SALOMÉ / Javiera Gutierrez RELATO

Salomé no tiene principio. Salomé no tiene nombre. Es una sola escena de dos Evangelios en la que se describe el martirio de San Juan Bautista. El resto es leyenda, tradición, la imaginación acumulada por los pintores y los poetas a través de los siglos.

El nombre se lo pone el historiador judío Flavio Josefo en sus Antigüedades; la edad aproximada —entre once y diecinueve años— la calculan los estudiosos; la danza la recrean los artistas.

Pero además está la historia del Imperio romano, la de los pueblos que habitan la antigua Palestina y también la de Maqueronte, una fortaleza en el límite del desierto, a orillas del Mar Muerto, en la bisagra del mundo, en el abismo del tiempo. Quien la habita se llama Herodes Antipas y la recibió como herencia de su padre, Herodes el Grande, dentro de un vasto territorio esparcido por distintas zonas de Palestina. A Herodes Antipas lo desvela poseer menos tierras y menor cargo que Herodes Filipo, su medio hermano, que es rey. No encuentra las razones que expliquen el porqué de la diferencia, siendo ambos hijos de Herodes el Grande. Antipas responde a las órdenes del gobernador Poncio Pilatos, pero se recuesta y se escuda en la amistad de Tiberio, el emperador.

A veces aborrece tener que tratar con gente de tantos pueblos, con lenguas extrañas y costumbres burdas. Le molesta tener que responderles a los rabinos por sus acciones, pero lo poco que heredó de instinto político le dice que algo va a cambiar, que debería estar atento, aunque todavía no sabe a qué. Lo primero que se le cruza en la cabeza es un nombre: Iaokanann. Piensa que es un agitador y un mago de la palabra enceguecido por un tipo de fe que él no recuerda haber visto. ¿Quién es en verdad Iaokanann? ¿Y por qué él, Herodes, que tiene el ejército, el poder y el dinero, se siente amenazado por un predicador furioso? Esa fe, esas palabras le despiertan inquietud porque lo atraen.

Hasta hace poco tiempo, el agitador gritaba sus visiones a la orilla del Jordán, preconizando la llegada del enviado de un dios único y todopoderoso. En el agua del río sumergía a sus seguidores diciendo que los preparaba para un nuevo bautismo: “Yo os bautizo en agua para que os arrepintáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y yo no soy digno de descalzarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Mateo, 3, 12). Iaokanann, a quien algunos apodaron El Bautista, puede ahora profetizar a las paredes de la cisterna de los antiguos túneles del palacio de Maqueronte, donde hace casi un año mandó a encerrarlo.

Tal vez Herodes se sienta cansado del personaje que le tocó desempeñar: ha perdido la cuenta de cuántas personas mandó a matar, robó la esposa de su hermano, renegó de su propia mujer, desea a la joven hija de su esposa. Tal vez piense que Juan el Bautista no es sólo un loco, tal vez opine que es peligroso o que en verdad está iluminado. Marcos dice que Herodes “respetaba a Juan, pues reconocía que era un hombre justo y santo, y lo protegía; cuando lo oía quedaba perplejo, pero lo escuchaba con gusto” (Marcos 6, 24). Pero Iaokanann, a quien seguía una multitud de descastados y en cuyas palabras se podía entrever una verdad tan terrible como liberadora, tan inmensa como próxima, se había empecinado con su matrimonio y no paraba de repudiarlo públicamente. Él lo había obligado a encarcelarlo. Ahora no podría soliviantar a la población, convertir a los soldados en un grupo de mendicantes, perseguirlo con advertencias y admoniciones.

En la celda, Iaokanann hace días que no come ni bebe ni duerme: sus funciones básicas de alguna manera han cesado. Puede dejar de respirar por minutos, suspender el movimiento de todos sus músculos, detener su corazón. Lo aprendió en el desierto, comportándose como una araña, como una lagartija. No tiene dudas de que sigue los designios del Señor. Él, que fue anunciado por el ángel Gabriel, él que nació de una madre estéril y un padre anciano, que habló apenas nacido, que rechazó cualquier tentación, él no es el Mesías, lo sabe y lo acepta. Tiene el cuerpo firme, la barba áspera; su voz hipnotiza y amedrenta. Los mercaderes lo han evitado, los esclavos lo respetan, los soldados se ríen a sus espaldas. Ha visto a hombres y mujeres iluminarse. Desde la cisterna en la que lo encerraron a veces escucha, amplificadas, las voces de las mujeres del palacio. A veces la risa de las niñas inunda la cisterna como en otro tiempo lo hizo el agua de lluvia. Entra a raudales límpidos, frescos como el agua del Jordán en el que bautizó a los hombres para la nueva era que no llegará a vivir. Iaokanann siente que ahora puede morir porque al fin bautizó al enviado. Su misión está cerca de concluir: siente que puede disminuir para que Él crezca.

Salomé es la niña de la señora del palacio, la hija de Herodías, y la sobrina de Herodes Antipas, su padrastro. Probablemente toma lecciones de música y de acrobacia. La visten dos esclavas africanas. Tiene rasgos aristocráticos provenientes de su ascendencia macabea. Está habituada a la traición, a la intriga, a la muerte por capricho y por la espalda. Y está habituada a que le laven los pies con agua perfumada, a jugar por los corredores oscuros, a convertir los caprichos en órdenes, a ver a su madre un rato después del mediodía. Todavía recuerda el viaje desde el palacio de su padre hasta el de su tío: el desierto como agua, el cielo como arena. Recuerda la serpiente que mató a la doncella egipcia, y recuerda a su madre pintándose los brazos de dorado; las patas heridas de los caballos, los amaneceres turquesas y rojos, las ciruelas ácidas, la leche de cabra, el vino derramado. Dicen los sirvientes que Maqueronte fue construida por su abuelo, Herodes el Grande, y que allí festejó victorias y torturó enemigos. Dicen que en el subsuelo hay cisternas que se utilizan para recoger el agua de lluvia con la que se mantienen en flor los rosales y se riegan los olivos, pero dicen también que ahí su tío mantiene preso a un hombre santo, a un hombre puro que anuncia la llegada de un nuevo Dios. La idea de que exista un solo Dios no la preocupa, pero sí querría conocer al hombre santo, ya que nunca ha visto ninguno, aunque durante la travesía hasta Maqueronte pudo escuchar los lamentos y los gritos de muchos que se llaman a sí mismos profetas.

Salomé sabe que Herodes la mira. Lo sabe también Herodías.

Herodías, la madre, la adúltera, la poderosa, la hechicera entre las sombras, es la que abandonó a su esposo Filipo, rey de Judea, por su hermano Antipas, tetrarca de Galilea y Perea. No es un cambio tan drástico, desde hace generaciones que se unen entre tíos, primos o hermanos. La herencia de Herodes el Grande de alguna manera gira en espiral. Ella misma es hija de una unión entre sobrina y tío. ¿De qué se escandalizan algunos? ¿De qué la acusa ese charlatán que se cree tanto más puro que ella? ¿Por qué Antipas lo deja hablar, cuando todo lo que dice es ofensivo? ¿No se da cuenta de que Ioakanann conspira, que intenta socavar su poder, que intenta derribarlo? Herodías susurra a los oídos de Antipas que él merece ser rey, opina Iaokanann debe morir. Traza conspiraciones y obtiene favores políticos de alcoba. Fue tan bella como Salomé y soñó con destinos fantásticos en brazos del más noble de los romanos. Sin embargo, a ella le tocan los trabajos pesados. Herodías es la que organiza la sorpresa para el banquete.

Preparar a Salomé ha llevado todo el día. Sus doncellas la bañaron por la mañana, la untaron en aceite de almendras y la secaron lentamente meciendo enormes pantallas traslúcidas. Realzaron sus cejas y sus ojos como hacían los egipcios, la perfumaron con sándalo. Cuando llegue el momento, llevará los pies descalzos, pero en el pecho y la cabeza portará joyas que emanan luz y que alguna vez pertenecieron a su madre. La joven pasa el día en sus aposentos, saboreando el protagonismo. No tiene miedo. Y, le han dicho, recibirá una recompensa.

Es el cumpleaños de Herodes. Tal vez cumpla cincuenta, tal vez sesenta. Está avejentado por las guerras, por lo que le debe al Imperio, por Herodías. Ha preparado un banquete al estilo romano y ha invitado a gobernadores, pretores y representantes de todos los grupos de poder. No está en una situación envidiable: el ejército de Aretas IV, rey de los nabateos y padre de la esposa que rechazó, espera en las afueras de la ciudad, ya no cuenta con el respeto de la población, los soldados sólo le responden a fuerza de mayores salarios y las finanzas y decisiones políticas dependen de la amistad de Tiberio. Incluso Herodías se ha vuelto agria y despreciativa. Pero nada de eso impedirá el festejo; el lujo y la exquisitez pueden hacerle olvidar lo infausto del presente. Recuerda los banquetes que ofrecía su padre en ese mismo palacio: ya nada es como entonces, cuando la gente se reunía para beber, reír y filosofar; ahora todo se ha convertido en un trueque. Nadie escucha a los poetas, nadie se calla una opinión. A él mismo se le hace cuesta arriba llevar adelante otro banquete, pero cree que una ocasión de festejo le servirá para calmar ánimos, reconciliar diferencias, ofrecer un poco de vino para animar la jornada y, tal vez, para que los disidentes terminen codo a codo, sosteniéndose los unos a los otros.

Y llegó el día oportuno. Herodes ofrecía un banquete en su cumpleaños a los magnates, a los tribunos y a los grandes personajes de Galilea. (Marcos)

En el salón contiguo, Herodías está ansiosa. No termina de escuchar lo que hablan las otras mujeres porque su oído no está en ese recinto sino en el salón principal, donde Herodes, recostado en el lecho, todavía come su trozo de cerdo y cada tanto levanta la vista para escuchar al actor que hace reclamos disfrazados de relatos humorísticos. Si está complacido, recompensará al cómico. Si no, lo echará antes de que termine el acto y los invitados festejarán que lo despida. Pronto pedirá que retiren la comida y entren las jarras de vino.

Salomé espera la señal. Todavía, le dicen, no han pasado a la bebida. El actor trata de hacer reír a los comensales. Ella no puede distinguir lo que dice, pero sí que tiene la voz aguda y que a veces grita y el grito suena como el quejido de un animal herido. ¿Reirán los hombres santos? ¿Habrá reído alguna vez el hombre que está encerrado en la cisterna? Las doncellas le avisan que recién pasaron los esclavos llevando enormes jarras de arcilla. Falta poco. Cuando Herodes termine la primera copa, entran los músicos. Cuando suenen los tamboriles, entra ella.

La hija de Herodías en persona entró, danzó y agradó a Herodes y a los invitados.  (Marcos)

Frente a Herodes hay una niña que baila y que bailando se asemeja a una gata, a una loba, a una acróbata oriental. Podría ser una diosa guerrera, una virgen, una prostituta, un espíritu del agua, una aparición. Una joven con ancas felinas y brazos de seda. Su cuerpo flexible, frenético y sutil, se mece y se contonea. Reluce, invita. Las piedras preciosas despiden rayos de luz que atraviesan el humo del incienso, sus manos dibujan en el aire figuras indecentes, sus muslos se contraen, su espalda se arquea.  Cítaras y tamboriles, flautas de nogal y cascabeles: todo desaparece salvo la respiración y el movimiento: “Y los nómadas, habituados a la abstinencia; los soldados de Roma, expertos en libertinaje; los avaros publicanos, los viejos sacerdotes agriados por las disputas, todos dilataban sus narices, estremecidos por el deseo” (Gustav Flaubert, Herodías).

Cuando la danza termina, Herodes hace la oferta: “Pide lo que quieras y te lo daré”. Sin duda es algo que sólo se escucha una vez. Y la niña-gata, la joven que es sólo cuerpo, sólo movimiento “salió y preguntó a su madre: ‘¿Qué pido?’. Su madre contestó: ‘Pide la cabeza de Juan el Bautista’. Corrió de nuevo a donde estaba el rey, entró y dijo: ‘Quiero que me des inmediatamente la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja’”.

Entonces Herodes se paraliza y luego se entristece. Nunca imaginó ese pedido. Un murmullo recorre la sala. El alarde, el abandono, le habían vuelto al tetrarca en forma de humillación pública, de sentencia. ¿Por qué le llega ese dilema? Probablemente la niña no tiene idea de lo que provoca: no es una ejecución más, no es otro par de ojos dilatados y quietos.

El rey se entristeció, pero por el juramento y por los invitados ordenó que se la dieran, y envió a cortar la cabeza de Juan en la cárcel. Trajeron la cabeza en una bandeja y se la entregaron a la muchacha, la cual se la llevó a su madre.  (Mateo)

Salomé no tiene fin. Marcos y Mateo la dejan llevando una bandeja de plata con la cabeza recién cortada —todavía tibia, desde entonces santa— de Juan el Bautista. Ella no se resiste ni lo celebra. Con sus pies descalzos, con sus manos frías, le lleva la bandeja a Herodes. Sin un gesto, sin vacilación.

Según ambos evangelios, al recibir la noticia de la muerte de Juan:

Sus discípulos fueron, recogieron el cadáver y lo sepultaron. Fueron después a decírselo a Jesús. (Mateo)

Esa noche, Jesús realiza la primera multiplicación de los panes.

No pasará mucho tiempo hasta que Herodes sea vencido por el rey de los nabateos, y luego persuadido por Herodías para ir hasta Roma a reclamar el título de rey de los judíos sea, en cambio, destituido por Calígula y enviado al exilio. El castigo, según Flavio Josefa, por haber asesinado a Juan, el Bautista.

Desde entonces Salomé es un cuadro, cientos de cuadros a través de la historia del arte occidental. Miles de poemas, varias obras de teatro, tres óperas, un ballet, varias películas y, desde allí, un mito, una revelación, la idea de la sensualidad y la lujuria, un estigma, un fetiche. Salomé es la danza de la muerte, la humillación pública, la autoridad de la ofrenda, la tiranía de la degradación y la venganza. Es Theda Bara. Es Rita Hayworth. Pero también Salomé es la que se atreve a hacer disminuir a Juan para que Cristo pueda crecer. Entonces, ¿fue una herramienta, una estrategia de Herodías? ¿O una implacable y pura herramienta Divina? En los Evangelios, ella aparece carente de voluntad, es sólo condición. Condición de joven, condición de virgen.

Dicen que Salomé se casó con otro de sus tíos, que tuvo de él dos hijos, enviudó y fue esposa nuevamente. Dicen que es una de las pocas mujeres del Imperio romano de la que haya acuñada una moneda. Pero su propio imperio tuvo su apogeo en otra de las vueltas de tuerca de la Historia, la París de fin de siècle y hasta casi la Primera Guerra Mundial.

Si bien Salomé había sido motivo pictórico de toda la historia precedente (la pintaron Rubens, Caravaggio y Tiziano, entre otros), no fue tópico literario sino hasta el siglo XIX y, para cuando Oscar Wilde escribe Salomé en París entre 1891 y 1892, no hace más que subirse a la cresta de la ola. Salomé era el tema de sus admirados decadentistas y simbolistas. Casi se diría que fue a su alrededor que el movimiento tomó forma y discurso. Ya en 1843 el poeta Henrich Heine la había incluido en el poema Atta Troll y Flaubert había relatado la secuencia con minuciosidad histórica en “Herodías”, incluido en sus Tres cuentos (1877). Pero es J. K. Huysmans en A Rebours (1884) quien define la figura de Salomé que será esencial al movimiento simbolista, a través de las reflexiones de des Esseintes, el protagonista. Propietario de una fabulosa colección de arte y antigüedades que ya no le despierta otra sensación que el hastío, des Esseintes está, sin embargo, obsesionado por las pinturas en las que Gustav Moreau retrató a Salomé, las que describe con particular delectación: Salomé baila ante Herodes y La aparición. Huysmans introduce el término lujuria y observa cómo, en manos del cultísimo Moreau, la escena se aparta del ámbito exclusivamente bíblico: “En la obra de Gustav Moreau, concebida independientemente de los temas del Testamento, des Esseintes vio por fin realizada la Salomé sobrehumana y exótica de sus sueños. Ya no era solamente la intérprete que por una perversa contorsión de su torso le arrancaba a un viejo un grito de deseo o de pasión, que en sus senos temblorosos y su vientre estremecido destruye la energía y quiebra la voluntad de un rey. En cierto sentido se convierte en un símbolo de la deidad de la lujuria indestructible, la diosa de la Histeria inmortal, de la Belleza maldita”.

Es con relación a su Herodiade, eternamente inconclusa, que Mallarmé que plantea los principios estéticos del movimiento: “No pintar la forma, sino el efecto que produce”. Los efectos de una escena que destila perversión más que interesar apasionaron a los simbolistas, que con Salomé inauguraron la figura de la femme fatale.

Wilde escribió la mayor parte de Salomé en una sola noche de 1891. Para el estreno, en 1894, él cumplía su condena a trabajos forzados en la cárcel de Reading. La obra fue prohibida en Inglaterra, donde no llegó hasta 1905. Otros dos jóvenes célebres tuvieron que ver con la producción: el programa del estreno fue ilustrado por el precoz Audrey Breadsley —en ese entonces de dieciocho años—, y Alfred Douglas, el “Salomé” personal de Oscar Wilde, tradujo el texto del francés al inglés. Wilde, con una breve indicación de movimiento escénico, crea lo que ha quedado como constitutivo del baile erótico; él señala: “Salomé baila la danza de los siete velos”.

Cargada de alusiones a la luna y de diálogos herméticos, de declamaciones y preguntas repetitivas que muestran el recorrido transitivo de las relaciones desgraciadas, la obra destaca aquello que otros habían dejado de lado: las dos virginidades. En la obra Juan el Bautista y Salomé son las dos caras de esa luna y tienen el mismo fin, pues Wilde se ocupa de que mueran ambos y no uno solo.  .

Si Heine y Mallarmé habían fundido las figuras de Salomé y Herodías, Wilde fue quien le dio a Salomé voluntad y deseo. En la obra ella desea a Juan, y por la misma fuerza del deseo se siente ultrajada, impura. Ella la que pide la decapitación (hasta podría decirse castración) y luego besa la boca muerta: “He besado tu boca, Iaokanann, he besado tu boca. Había un sabor acre en tus labios. ¿Era el sabor de la sangre? Quizá era el del amor”.

Unos años después, Richard Strauss decidió convertir la obra en ópera y el climax dramático en el que Salomé besa la cabeza cortada de Juan se acrecentó con una de las arias más largas y difíciles del repertorio lírico.

Hacia 1914 podían contabilizarse 2768 poetas que habían dedicado un texto a la adolescente bíblica. ¿Qué leían en la figura de Salomé? Tal vez los artistas de vanguardia reaccionaban con misoginia y recelo ante los incipientes reclamos femeninos. ¿O se habían entregado a la irreverencia, a las fuerzas ocultas, en un intento de desacato ante la creciente palabra organizadora del capitalismo y la fe sistematizadora de la ciencia? Lo cierto es que se aferraron a Salomé para liberarse, para expresarse o para predecir.

Que Salomé haya desencadenado la muerte de Juan es un ingrediente que retuerce el relato y alimenta interpretaciones psicoanalíticas, religiosas y esotéricas de una secuencia impactante y feroz. En las Antigüedades, Josefo presenta una razón más probable al sostener que Herodes le temía al ascendiente que Juan ejercía entre la gente y sencillamente decidió eliminarlo. Sin embargo, la aparición de Salomé otorga a la muerte de Juan un valor adicional, sorpresivo por el móvil y por la resolución, que puede incluso leerse como una paradoja: el Bautista, asceta y revolucionario que predicaba “El que tiene dos túnicas que reparta con el que no tiene ninguna, y el que tiene alimentos que haga igual” (Lucas 3,10), es ejecutado por un acto de frivolidad suprema, por un capricho.

En sus dos escenas cumbres, bailando frente al Tetrarca o llevando en una bandeja la cabeza de San Juan el Bautista, Salomé pertenece al preámbulo del mundo cristiano y después al del mundo moderno y en cada caso abrió una puerta de bienvenida a los nuevos motivos del cuerpo y de la sangre.

A través de los siglos, su figura semidesnuda permanece como la de aquella adolescente que, con la sola fascinación que provocó su cuerpo en movimiento, desarmó el poder político y decapitó al padre espiritual de su época.