LECCIÓN NRO. 1 / Juan Esteban Lagorio

Una nueva invención, sea ésta arte, lenguaje o técnica que se agrega al mundo, surge de una ansiedad de superación que aspira a ser saciada. Una tendencia hacia un fin determinado que propone el recorrido por el que esa nueva forma circula. Orientado por la premura de la diferenciación, la invención suele considerar que su meta es lo irrepetible, aquello que aún no ha sido, cuando debería ser lo trascendente, que tienen menos de exclusivo que de indisoluble.

Para ello, el camino contiene en su marcha, la tentación del desapego, que es signo de supervivencia, sin envilecerse en los sentimientos que lo causen. En toda invención hay un afecto que determina hasta qué punto el agregado a ese mundo se ciñe a un objetivo: “el rayo de sol no está ni alegre ni triste” (Unamuno), Hay una afinidad entre el camino explorado y la mirada del artífice hacia el horizonte que busca. Pero donde la confluencia de ambas perspectivas no pone en movimiento, afirmando o corrigiendo, esa tendencia; donde los artículos recolectados en el camino no forman más que un exceso del turismo cultural, cuya mochila nos oprime, allí, entonces, correremos el riesgo de creer que el origen y su sucesión no componen una imagen que completar.  Al mismo tiempo, todo agregado a ese mundo plantea también un estado incognoscible,un límite no resuelto. Reconocer ese estado es la pista necesaria y firme para definir la próxima hipótesis.

Ahora bien, ¿qué sucede si no reconocemos esos principios como genuinos?  Cuando preferimos buscar impresiones en lugar de limitarnos a la correspondencia con otros vínculos pre-existentes, ¿actuamos con verdadera libertad tanto al afirmar una tradición como al confrontarla? Es posible que la respuesta no sea tan simple, porque para verdades hay, también, arbitrariedades. Pero, simplificando, sin caer en lo sentencioso, por lo menos conjeturamos que de alguna manera, no rescatar esa cadena de estados que nos antecedió es dar mucha ventaja. Y, sin embargo, nuestra naturaleza suele aspirar a esa jactancia. Podemos acumular saberes que nos precedieron sin poder interpretarlos ni asimilarlos, o, lo cual es aún más inquietante, directamente ignorarlos. De esta manera las novedades incrementan su importancia en cuanto se satisfacen con su sola espontaneidad. Es tradición, que las culturas sistematizan formas anteriores, con la conciencia de que ello es así. La conciencia justifica.

Si pudiésemos soslayar esa conciencia en el sentido de generar una no-conciencia implícita, o aún mejor, una conciencia parcial y dirigida que justifique dicha espontaneidad, podríamos emprender cada camino como si fuese único. Este estado de situación es coincidente con ciertos aspectos contemporáneos. Si todo termina en un libro, o con el cine, en un film, hoy, todo existe para ser registrado, aunque no sea un film. O, dicho de otra manera, toda existencia debe su naturaleza al registro que la soporta. Ese registro, que no es afín a lo ilusorio, vive de su puesta en duda, de su autenticidad como tal. allí acaba su historial de creación, recreación y reproducción. Un trayecto corto, efímero y ubicuo, que desemboca en su propia aprehensión.

Pero, en algún momento, necesitamos de aquel trayecto tanto para comprometernos como para llegar más lejos. En el hecho de plantear una averiguación por el significado profundo de aquellas pre-existencias, habilita la herencia histórica, la validez de su crítica, el renacer de su simbología y la consideración de su medida. En caso contrario, podría degradarse la ansiedad en vehículo hacia un nihilismo, que no reconocería formas donde apoyarse. Estaríamos como “el infeliz que aún no conoce su culpa” (Papini), y si ese estado fuese colectivo, su apetito sería voraz. Nos cuesta asumir que compartimos más de lo que quisiéramos con esas cuestiones. Asumamos, entonces, esa culpa cada vez que dudemos en estos nuevos planteos e intentemos reconocerla para purgarla. Muchas veces, en el mundo que nos rodea, hay una segunda naturaleza que nos incita a perder el sentido metafórico de nuestros actos. De hecho, lo tienen. Es impensable que, dada la finitud de las experiencias sensibles, la realidad, la verdadera salvación de esa finitud, no nos imponga el pensamiento metafórico. Y sin embargo, la ansiedad está reconducida, en términos estructurales, donde la desmesura es la constante de proporcionalidad, donde la voluntad absoluta pugna por la supresión de las ambigüedades significativas. Ese énfasis por el desvelamiento, por la summa publicitaria, coincide también con modernos regodeos de la aporía y del nonsense, como imágenes encontradas en un espejo.Lo que en otros ámbitos sería, sin más, enmascarar su propia condena, vuelve consistente el resultado con el que mayoritariamente se especula. Nos contentamos, concediendo un estigmaal desconsuelo, con armar el puzzle sabiendo que nos faltan piezas.

Luego, el saber parcial no es sinónimo de camino por recorrer sino de especulación sobre lo total, o simplemente aspiración a lo fragmentario como suficiencia. Ya lo parcial es la medida de todas las cosas. Tal esquema de contradicciones, de caminos abiertos y desvíos errados, nos hace comprender que este es el estado posible en las actuales condiciones. Este es nuestro terreno, nuestro “aquí y ahora”, quizás sus razones nos resulten irrelevantes, sus valores, ajenos, su hegemonía amenazante. Y no debiéramos ver ese terreno como menos fértil que otros pasados, sino lo contrario.

¿O acaso, hacia finales del siglo XIX, no sucedía algo similar?

Por ejemplo cuando se inventa el cine a principios del siglo XX, se lo hace en solitario, a contra corriente. Pero con la capacidad de heredar, en el sentido de que esos creadores, Griffith y compañía, conducen la técnica a que sea una cosa, y sólo una, separándose del resto de las corrientes innovadoras. Sabiendo, además, que a ese resto no le quedará más remedio que reconocer dicha dirección y sentido, al igual que su descifre. Esa cosa es el unique engine, una raíz industrial en tierras trágicas, de la cual partirá un desprendimiento fundacional, cuyas ramas serán posibilidades diversas de un solo tronco. En esa raíz, que es orgánica y artificial, está la esencia de lo que es y será: un resumen continuo. Inclusive de sí mismo.

Esa invención se basa, desde sus inicios, en que antes existió algo. Podemos ver que, más que en cualquier otro arte, la realidad nunca estuvo tan cerca de lo ilusorio, inclusive en la conquista inédita de la validez de la reproducción sobre un original que existe prácticamente en un plano mítico. La novedad fue la imposición de la apariencia desplegada mediante una aplicación desviada de la técnica. De allí su paradoja, y su permanente condición metafórica. Haremos bien en recordar, pues, de ahora en más, esta primera lección del cine como invención.