar al pueblo me dirigí directo a la verdulería.

—Buenas, ¿qué va a llevar? —preguntó el muchacho tras el mostrador.

—Un kilo de manzanas —elegí algunas frutas del cajón y las puse en la balanza.

—¿Nada más?

—Hágame el favor, dígame adónde puedo encontrar al chico discapacitado.

—¿Al qué?

—El chico discapacitado que atacaron ayer los perros, allá, en el arroyo. ¿Dónde vive?

El arroyo estaba cerca, era imposible que el verdulero no hubiese visto lo sucedido el día anterior pero el joven se quedó mirándome, como si no entendiese de qué cosa estaba hablando.

—¡El opa! —me explayé con disgusto.

—No conozco ningún opa.

—¿Me va a decir que no conoce al opa del pueblo?

—No hay ningún opa en el pueblo.

—¿Y la anciana que estaba aquí, ayer al mediodía?

La cara del verdulero se ensombreció de golpe, se puso a acomodar los atados de espinaca.

—El opa estaba con esa señora, estoy seguro —insistí.

—Esa es Doña Inés, no es asunto mío.

El verdulero agarró las monedas que yo había dejado sobre el mostrador y, sin despedirse siquiera, salió por la puerta de atrás. Más o menos la misma reacción tuvieron los demás vecinos que entrevisté. Nadie había visto jamás al opa, nadie quería oír hablar de Doña Inés. De vuelta en casa de Don Fernando, me encontré con Donofrio y le comenté mi sorpresa.

—Doña Inés tiene fama de bruja en el pueblo —explicó.

—¿No vive en Esperanza?

—Vive en el monte.

—¿Sabe adónde? Me gustaría hablarle.

Donofrio negó en silencio. Recién entonces noté que parecía muy preocupado.

—¿Le pasa algo Donofrio?

—Mis perritos. No los encuentro por ninguna parte.

—Volverán solos en algún momento, de seguro.

—Los he estado buscando desde la mañana —Donofrio me miró con una expresión que parecía traslucir desprecio. Creí que iba a agregar algo como “¿Usté qué sabe si es pueblerino?”, pero en cambio miró al piso y se tocó el ala del sombrero—. Si me disculpa —dijo—, le dejo las llaves del garage, elija el vehículo que quiera. Yo voy a hacer otra recorrida en la chata a ver si los encuentro.

Pedí que me envolvieran la comida del almuerzo y salí para el garage, que funcionaba también como gallinero. La vetusta flota de Don Fernando estaba formada por un hermoso Pontiac descapotable —sin capota y semienterrado por años de polvo— y un Ford A 1929 Phaeton, que era para mí un viejo conocido. Mi padre me había enseñado los rudimentos del automovilismo en una máquina similar, por lo que no me tomó gran esfuerzo ponerlo en marcha y largarme al camino.  Había llegado a la conclusión de que si Doña Inés vivía “en el monte”, su lugar de residencia no podía estar muy alejado de Esperanza, ya que le había sido posible ir a la verdulería a pie.

Recorrí varias huellas de tierra sin novedad. A las cinco de la tarde paré a un lado del camino y me dispuse a comer algunas de las tortas fritas que la cocinera había incluido en la vianda. Hacía calor, estaba molesto por el fracaso de mis pesquisas pero más aún por haber permitido que mi viaje filantrópico  tomase un rumbo tan inesperado. Me decidí a retomar el proyecto de la escuela ni bien volviese a casa de Don Fernando. De pronto, me pareció ver una nubecita de tierra a la derecha, tras una loma cubierta de espinos. Escuché voces. Sentí una excitación incomprensible, en pocas zancadas llegué a la cima de la loma y, medio oculto detrás de un algarrobo, vi una escena que me asqueó: en el centro de una hondonada de tierra, lisa como un playón, una banda de unos diez chicos rodeaba lo que parecía ser el cadáver ensangrentado de un gran perro. Muchos de ellos iban descalzos o vestidos a lo indio, con taparrabo, y punzaban al animal con largas vainas de tacuara. De pronto el perro se sacudió, como si intentase defenderse con las últimas fuerzas, y pude ver que se trataba de uno de los dogos de Donofrio. Los chicos soltaron una andanada de risas y redoblaron el ataque con una crueldad que me enfureció. Salí de mi escondite y les grité. Quedaron paralizados, mirándome. Ninguno de ellos tenía más de diez años. El que parecía el mayor me encaró con la caña en alto.

—¡Nosotros no lo matamos, lo encontramos así! —gritó.

—¡Ya verán cuando se entere Donofrio!

Antes de que alcanzara a pisar la hondonada los chicos ya habían desaparecido. Escuché sus gritos y risotadas mientras se alejaban corriendo por un abra, hacia el lado del pueblo. El perro estaba muerto, mutilado. Las heridas me hicieron pensar en los colmillos de un jabalí. Un rastro de sangre bajaba la cuesta del otro lado de la hondonada hasta él. Deduje que desde allí lo habían arrastrado los chicos. De pronto me pareció ver a alguien entre los arbustos sobre la hondonada. “¡La vieja!”, pensé, por Doña Inés. Otra vez, una especie de escalofrío, como una señal de alarma, me recorrió el cuerpo y sin pensarlo subí corriendo. Sin embargo, al llegar al lugar no encontré a nadie.

—Imposible —murmuré.

El viento silbaba entre los arbustos raquíticos, agitándolos. Una vieja como la que había visto en la verdulería era incapaz de haberse escabullido a la carrera. Desde la loma vi un galpón destartalado a unos quinientos metros. A pesar de su aspecto lastimoso, tuve la impresión, por la manera en que estaban tapiadas las ventanas, de que no estaba abandonado. El sol poniente refulgió por unos instantes en las chapas no del todo oxidadas. Me pareció que sus rayos alcanzaron a iluminar algo que se movía en su interior, por un agujero.

—¡Ahí está!

Apuré el paso cuesta abajo.  La puerta corrediza del galpón no tenía candado, la abrí. Adentro estaba oscuro.

—¡Hola! ¿Hay alguien? —llamé.

No hubo respuesta. Vi poleas, cintas transportadores y palancas, todo cubierto por años de polvo. Avancé con cautela entre la maquinaria hasta una esquina que parecía alguna clase de dormitorio. Me recordó algo así como un enorme nido, o el interior de la cucha de un perro. Había una pava en el suelo, una pelota de goma y una montaña de lana sucia que evidentemente hacía las veces de cama. En una esquina cubierta de hollín se amontonaban restos de leña quemada; en otra, toda clase de retazos de telas, cartones y envases descartables. Era la habitación más miserable que jamás se me hubiera ocurrido imaginar. Sentí asco y en seguida vergüenza por haber violado una intimidad tan sórdida. “Menos mal que no la encontré en casa”, me dije, pensando en la vieja. Al dar la media vuelta, sin embargo, comprobé que no esta solo: había una silueta oscura recortada contra el cielo naranja del portón. No pude evitar un respingo muy poco decoroso, y casi se me escapa un grito. Al instante comprendí que no era la vieja Inés. El extraño era muy alto y me cerraba al paso.  Permanecía tieso, con los brazos extendidos, los dedos apoyados sobre una larga mesa polvorienta como si fuera el teclado de un órgano.

—Perdón por meterme así, sin permiso… —balbuceé, mientras daba un paso al costado para evitar el rayo del sol. Rodeé una especie de sierra vertical que nos separaba y quedé fuera del haz de luz; entonces reconocí al opa. Era la primera vez que lo veía erguido, por eso antes no me había llamado la atención su altura, un poco intimidante.

—¡Así que sos vos! —dije, adelantándome—. Te estuve buscando por todas partes.

El opa se alejó unos pasos.

—No tengás miedo. No me acerco si no querés.

Por un momento, su cara perdió esa expresión brutal que me dificultaba simpatizar con él sin un pequeño esfuerzo intelectual previo. Me había reconocido.

—¿Te acordás de mí? —dije, pero no hubo respuesta.

Le pregunté su nombre y no respondió. Le pregunté la edad, que parecía cualquiera posible entre quince y treinta y cinco, pero nada dijo. Me miraba como con asombro. Seguí preguntándole cosas sólo para ver si su actitud cambiaba y lo único que noté de novedoso, tras un rato, fue que miraba una y otra vez mi mano derecha. En determinado momento me recordó esa mirada como de impotencia que ponen los perros cuando ven que sus dueños tardan en comprenderlos. El opa paseó la vista por debajo de la mesada y por entre las máquinas, buscando algo. Yo lo imité, divertido. Miré a un costado y cuando me volví, ya no estaba. Es decir, el opa estaba ahí, pero a unos cinco o seis pasos de distancia y tenía un largo fierro en la mano derecha. Sentí un vértigo. Me sentí confundido. Fue como si hubiese perdido la conciencia durante al menos dos o tres segundos, lo mínimo que le podía haber tomado al opa moverse sin que lo notara. Como un latigazo, recordé que no había tomado la pastilla del Doctor Agüero y que ese tipo de trastornos sensoriales mínimos eran la manera que tenía la psiquiatría de amonestar a sus pacientes infieles. El opa, mientras tanto, seguía mirándome cada vez más anhelante, hasta que comprendí que ese fierro, con el que ahora golpeteaba suavemente el piso adelante suyo, era una alusión al bastón de mi bisabuelo.

—¡Me estás preguntando por mi bastón! —dije, y al pobre infeliz le brillaron los ojazos—. Me lo olvidé en casa. ¿Es un bastón muy bello, verdad? Un tesoro familiar.

El opa se estremeció presa de la dicha y lanzó una risotada aguda, espantosa pero conmovedora. Levantó el fierro y lo agitó en obvia mímica de la manera en que yo había usado mi bastón para salvarlo del ataque de los dogos de Donofrio.

—Pobre criatura —dije un par de veces.

Sentí otro vértigo. Me apoyé contra la sierra vertical, molesto, no tanto por lo desagradable del mareo sino porque me impedía pensar con claridad. Se me acababa de ocurrir la idea de que la escuela que pensaba levantar en Esperanza no tenía sentido si no era capaz de serle útil a un muchacho como el que tenía en frente. De pronto, me pareció escuchar el sonido de una bocina y recobré la cordura. Efectivamente, alguien estaba azotando la bocina de su vehículo a la distancia, tal vez cerca de donde yo había dejado el Ford A. Levanté la vista para interrogar al opa pero ya no estaba, se había esfumado. Lo llamé y nada, y como los bocinazos no paraban, se me ocurrió que

los chicos podían haber vuelto para destrozar el auto de Don Fernando, en venganza por mi reprimenda.

—¡Malditos salvajes! —repetí mientras salía.

Subí la cuesta a los tumbos. Se había levantado viento y la arena azotaba por todas partes. Pasé junto al cadáver del dogo, cuya blancura resaltaba en la sombra creciente, y trepé la otra colina. Desde allí, protegiendo la vista del viento con la mano, vi el Ford A, solitario a la vera del camino como lo había dejado. Un poco más allá, otro automóvil se alejaba con las luces traseras encendidas: el Pontiac descapotable de mi huésped.

—Era Don Fernando —me dije en voz alta—. Algo ha pasado.

Bajé hasta el Ford, apurado por dar alcance a Don Fernando. Cuando abría la puerta del auto, sin embargo, una ráfaga violentísima me la arrebató, venció los goznes y comenzó a azotarla una y otra vez contra el capot. Este accidente y los remolinos de arena me pusieron tan nervioso que estuve un buen rato intentando poner en marcha el vehículo, sin éxito, hasta que cometí la torpeza de romper el bigote de arranque. Ya era casi de noche, el cielo se había cubierto de nubes y no había luna, la temperatura había descendido varios grados en pocos minutos. Temí que se avecinara una tormenta. Sabía que lo más prudente era esperar en el auto, pero más pudieron la intriga por la presencia de Don Fernando y el temor a pasar la noche en ese paraje alejado. Sabía que siguiendo la huella en la misma dirección que había tomado el Pontiac tarde o temprano llegaría a la estancia, por lo que decidí volver a pie.

Caminé algo más de una hora en la oscuridad más completa, vapuleado por el viento incansable. Según mis cálculos la estancia no podía estar lejos, pero me tomó otra hora de sufrimientos llegar a ver una luz que me guió hasta la tranquera y luego a la casona. Era la luz del garage, cuya puerta  había quedado abierta y golpeaba contra su marco, a merced del viento. El Pontiac no estaba, tampoco la chata de Donofrio. Entré a la cocina y llamé; como nadie contestó y yo estaba exhausto, me arrastré hasta la habitación de huéspedes y me derrumbé en la cama.

Por la mañana me despertaron voces desconocidas que venían del comedor.

—¡Pero si es usted, gracias a Dios! —me recibió Don Fernando—. ¿Adónde pasó la noche?

Don Fernando tenía la cara demacrada y su saco estaba completamente arrugado.

—¿Qué ha pasado? —contesté, mirando a los dos policías que tomaban café junto a él.

—Algo terrible —empezó Don Fernando.

—¿Cuándo vio a Donofrio por última vez? —lo interrumpió uno de los agentes, dirigiéndose a mí.

—¿Perdón?

—¿Adónde pasó usted la noche? —insistió el otro, y esta segunda falta de cortesía me molestó.

—Primero que nada, buenos días —respondí, y me presenté. Los policías dijeron llamarse Gómez y Bonelli—. Pasé la noche en mi cama, en el cuarto de huéspedes —declaré—. ¿Por qué?

—Durmió vestido —aseveró el agente Gómez.

Recién entonces advertí mi aspecto deplorable y relaté mis peripecias de la noche anterior.

—¿Me van a decir ahora qué pasó? —pregunté.

—Donofrio está muerto —explicó Don Fernando—. Como no aparecía, ayer por la tarde salí a buscarlo al campo. Di vueltas hasta el atardecer pero no lo encontré. Cuando regresaba a la casa vi el Ford A al costado del camino y empecé a llamarlo a bocinazos, pensando que podía ser él quien lo había sacado a pasear. No sabía que Donofrio le había dado a usted ese coche.

—¿Donofrio, muerto?

—Lo encontramos esta madrugada camino a la calera —precisó el agente Bonelli.

La mención de ese lugar, la calera, me hizo recordar la visión del anfiteatro dantesco aparecido a un lado del camino como un espejismo súbito el día que llegué a Esperanza, la nubecita del tren en el horizonte y la manera extremadamente sutil en que Donofrio había insinuado que, aunque se trataba de un tren de carga, Don Fernando exageraba al creer que no era digno de transportar desde Bahía Blanca a sus invitados.

—¿Cuándo dijo usted que vio por última vez a Donofrio? —insistió el agente Gómez.

—No se lo dije, se lo digo ahora —respondí—. Lo vi antes del mediodía, en la cocina. Estaba muy afligido porque no encontraba a sus perros. Dijo que saldría al campo a buscarlos en la chata, por eso me ofreció el Ford.

—En la chata lo encontramos —detalló Bonelli—. Estaba apoyado contra el volante con la cabeza deshecha.

—Pero es una locura —con un escalofrío, recordé la mirada angustiada del pobre Donofrio al despedirse—. ¿Quién querría hacer semejante cosa? ¿No habrá sido un accidente?

—La chata estaba intacta, estacionada al costadito de la huella.

—Alguien le machacó la cabeza —explicó Gómez.

—¡No hable así, Gómez! —se ofuscó Don Fernando—. ¡Haga el favor!

—¿Tienen algún indicio, algún sospechoso?

—Sólo el cuerpo del occiso —dijo Bonelli.

—Gómez y Bonelli son la única policía en Esperanza —explicó Don Fernando, mientras se restregaba la frente—. Trajeron el cadáver para conservarlo en la cámara del galpón.

—Hasta mañana, que llega el forense —agregó Gómez—. Los refuerzos de Bahía Blanca ya están en camino.

—¿Puedo ayudar en algo mientras tanto? —pregunté.

—Llévenos a donde encontró el dogo muerto —dijo Bonelli—, tal vez haya algún rastro.

—De paso le echamos una visita “al opa” del que usted habla —agregó Gómez, con una entonación que me pareció irónica hacia el final de la frase.

Hicimos el trayecto en el vehículo de la policía, una especie de gallinero destartalado montado precariamente sobre el chasis de un modelo T. A mi me tocó ir en el piso de madera de la caja. Mientras saltaba con los pozos del camino, me preguntaba si la sorna del agente Gómez por lo del opa se debería a que le había llegado la noticia de mis pesquisas entre los vecinos de Esperanza. Al fin nos detuvimos junto al Ford abandonado y los guié colina arriba con apuro. Para mi consternación, el dogo no estaba.

—¡Se lo habrán llevado los chicos! —grité indignado.

No me preocupaba el perro en sí; de pronto se me había ocurrido que bien podrían culpar al pobre opa por su muerte. Y después de eso, ¿de qué más no lo culparían? El hilo siempre se corta por lo más fino.

—¿Y su opa no habrá tenido nada que ver? —sugirió el agente Gómez, endureciendo la mirada.

“Sin un olfato como ese es imposible ser un vigilante”, pensé, y sentí un vértigo.

—¿Se siente bien? —Don Fernando me tomó del antebrazo.

—No es nada —dije, y miré a Gómez—. No veo por qué una cosa debería estar relacionada con la otra.

—Porque usted dijo que el galpón del opa estaba cerca —me respondió Bonelli—. Llévenos hasta allí, por favor.

Obedecí. La puerta del galpón había quedado abierta tal como la había dejado el día anterior. La tormenta de viento había agregado una nueva capa de tierra sobre las viejas máquinas. Salvo eso, todo estaba tal cual lo recordaba.

—¿El galpón es suyo, Don Fernando? —preguntó Bonelli.

—Era el aserradero de Smith —dijo Don Fernando—. Lleva cincuenta años abandonado. Un camino iba de aquí a la calera pero debe haberse borrado tiempo atrás.

—No se ve una sola pisada —informó Gómez, quien, como yo, revisaba el piso del galpón.

—Las borró el viento —dije—, pero mire esas cosas, en la esquina. Es obvio que aquí vive alguien.

—¿Eso? —Bonelli, mientras pateaba la pelota de goma, señaló la pava, la montaña de lana y la basura.

Preferí tragarme la respuesta. La verdad era que esa misma esquina que antes me había parecido una tapera, miserable pero aún habitada, ahora daba la impresión de llevar años sin uso. Y la única diferencia era la nueva capa de tierra que la tormenta había agregado durante la noche.

—¿A qué hora fue que estuvo usted aquí, ayer? —me preguntó Bonelli.

—No vi el reloj, pero fue a la puesta del sol.

—Yo vi el Ford al lado del camino a eso de las siete y media —intervino Don Fernando—. Toqué la bocina unos minutos y como nadie aparecía, me fui antes de las ocho.

—Entonces estuve aquí entre las siete y las ocho —declaré.

—Estamos todos muy cansados —dijo Don Fernando—. Volvamos, y que se ocupen los peritos cuando lleguen de Bahía.

Finaliza en el próximo número…