DIARIO DE MI LECTURA DE DRACULA DE BRAM STOKER / Melina Cherro

Jueves 16 de marzo.

Es la primera vez que leo la novela, pero desde el comienzo hay detalles en el relato que toman un cuerpo y una preponderancia en cuanto a la construcción del relato y su universo que son para destacar, teniendo en cuenta que conozco la historia del vampiro a través de sus distintas versiones cinematográficas.

Ya en la primera página aparece el tema de la sed. Es Jonathan Harker el que escribe y cuenta de su cena. Está de viaje y se ha hospedado en un hotel en la zona de los Cárpatos, ha comido un pollo muy condimentado con páprika.  Esa cena deliciosa le produce mucha sed y no hay agua que logre apaciguarla.

Es esa sed del vampiro que desde el inicio aparece como tema. Algo que surge de manera orgánica al relato –la sed producida por una comida muy condimentada en un país extraño y exótico– se convierte lentamente en otra cosa. Sospecho que será simetría y luego símbolo.

La sed trae consigo una noche de sueños inquietos, con perros que aúllan y pesadillas que atormentan. Aquí también otro elemento anticipatorio. El vampiro sacia su sed mientras sus víctimas duermen. La noche, el sueño, es el tiempo del vampiro.

Aparece también y desde la mirada de Jonathan el tema del doble. Uno de los mitologemas que, entiendo yo, es central en la novela.  Viajando en tren disfruta mirando por la ventanilla el paisaje y a los lugareños. Describe características y cosas que llaman su atención y dice: “Las mujeres parecían muy hermosas, excepto cuando se las veía de cerca, pero tenían cinturas poco delicadas”. Aquí introduce entonces muchas cosas con solo una frase. Por un lado la cuestión de la mirada y de lo que el ojo ve. Nada es lo que parece o eso que parece una cosa, puede ser en realidad otra. Recordemos que está en viaje rumbo al castillo de Drácula a quién considera un hombre culto, un caballero, su cliente. Drácula es todo eso, pero también es otra cosa.

Introduce además el problema del doble en la mujer, tema central que aparece en esta época –la novela es de 1897– y que es producto de ese lugar incómodo en el que queda la mujer una vez que se produce la Revolución Industrial. Tema que el cine tratará directamente. Y que entiendo en la novela aparece de varias maneras, centradas aquí en los personajes de Mina y Lucy.

Jonathan apunta en su diario, sobre la comida pone “nota: pedir la receta para Mina”; sobre las apariciones de supersticiones y leyendas “nota: preguntarle a Drácula”. Son dos tipos de notas, para dos personajes. De esta manera ya está vinculando a Drácula y a Mina, sin saberlo y también como parte este mitologema del doble.

Finalmente, la cuestión del viaje y el paisaje. En la medida que Jonathan avanza en su viaje, el paisaje va cobrando preponderancia. Pasa de las ciudades europeas a paisajes naturales imponentes que generan un clima en donde lo humano se empequeñece. La naturaleza se transforma a cada paso y lo que de día es amistoso y bello, de noche es hostil y aterrador. Las piedras, las montañas y los árboles de pronto tienen formas “dentadas”. La imagen de dientes y colmillos en esos paisajes ya adelantan esos otros dientes. Y nos arman ese pasaje a lo fantástico, porque este relato que empieza como diario de viaje, se tornará rápidamente hacia el relato fantástico, sostenido por todos estos elementos.

El contraste además de Jonathan que es inglés, protestante y puritano y que se encuentra con las tradiciones religiosas católicas, con las supersticiones y rituales de los habitantes de esta tierra.  Acá ya lo fantástico se cuela por todos los rincones y no hay dudas de que el viaje es hacia lo desconocido, hacia el otro lado o hacia el otro mundo.

El rojo del condimento, el azul de un fuego extraño que aparece en medio de la montaña, el blanco de la nieve. Ahí la tríada de colores que son la base del simbolismo alquímico. Los lobos que aúllan en la oscuridad y callan bajo la luz de la luna. El carruaje que pasa siempre por el mismo lugar, el sueño que se repite. El final del capítulo es ya fantástico puro.

 

Viernes 17 de Marzo.

El placer de leer y comprobar que las simetrías se cumplen, es hacer el recorrido que Bram Stoker propone. Cumple con las expectativas, pero también sorprende y eso es lo que hace que, a pesar de conocer la historia y saber lo que va a pasar, no pueda dejar de leerla.

Los dientes y la mirada.

Dientes; en el capítulo 1 el paisaje es un paisaje dentado; piedras, árboles y montañas configuran la imagen de una boca llena de colmillos. En el capítulo 2 es en la boca del Conde en donde ese paisaje se encarna. Jonathan ve detrás de unos delgados labios rojos que se tensan en una sonrisa macabra, unos largos dientes, colmillos puntiagudos que lo inquietan y preocupan. No hubo mordida aún y sospecho que se hará demorar.

Mirada; en el capítulo 1 Jonathan miraba a unas mujeres que de lejos parecían hermosas, pero de cerca eran feas y medio deformes. Aquí son las peludas manos del Conde las que engañan. A primera vista son manos finas y delicadas, pero al mirarlas con detenimiento se transforman en manos cortas y toscas, peludas y con uñas puntiagudas. Hacen acordar a los lobos que aúllan alrededor del castillo.

Tal vez el momento crucial respecto a la mirada, que se va preparando con todo lo anterior, es cuando Drácula le advierte a Jonathan que puede andar libremente por el castillo, pero no puede entrar a aquellas habitaciones cuyas puertas estén cerradas –luego veremos que son muchas–, y su advertencia cierra así: “Hay ciertas razones para que las cosas sean como son, y si usted las ve como las ven mis ojos y las conoce a través de mí, tal vez las entienda mejor”.

Entonces la cuestión de la mirada vuelve a expandirse. Es la mirada del vampiro, es mirar el mundo como lo mira él. Ver a través de sus ojos. Esta es la verdadera vampirización. Es lo que te hace Drácula, te hace ver el mundo a través de sus ojos. Me pregunto cuál de las dos miradas, si la de Jonathan –joven abogado, puritano, escéptico, positivista– o la de Drácula –conocedor de la oscuridad y de la muerte, de la noche, de lo animal y de lo oculto– será la mirada que finalmente predomine. Me pregunto si son opuestas o si no son más que las dos caras de lo mismo. Que una conduce a la otra.

Y entonces de vuelta el doble. Y el doble es el espejo. Detalles y espejos en el capítulo 2. Drácula juega con Jonathan, le pide ayuda para mejorar su inglés ya que prontamente se mudará a Londres gracias al castillo que Jonathan le ha conseguido allí. Y entonces Drácula le dice: “Cuando llegue allí estaré solo y mi amigo Harker Jonathan no estará a mi lado para… no, perdón he seguido la costumbre de mi país de poner el patronímico al principio, mi amigo Jonathan Harker no estará ahí para corregirme y ayudarme”. Esto es perfecto, porque en la inversión del orden del nombre está todo. El espejo, el doble, el ver el mundo como lo ve el Conde.

Unos cuantos párrafos más adelante Jonathan se afeita frente a su pequeño espejo de mano, porque en el castillo no hay espejos. Y ahí, horrorizado, descubre que el Conde no se refleja. No tiene otro del otro lado. Tal vez es porque el castillo y el Conde son el otro lado.

Drácula está vampirizando a Jonathan, pero como dije, hasta ahora no lo ha mordido. Lo lleva primero hacia una vida nocturna, para que duerma de día. Cosa que Jonathan siente “la vida nocturna me está afectando”, dice. Y sobre todo, le habla; Drácula habla y fascina y atemoriza a Jonathan. Está siendo copado por el Conde a través de sus palabras, sus relatos, sus movimientos, su sonrisa peligrosamente dentada, y su mirada.

Al final del capítulo, Jonathan entiende que está atrapado por Drácula y que no puede salir del castillo. Yo estoy atrapada por Stoker que no me deja salir de la novela.

 

Miércoles 22 de Marzo.

Sobre los colores, ya sabemos. El blanco, el rojo y el azul oscuro o negro. Drácula recibe a Jonathan vestido de negro. Mina escucha la leyenda de una mujer fantasmal que se asoma a la ventana de un lejano castillo, vestida de blanco.

Y el rojo sangre que va tiñendo la novela poco a poco.

Es la trilogía del simbolismo alquímico que recorre el relato y que nos va llevando hacia un estado de transformación del alma. Porque leer la novela es como un rito de iniciación. Sentir miedo y a la vez, no poder dejar de leer. Saber que cada vez va a ser peor, porque todo se va volviendo de a poco más aterrador y sin embargo estar segura de que, si llego al final, saldré airosa de la prueba.

Y así como son tres los colores, son tres las mujeres vampiro que tienen a su merced la vida de Jonathan Harker. Esas mujeres que habitan la zona prohibida del castillo del Conde y que en la imaginación del puritano Jonathan son mujeres sumisas y enamoradas que esperan, bordando y cosiendo, la vuelta de su gentil caballero que está batallando contra los moros.

Esas tres mujeres son otra cosa. Son mujeres demonio que excitan el placer sexual que Jonathan reprime, y mientras vive el terror y el placer, se dice a sí mismo, a modo de consuelo, “Mina es otra cosa”.

Mientras tanto, del otro lado del mundo, la sensual Lucy es seducida y seduce a tres gentiles caballeros, tres amigos que se disputan con respeto el amor de la bella dama. ¿Quién vampiriza a quién en esta parte de la trama?

Y todo se resume finalmente al juego espejado entre las dos amigas que serán de una forma u otra cautivadas por Drácula. “Mina es otra cosa”, dice Jonathan. Tal vez Mina sea la síntesis de las dos. Tal vez la iniciación sea entender que al final del recorrido Mina no podrá ser esa esposa fiel que Jonathan espera, pero tampoco esa mujer vampiro que mira con los ojos del Conde.

Finalmente los ríos.  El paisaje está presente todo el tiempo ante los ojos de los personajes. Las vistas son sublimes, perfectas y omnipotentes. Están allí para ser vistas desde arriba, desde las torres del castillo o desde los pilares de un puente, esos ejes verticales construidos por el hombre que intentan dominar esa naturaleza ingobernable. Y allí, desde arriba o a un costado, corren las aguas febriles de los ríos, que son simétricas con los ríos de sangre que corren por la comisura de la boca de Drácula cuando Jonathan lo descubre dormido en su ataúd.

Así es que las simetrías se van organizando, y en ese recorrido la experiencia de lectura se transforma en otra cosa, la cuestión es atravesar el miedo para llegar al final y poder completar las simetrías con el Alma en plena transformación. Tal vez mirar finalmente con los mismos ojos que mirará Mina.

 

Domingo 26 de Marzo.

En la primera parte de la novela, cuando Jonathan está con el Conde en el castillo, observa sus manos; esas manos que –como ya lo había mencionado antes– a primera vista le parecen largas y delicadas, pero en una segunda y atenta mirada parecen las manos de un hombre-animal.

Las manos siguen su curso en la novela, y es así porque son esas manos, las de Drácula, que se ciñen sobre Inglaterra cuando el barco que lo transporta se acerca oscuramente hasta sus costas.

Manos que aparecen de varias formas. Manos viejas y arrugadas que se unen a las de Mina en el cementerio. Son las del centenario  Swales, que se despide de Mina sabiendo que llega su final. Ese viejo que pasea por el cementerio y les cuenta a las amigas –que disfrutan de la vista que se observa desde las altas tierras del camposanto– historias de muertos que vuelven a visitar a sus seres queridos. Ese viejo que cuando aparece, es simétrico, especular al Conde. Porque en su forma, en su andar, y en su modo de hablar se parecen.

El paisaje se torna aterrador y tormentoso, el mar gris oscuro, el cielo poblado de nubes negras. Es Drácula que llega en su solitario barco. Mina no lo sabe, pero sin embargo hay algo que entiende. Mira desde arriba –desde ese banco que es su preferido, ubicado en el cementerio– como el paisaje de pronto se transforma, y piensa: “Debo tratar de observar y de aprender los signos del tiempo”.  Entiende que ese tiempo gris, ese tiempo tormentoso le está diciendo algo, pero no alcanza a comprender qué es eso que quiere decirle. Y si ella no lo sabe, nosotros sí, porque lo que ve es cómo se forman unos “bancos de arena en la playa que parecen largos dedos grises”. Esos dedos que parecen agarrarlo todo, salirse del oscuro barco y atrapar a la ciudad, a los personajes y a los lectores, para no dejarlos ir a ningún lugar.

“Las frías manos de la muerte”. Así dice el periodista que relata el extraño hecho del misterioso barco ruso que en medio de la tormenta encalla en las costas inglesas.  Garras de la muerte, le dice el viejo a Mina.  Las manos del Capitán del barco, que frente a la extraña desaparición de su tripulación, se las ata al timón, porque el Capitán no puede abandonar el barco, pero puede morir atado a él. Atado por sus manos.

El barco, la nave. Ese otro símbolo de la tradición simbólica alquímica que funciona aquí como hornillo invertido. Porque en vez de dar lugar a una transmutación, o a una iniciación positiva, da lugar a una iniciación negativa. A la muerte. Es la llegada del mal, de la tierra oscura de Transilvania. Tal vez sea posible que ese barco, esa nave llena de oscuridad, pueda dar como resultado una iniciación positiva, un cambio de estadio. Para saberlo, tomar coraje, y seguir adelante.

La fría mano de la muerte, las garras de los muertos, los largos dedos del Conde. Y la mano del hombre nada puede hacer.

¿Por qué? Porque Mina no logra entender –al menos por ahora– la forma del tiempo, del clima. Porque el periodista mira el tormentoso paisaje, –ese que trae a Drácula o ¿es Drácula el que transforma el paisaje?– y solo atina a decir que la magnificencia del paisaje dará como resultado que una serie de artistas pintarán con sus manos una serie de obras que las titularán “Preludio para una gran tormenta” y que estarán expuestas al mes siguiente en la Royal Academy.

Si el arte es para el museo, entonces es algo petrificado, que ya no cumple su función. Porque si el arte es arte, nos conecta con algo que va más allá de eso que está representado. Es el hecho estético, es un estado del alma.

Si los cuadros fueran pintados para entender mejor al mundo, probablemente el Conde no hubiera llegado a las costas inglesas. Porque el arte advierte, anuncia, nos hace ver y nos prepara. Pero para eso, el arte tiene que estar vivo y no debe ser colgado en la pared de un museo. El arte debe hacernos temblar, ese temblor que es el miedo de saber que sabemos que las manos de Drácula están llegando y que ellos no lo entienden y sufrirán las consecuencias.